Opinión

Conversación sobre la escuela


Aquel día, mi amigo Paolo Santiamén se apareció con esta pregunta en mi casa: ¿has visto, estimado, cómo el adulto ha mordido la imaginación del niño en las escuelas y de sus trozos salvajemente se engorda con banderas históricas del conocimiento? Lo he visto Paolo, respondí, pero no puedo interpretarlo muy bien, todavía no me queda clara la insuficiencia de la escuela frente a la formación del individuo.
Es tiempo de pensarlo bien, estimado, uno aprende a fuerza de preguntas, puesto que el intelecto necesita ejercicio y éste no se logra si no es con la fuerza del estudio; pregunto entonces: ¿no ves cómo se parecen las cárceles comunes a los colegios? Lo he visto Paolo, y me asombra que en los colegios reine un movimiento de esclavitud infantil; la opresión y el desencanto del niño frente al yugo del maestro.
Bien has pensado, mi estimado, y cabría agregar que la escuela tiene una enseñanza tradicional y se separa en privada y en pública, habiendo en la primera una rigidez católica sobre el infante y en la segunda, un sometimiento de tipo higiénico y económico, pues tales instituciones carecen de los recursos básicos para que el niño se anime siquiera a anotar el dictado, en caso de que su cuaderno tenga hojas, claro.
¿Es posible Paolo, sin embargo, que la escuela, ya sea pública o privada, pueda iluminar al infante y sacarlo de su melancolía o perdición anímica?, ¿sería posible que algún espíritu catedrático estimulara la sensibilidad?
Mi estimado, daré mi opinión, sin ánimo de responder con toda la razón, porque te mentiría si te digo que la tengo y me gusta la sinceridad: a veces sucede que el niño ilumina al maestro, así como el niño ilumina a su padre. A veces sucede también que una civilización menor ilumina a una sociedad mayor, pero es necesario que el maestro de escuela se dedique a mostrar los conceptos de la ciencia como maravillas del universo; es necesario que el maestro enseñe esperando a cambio aprender de su discípulo todo lo que pueda.
¿Qué podríamos agregar a eso? Podríamos agregar, mi estimado, que tampoco podemos echarle la culpa al maestro que educa bajo un salario escaso. Pero podemos acusar de pervertido a un educador que castiga por su flaqueza económica la vida diaria de su alumno. El maestro debe estar consciente que el niño llega cada día con la esperanza de unir las piezas que edifican la belleza del saber. Con esto quiero decir que el niño va a la escuela porque espera asombrarse frente al conocimiento, y si esto lo ignoran muchos maestros, se crea en la mente del niño rebeldía y caos, se crea una apatía insoportable que pasa desapercibida ante el maestro.
Pero, Paolo, ¿cómo es posible que un educador abra la mente de los niños si en su niñez fue reprendido por otro maestro igual de violento o de ignorante? Mi estimado, estamos frente a una pregunta de grandes proporciones, el problema se vuelve cíclico y por eso hay que cambiar el trato con el niño.
Ahora la esclavitud duerme en las masas alejadas de la educación y sometidas económicamente al trabajo fuerte, incluso en los niños, y me parece injusto de parte de algunos educadores que lo ignoren por conformistas. Hoy la humanidad duerme en el conocimiento amontonado, no se alimenta del conocimiento, sino que se engorda de ideas e ideas y esto crea conformismo. Da la sensación de que ya todos se inventó, que los niños no pueden recrear el mundo ni mucho menos cambiarlo.

*Estudiante Universitario. grigsbyvergara@yahoo.com