Opinión

En las nalgas del diablo


Llegué a buscar a la Sra. Zeledón Luke por petición de mi anciano padre. El pueblo está enclavado en la falda de una montaña del Norte de Nicaragua. A primera vista un verde oscuro lo envuelve. Y un color medio azul desciende sobre él, las nubes pasan rasantes por las crestas de los riscos.
Por primera vez estoy llegando a un pueblo extraño para mí, extraño por la sensación de un caserío perdido entre la maleza. ¿Cuántos lugares de la patria que no conocemos y ni siquiera sospechamos?
La primera casa de tablas de pino es la única cantina; la siguiente, la gallera, y en el pico de un cerro una campana de iglesia colgada de la rama de un árbol. Las calles son senderos angostos, empedrados, curvos, siempre subiendo.
Pobladores van bajando y subiendo en bestias mulares cargando en alforjas grandes y zurrones café, maíz, frijoles, verduras y otros productos destinados al comercio. Un hombre foráneo con sombrero de casco minero va hacia arriba, “jalando” a un mulo cargado con cortes de tela que vende o fía entre la población.
Llegamos a la Casa Grande, como la llama la gente, está en una terraza al pie de la cordillera: es pulpería, comidería, salón de baile, estancia para reuniones,
y donde hay un radio receptor con parlantes.

- Buenas tardes, dije:
- Buen mediodía, contestaron.
- Soy hombre de paz, traigo una razón a don Ceferino Vílchez, ¿cierto que vive en este pueblo?
- Ya murió, respondió alguien.
- ¿Cómo se llama este pueblo?
- “El culo del diablo”, contestó un viejo medio chintano y con el ala del sombrero sobre los ojos.
- No es cierto señor, este don Pedro es bromista, este pueblo se llama El Ceibo.
En plática y plática llegamos hasta la política electoral. El mismo viejo medio chintano dijo: “Nosotros no les servimos para nada a los gobiernos ni a los políticos, no se acuerdan de nosotros ni en tiempos de elecciones, porque aquí vivimos en el culo del diablo, como le dije antes”.
-“Hablá vos Jacinto que sos el líder de El Ceibo”, enfatizó un hombre fornido que estaba arrecostado en un horcón.
-“La verdad es que vamos a participar en las elecciones, aquí mismo será la Junta Receptora de Votos”.
¿Le han venido a preguntar por quién va a votar?
-Nunca
-¿Y han venido los candidatos a la Presidencia?
-¿Para qué van a venir a perder el tiempo a un pueblo pequeño? Solamente ha venido uno, como tres veces en los últimos años, es el jefe del partido de Jacinto, intervino de nuevo el hombre del horcón.
Jacinto habló entonces con aire de líder. “Unos compañeros y yo hemos estado platicando que tenemos que unirnos y después aliarnos con los otros pueblos pequeños de la región, no debemos dividirnos votando por distintos, por gente que no conocemos, ni nunca le hemos oído hablar cara a cara. Ni sabemos si pertenecen a partidos fuertes o son chamarreros. Nosotros todos somos campesinos y debemos estar unidos para mejorar, además, queremos trabajar con la misma idea con el resto de la gente de caseríos que hay en la región, en estos lados. Nosotros tenemos contactos con ciudadanos de aquí del Norte, y con delegados hasta de Managua. Nos esperan años muy buenos”.
Y cambiando de tema Jacinto me invitó a pasar la noche en su casa y que en horas de la mañanita me sacarían al “camino grande”.
Antes de retirarnos con el invitante doña Toña López Maradiaga nos dijo: “Yo soy la coordinadora del comité de mujeres, el día de las elecciones vamos a destazar chanchos (cerdos), gallinas y un torete para la comilona que tendremos después de las elecciones del 5 de noviembre. Invitaremos a familias de otro caserío. Aunque usted tal vez no pueda venir, lo invitamos de todo corazón”.
En la noche Jacinto, tras presentarme a su mujer, me estuvo explicando que a la señora María Zeledón Luke le habían robado sus propiedades. Ella la hipotecó, le enredaron la escritura, no sé cómo se llamaban, pero sé que los ladrones no eran del Norte si no que vinieron de otra parte. Se supo que pobres se fueron a la Concordia, usted debe investigar bien”.
Esto me decía, porque puede haber culpables de estos lados; mientras tanto su esposa doña Concha nos servía frijoles nuevos, fritos en su propia sangre, con cuajada, güirila y un pote lleno con café negro reconfortante en aquel amanecer frío.
Durante el desayuno doña Concha me platicaba con orgullo de la inteligencia de su hijo Jacinto José, quien actuará como fiscal en la Junta Receptora de Votos.
Cuando los rayos del sol bajaban de rodada entre los árboles de las laderas e iban calentando el sendero, volví la cabeza para echarle la última mirada al pueblo; sólo veía las copas de los árboles, y en el más alto, un colosal ceibo en el cucurucho, donde colgaban enormes nidos de oropéndolas y flameaba la bandera roja y negra.

Decano de La Facultad de Periodismo de la Uhispam
trejosmaldonado@yahoo.es