Opinión

Entre consigna y realidad, un abismo


Abogar por la paz y el cese de las guerras ahora, es una digna, noble y solidaria acción humanitaria si es a favor de pueblos agredidos como los de Afganistán, Irak, Palestina y Líbano. Pero callar ante estas guerras de agresión, y consignar por la paz en aquellos lugares que, como en nuestro país, ya fueron liberados de la guerra hace más de dieciséis años y en donde, para suerte nuestra, la paz no se ve amenazada en el ámbito nacional, es una solemne demagogia. De esto se colige que la consigna de la paz, en las condiciones electorales actuales, es una invocación política y demagógica para vender un objetivo noble, pero vacío, porque aquí la única paz bajo constante agresión es la paz social.
Es que la paz por la que aboga la consigna del orteguismo es la paz del aletargamiento social, de la tolerancia y la pasividad colectiva ante los problemas políticos producidos por la dependencia y el reparto arbitrario del poder entre dos partidos; ésa es la paz que temen sea alterada por la constancia de las reclamaciones y protestas ciudadanas contra el secuestro de las instituciones públicas por el pacto Ortega-Alemán. El orteguismo piensa en la paz vacía de agitaciones políticas, de reclamaciones y demandas sociales fuertes, sin grandes conflictos, una paz ideal y falsamente concebida como un bucólico remanso de amor y reconciliación.
Es conocida la causa de estos cambios de concepciones en el orteguismo --que ha pasado de la revolución al apaciguamiento--; se trata del acomodo de la nueva condición económica privilegiada de su cúpula dentro de una realidad social, en donde las condiciones de vida de los sectores populares no sólo no han cambiado para bien, sino que se han agravado. Pero como esta transmutación ideológica no es fácil de ser aceptada, necesitan hacerla aceptable entre estos sectores con propuestas bonitas, agradables y consignas con valores incuestionables, como la paz.
Pero la paz, a secas, no es suficiente para su objetivo. Por eso las complementan con otros valores de igual categoría moral, como la reconciliación. Para eso necesitaron variar el significado real de las palabras. Re-conciliación es volver a un estado de conciliación anterior, conciliarse otra vez o reanudar una relación que se ha perdido entre personas, entidades políticas (los partidos) o tendencias ideológicas. “Reconciliar --dice el diccionario--: restablecer la armonía o la concordia entre personas y cosas: reconciliar enemigos.” Pero el hecho de “reconciliar enemigos” presupone que antes hubo entre ellos una amistad.
¿Cuándo hubo amistad entre el orteguismo y los contrarrevolucionarios manejados por un gobierno estadounidense? Nunca hemos sabido que existiera. Lo que hubo entre los nicaragüenses que apoyaron la revolución y los nicaragüenses que no la apoyaron (no hablamos aquí de casos individuales, sino de colectivos), antes de que Estados Unidos armara la contrarrevolución, fue un estado de confrontación no bélica, y ésa es una situación que no puede confundirse con la amistad. Una realidad política en donde la relación contradictoria entre grupos humanos --la lucha de clases acuciadas por los cambios de la revolución-- no puede ser calificada de conciliación, sino de coexistencia nacional, unas veces violentas, otras veces pacíficas.

No hay ningún respaldo en la realidad a la idea de que, en términos políticos, grupos de personas que nacieron separadas, y cuando coincidieron en espacio y tiempo fue contraponiéndose o confrontándose por todos los medios, al llegar a una alianza temporal se convierta en una reconciliación. Se trata de una conciliación de intereses y puntos de vistas políticos opuestos, temporales. Esa conciliación es la que existe entre contrarrevolucionarios y militantes de derecha en la Convergencia con el orteguismo. La legítima y única reconciliación posible --a la vez imposible-- sería entre el orteguismo y quienes forzadamente abandonaron las filas del FSLN, el que fue de todos: de sus actuales miembros y de los disidentes esparcidos ahora o agrupados en diferentes organizaciones o son actores independientes dentro de la política nacional.
Pero la reconciliación con los disidentes es un objetivo en el que menos está interesado el orteguismo, porque sabe que las causas de las diferencias están activas, muy vivas en la línea y la acción política trazada por la cúpula encabezada por Ortega, para la cual la reconciliación es inconveniente para sus intereses, al menos que se hiciera sobre la base de la renuncia de los disidentes a la democratización del Frente Sandinista y a la lucha por el fin del caudillismo y las ambiciones personalistas. Y eso es inaceptable; por lo tanto, no habrá reconciliación. Lo que llaman “reconciliación” con antiguos adversarios es una mera conciliación oportunista o electorera.
Falsamente concebidas y practicadas las consignas de paz y reconciliación, también tiene que ser falsa la consigna de la unidad, que es el tercero de los valores utilizados por el danielismo con fines propagandísticos. Sobre esta trilogía de valores, el orteguismo ha cimentado su ofensiva electoral en pos del voto popular. Siendo las tres consignas de falsos fundamentos, carecen de atractivo para ganarse la credibilidad entre la población votante, dado que la paz no está en riesgo en la sociedad nicaragüense, la reconciliación no tiene asidero en nuestra realidad política y, por ello, la unidad sólo puede ser limitada a personas o a grupos aislados, nunca una posibilidad social amplia ni siquiera entre las mismas tendencias de izquierda.
A mi juicio, esta trilogía de consignas no tendrá más efectividad que el dejarse oír y ver en la propaganda, pero sin repercusión en la conciencia de los potenciales votantes, menos en toda la sociedad, que los estimule a votar por sus preconizadores. La disputa electoral no se resolverá a favor de quien más uso haga de estas consignas; la decisión de los votantes será determinada por otras causas o motivaciones, algunas de ellas impredecibles. No creo en las predicciones, que más parecen adivinanzas políticas, pero estoy seguro de que no serán las consignas sin sentido y asidero en la realidad las que se convertirán en factores de triunfo para nadie.
Ni siquiera las promesas electorales de cajón, como los proyectos para el “desarrollo” y “poner fin” a la pobreza en abstracto, son exclusivas de ningún partido; todos, con una u otra variante, ofrecen de lo mismo. Pero, entre el gran volumen de ofertas electorales que buscan impresionar al potencial votante, sobrevaloradas de parte de partidos con intereses bien definidos al lado de los responsables históricos del atraso y la dependencia del país, aparecen algunas promesas sencillas de factible ejecución, pero que no son compartidas por todos, por las mismas de razones de intereses y compromisos.
Me refiero a la promesa de poner fin a la sinvergüenzada de cobrar mega salarios en los cargos públicos y la Asamblea Nacional. Es significativo que la más sencilla de las promesas no la estén haciendo todos los partidos. Es que les parece impresionar mejor ofreciendo el río en donde no lo hay para después construir un puente, que ofrecer rebajar y rebajarse los sueldos en los cargos del Estado, porque hacer dinero fácil es el objetivo vital de la mayoría de los políticos nicaragüenses.