Opinión

Cuenten bien


Los eventos electorales se consideran como la mayor expresión del sistema occidental de democracia representativa y como única fuente de legitimidad. Pero, como la misma democracia burguesa, el sistema electoral ha ido de menos a más y no precisamente por generosidad de los dueños del capital y del poder. Que pudieran votar pobres, analfabetas, mujeres y minorías discriminadas ha sido fruto de duras luchas sociales. No fue fácil que se admitiera la participación de quienes carecían de capital, no sabían leer, eran mujeres, negros, gitanos, indios o judíos. Nada se ha dado como regalo; todo se ha conseguido con la lucha.
Las denominadas democracias consolidadas (Estados Unidos y Europa, fundamentalmente), cuando se erigen como referencia de todas las cosas olvidan que hace apenas unas décadas estaban lejos de poder medirse con la misma vara que hoy intentan imponer a los demás. El voto femenino es reciente y en la muy democrática Suiza, recientísimo. El voto de los negros aún es complicado en algunas zonas de Estados Unidos. Los obreros y otras capas de trabajadores no tienen, de hecho, ningún control sobre los medios de comunicación y menos aún sobre la dinámica interna de los partidos que les ofrecen los candidatos a elegir. En todos los casos, son los grupos de poder económico los que tienen la última palabra. Tampoco es posible controlar a quienes se ha dado el voto. Pero los minoritarios grupos de presión sí tienen esa facultad, y vaya que sí la ejercen. A tal punto llegan las cosas que a quienes realmente mandan les importa poco quien sea, por ejemplo, el ministro de cultura, pero no cejarán un milímetro en su empeño de escoger al ministro de economía y hacienda.
El sistema electoral es entonces fiel reflejo de la correlación social de fuerzas y aunque en estas democracias consolidadas funciona con cierta neutralidad y transparencia, los controles previos y posteriores al proceso son de tal magnitud que estas laxitudes del sistema no preocupan. Siempre existen mecanismos para “corregir” los errores que cometa el pueblo al elegir.
En las democracias formales del Tercer Mundo las cosas son mucho más claras y el dominio de las oligarquías locales mucho más grosero. No en todas se ponen obstáculos a la inscripción de votantes, pero es mucho menos confiable el sistema de recuento, dotado de una gama casi infinita de tácticas de juego sucio que aseguran el triunfo de quien interesa. Como se decía en los tiempos del PRI mexicano, “el pueblo vota de día y el gobierno corrige de noche”. Los señores del PAN, a juzgar por las denuncias de López Obrador, han aprendido rápido: de nuevo aparecen los datos contradictorios, las listas perdidas, las mesas de votación manipuladas, los votos de la oposición arrojados a un basurero, los actos de intimidación oficial o paramilitar allí donde se sabe que es fuerte el PRD, y un largo etcétera. Y, como no podía ser menos, un delegado del sr. José María Aznar (a nombre de la UE) da el certificado de validez a los comicios. Entonces se suceden los telegramas de felicitación al señor Calderón por parte de Bush, Uribe y otros personajes similares que tanto saben de manipulación electoral y triunfos sospechosos. Por eso a muchos mejicanos resulta insólito que Rodríguez Zapatero se una a esta lista de avaladores de un fraude tan evidente.
Rápido aprendieron las malas mañas los señores del PAN; sólo un “presidente del cambio” ha bastado para confirmar que las cosas siguen igual que antes en México, reeditando hoy las elecciones truncadas de 1988, cuando Miguel de la Madrid impuso a Carlos Salinas mediante un masivo y descarado fraude, arrebatando el triunfo a Cuauhtémoc Cárdenas, también candidato del PRD.
Por supuesto que la “comunidad internacional” dará al señor Calderón el visto bueno. ¿Qué hacer si ya lo han otorgado los burgueses criollos y el Departamento de Estado, ellos que tanto saben de estas cosas? ¿Cómo exponer las inversiones europeas y las maquiladoras gringas, el suministro de petróleo y electricidad, la mano de obra barata y el apoyo mexicano a Estados Unidos contra el “eje del mal” del populismo latinoamericano?
La doble moral repugna. La “comunidad internacional” saluda alborozada las “elecciones” en Kuwait o en Egipto, pero desprecia las palestinas, porque no se elige a quienes son de su agrado; hace la vista gorda ante las satrapías saudí, hachemita o alauí y ante la violencia oficial y paramilitar en Colombia, pero revisa con lupa todos y cada uno de los procesos electorales de Venezuela y no falta quien hable del “peligro boliviano”. No basta con ganar limpiamente las elecciones; hay que contar siempre con el beneplácito de las potencias metropolitanas, las empresas multinacionales y sus colaboradores locales.
En fin, si Corea del Norte lanza un misil la “comunidad internacional” se rasga las vestiduras ante tamaña provocación; si una semana después India hace lo propio, el asunto se registra como un avance de este país en su camino para convertirse en un país moderno. Si un palestino es asesinado, simplemente ha muerto; si el muerto es judío, entonces ha sido asesinado.
Resulta incierto el futuro de la impugnación de López Obrador. Lo más probable es que las autoridades electorales de México terminen por darle la victoria al señor Calderón, quien como Salinas de Gortari llevará para siempre el sello de la ilegitimidad, la imposición y el fraude.
Pero como siempre es mejor dejar abierta una puerta a la esperanza, vaya la solidaridad con el ciudadano ilusionado que en alguna plaza de México sostenía un cartel de propia elaboración, destinado al Instituto Federal Electoral y que decía: ¡¡¡“Cuenten bien, jijos de la chingada”!!!