Opinión

El buen ladrón


Robar es un acto penado por la justicia divina, ya no dígase la humana. Según los conocimientos generales, las penas son aplicadas de acuerdo con la causa y circunstancia. Algunos ladrones son absueltos, otros condenados, otros salvajemente golpeados y otros venerados. Se han destapado hechos de corrupción de gobiernos enteros, los cuales acusaban a otros líderes de hacer lo mismo: robar, el acto de tomar lo ajeno sin permiso y adjudicarlo como propio. El ladrón siempre busca cómo legalizar el robo, ése es el propósito; “lavado del robo”, diría. Existen interminables películas, obras de arte en general y representaciones en sí que muestran al ladrón como héroe o lacra.
“Lo llamaban bandolero”, se robó unas armas y actuó a escondidas del general Moncada, para la liberación de su pueblo; otros le robaron directamente al pueblo. Desde Robin Hood hasta películas como la “Gran Estafa” muestran que estas caracterizaciones humanas están ligadas, esencialmente, a la magia y al control de las ilusiones ópticas, como permitidas en benevolencia de un acto delictivo penado por uno de los diez mandamientos.
Un día de estos en León saludé a Rómulo, un ex compañero de primaria en La Salle, donde fácilmente recuerdo extraíamos cajetas de coco a “La Negra” (Todavía viva, personaje histórico). En verdad no era que amedrentáramos a los seis años de edad, sino que a la señora se le caían algunos bollos de coco por debajo del estante de madera, nosotros los mirábamos, mientras yo compraba uno, Rómulo sustraía esos de abajo; como diciendo: “no hay que darle gusto al diablo”. Otra concreta no es un secreto, de hecho se convirtió en motivo de risa entre las historias de mi familia. En los noventa, del gasto de la casa sustraía, ciertas veces, 2.50 córdobas para jugar Nintendo por quince minutos, que la verdad los jugaba algún niñito descamisado y careto, que era mil veces más hábil que yo; y yo, por ver pasar las etapas del juego, me conformaba viendo. De hecho, lo hacía sabiendo que mi progenitora no me castigaría, puesto que mucha madera y poca tecnología a esa edad era una tortura que aún no sé explicar.
Ahora vemos desde ladrones de corbata hasta ladrones de gallina. Está el caso de los roba patos en “Las peñitas”. Un grupo de amigos de familias acomodadas capitalinas estaban celebrando un cumpleaños y se consumieron los víveres demasiado pronto, les agarró el hambre estando a 150km de casa y tuvieron que robarse unos patos. La Policía llegó a preguntar a la casa de los sospechosos “chelitos” y ellos muy serios dijeron: “No sabemos nada de eso”; con cientos de plumas de pato por toda la casa y en el aire. Los patos fueron pagados y la noticia salió en Radio Ya para gracia de todos.
El asunto es que conocí a un personaje a quien me propuse evangelizar de manera general, o que al menos comprendiese lo que es el temor de Dios. Entre tantos que conoce uno, damos cuenta que son pocos los que llevan la camisa de la muerte a cuestas. Me hice amigo de un ladrón, cuyo barrio se asusta y arma alharaca cuando lo visita este servidor, a quien con todas las tácticas le es imposible pasar desapercibido. Mis familiares, que son muy religiosos, se preguntan qué puedo andar haciendo con gente así.
El ladrón vive con su abuelita y sus hermanas, y la verdad es demasiado joven para lo dado al mal que es y lo vive de pecho abierto. Lo conocí jugando soccer y me llamó la atención porque, a pesar de tener un pequeño desgarre o impedimento en la pierna, corre como demonio y nunca se queja del dolor, eso me gustó, me identifiqué allí; los demás jugadores --como diría él y ahora yo--: “lloran del aire”; cuando de una falta fuerte se trata. El ladrón me ha servido para practicar el deporte en horas extremas y con cierto grado de dificultad, él me acompaña para que rebase mis límites. Los demás compañeros de juego de la barriada nos han castigado y no nos permiten jugar con ellos; pero el ladrón es pecho abierto y mi necesidad de impulsar mis piernas a otra velocidad ajena al designio que pudo pensar mi madre es un camino real a seguir.
Con la hora de Bolaños y la rutina de trabajo me levanté a las cinco de la mañana de un domingo, que serían las antiguas 4 a m. Nadie se dio cuenta en mi casa, de la que se suponía me iba a mudar por la tarde. Voy al campo con los tacos y el uniforme a trotar. Todo estaba oscuro como la ceguera total, al fondo se escucha una voz: “¡Carlos Tévez!”, aparece un jinete chaparro, vestido todo de negro, con una mochila a cuestas y le digo: “¿Qué nota animal, vas a trabajar (robar)? “No, voy al mercado a comprar unos bananos para la gente del chante, ya regreso, y llego al campo con el balón”, terminaba la conversación. Ese día, en plena oscuridad, corrí contra el viento y éste se partió en dos para verme pasar. Luego llegó “El Ladrón” lanzándome pases en todos los ángulos, para que los buscara; me sentía como un perro que corre tras cualquier balón, sin aún saber por qué. El ladrón se peina partido al lado decente y yo le bromeo: “Entre más te peinás más cara de ladrón te gastás”, él sabe que es un cumplido de amigo. Claro que hablamos de Dios; más ahora que anda con un yeso en la mano, porque es una sal eterna, a veces reconocida a mi paladar. Este personaje seguirá su evolución tanto como usted y yo. Está de más recordar la conversación de Jesús con los ladrones en el patíbulo, el mal ladrón retó el poder de Dios y el buen ladrón dijo algo así: “Deja a este brother que no es lacra como nuestros huesos, no ha hecho nada; recuérdame cuando estés en tu reino”; contestándole el Señor Jesús: “Tu fe te ha salvado, hoy mismo estarás sentado con el Padre”. A mi amigo ladrón le agradezco el bolso de cuero que me regaló de un golpe de antaño y que estaba olvidado en el patio de su casa, cerca de los chanchos de la abuela. Hoy lo mantengo limpio y lo ocupo para trabajar; sin mencionar el alto que nos pasamos en bicicleta, donde a pecho abierto besé la muerte. Que me perdone Darío, pero, “Hay renco, cuántos llevan dentro tu misma enfermedad”.

El ocioversátil
León, Nic.