Opinión

De virtudes y cuentos rancios


Con mucha solidez he creído siempre que hablar de virtudes no es comida de hocicones. Esto independientemente de la ficción que se pueda tejer al amparo de un cuento rancio y de la concha de ciertos vivianes que, sin ninguna sutileza pero con un gran disimulo, han conseguido cierto figureo al amparo de un oportunismo interesado. Sostenido a la vez por una farsa permanente y muchas mentiras a medias que lo alejan de la honestidad. Pues según la Iglesia Católica, la virtud solamente puede existir a partir de “la propensión de hacer el bien que nace del alma de los fieles”, sin egoísmos ni egolatrías mercantilistas.
Por otro lado y de igual forma, se menciona en la historia de la filosofía griega que en lo concerniente a las virtudes lo que en realidad le interesaba al gran Aristóteles eran las que correspondían a las “perfecciones del alma”; Y de éstas, las más humanas: “intelecto y voluntad”. Bondades que tienen su fortaleza en un ejercicio constante que se vuelve hábito y energía consciente para hacer el bien. Y esto obviamente no es sinónimo de farsanterías ni de poses rebuscadas. Aunque sí puede ser tierra fértil para mentirosos y mentirosas interesadas, que en lugar de practicar alguna virtud se venden, osando hablar para confundir en favor de intereses extranjeros y bienestares inútiles para las mayorías.
Ahora, lógicamente estos planteamientos también nos llevan a concluir que las virtudes de los seres humanos para ayudar a procurar el bien de los demás no se basan en sus bufonerías ni debilidades justificadas. Al contrario, si acaso nacemos débiles y enclenques frente a los retos inmensos que se requieren para buscar el bien colectivo, hay que luchar aún más para encontrar las perfecciones del alma a través del “intelecto y la voluntad” fortalecida, acompañada con un ahínco honrado y un hábito cotidiano que nos ayude a superarnos de forma permanente.
Y éste sí debe ser un pacto que debemos cumplir con nosotros mismos, en razón de ser “hippies de la paz y del amor verdadero”. Sobre todo si por razones objetivas no somos capaces de encontrar las perfecciones del alma por no tener siquiera idea de lo que esto significa. Además que no hay que ser tan canalla con el prójimo, queriendo justificar lo que no es justificable. Especialmente cuando se tiene en cuenta que el intelecto y la voluntad, como herramientas para ser el bien, si Natura no te las da Salamanca no te las presta.
En fin, hasta aquí mis breves y sencillas apreciaciones sobre las virtudes. Ahora comencemos con algo mucho menos serio, pero más entretenido y ejemplarizante: ¡el cuento rancio!, que no es más que una historieta relatada de forma breve; con algunos personajes de bufones y farsantes, con una sola acción y una temática focalizada, que cuando se vuelve vieja, en lugar de mejorar se descompone. Sin “cualidad propia o adjudicada”, pero que puede estar allí con propiedad de rancias necedades.
Me contaba mi santa abuela que hace ya algún tiempo existió en su pueblo un curioso personaje cínico, el que, cual tal, apreciaba la vida con absoluto desprecio fantoche. Y que a fuerza de vivir cometiendo sandeces llegó a convertirse en el más raso de todos los sandios de nuestra larga historia patria.
Como es natural, siendo Sandio, este rumboso personaje había llegado a serlo practicando con tesón el ritualismo perfecto que acredita a todo necio, marcando, con incisiva necedad, un su loco interés por conquistar a una bella mujer que no le hacía caso.
En su afán de conseguir lo que deseaba, este extraño personaje se rebuscó los servicios de un raso de la Guardia Nacional para que día a día, después de las cinco de la tarde y cuando la joven en la acera de su casa se airaba sentada en su mecedora, lo agrediera, culateándolo a culata moderada a su vista y paciencia, pretendiendo alcanzar así de su amada la admiración y del vulgo un pesar que lo ayudara en su loco frenesí.
Ninguna de las dos cosas logró conseguir el necio, pues a los ojos de la dama brillaba como un idiota, y al dicho de la gente como un profano embramado. Eso sí, consiguió que lo mataran. Pues en la última sopapeada que le dio, al guardia que era su cómplice se le fue la mano y le desbarató los sesos con la madre de todas las culateadas.
“--Ya ven, pero esto suele suceder, aunque parezca una broma. Y yo les juro a ustedes que esto no solamente existe en algunas personas comunes, sino que también en políticos rancios, cuando les falta cultura y le sobra la estupidez”, insistía mi santa abuela. Y yo creo en lo que ella decía porque aprendí a medio analizar las cosas. Esto a pesar de que también anduve en la guerra y en la guerra de verdad: acompañando a la gente para conseguir su libertad definitiva. Allí; esto para que se den cuenta los farsantes que la vieron de largo, la guerra hedía a patria, a pólvora y a sangre seca y fresca. Hedía a muerte y también a “sudor y a hierbarajo”. Pero sobre todo y a lo grande, hedía a honradez y dignidad. Porque eso sí, esa lucha limpia nunca apestó a dólar corrupto, ya que éste no tiene patria ni tiene partido, sólo reclutamientos de vulpinos y de yuntas amañadas y sin sentido colectivo.