Opinión

El mercader de Managua


¿Cuánto cuesta una libra de carne? Se puede decir que depende del mercado donde se compre. No sale igual en el “Huembes” que en el Oriental o que en el Walmart. Pero, ¿cuánto cuesta una libra de carne podrida? ¿Una libra que se pierda, que es para la basura o para un perro desquerido?
Las mantenedoras de los grandes supermercados puede que tengan conexión con generadoras privadas de energía que las mantengan, pero las mantenedoras de los pequeños comercios o de algunos mercados no tienen esa suerte. Nadie paga la carne que se echa a perder.
Una libra de carne pidió Shylock al noble Antonio en una de las más famosas escenas del Mercader de Venecia a cambio de los 3,000 ducados que Antonio le debía. La libra de la carne más cercana al corazón del cristiano que el judío Shylock se cobraría si no llegaba a pagar a tiempo. Que una empresa como Unión Fenosa venga a un país como Nicaragua es sospechoso, máxime cuando se encarga de hacer llegar la mayor parte de la energía. Es sospechoso porque ninguna empresa está dispuesta a perder dinero; es sospechoso porque ninguna empresa concede pérdidas al principio con fines de colaboración con una población demasiado castigada. Hoy en día ninguna empresa con sentido común puede pensar en conseguir un negocio lucrativo de un servicio público en un país como Nicaragua. Así que lo que ahora está ocurriendo me cuesta creer que responde a causas imprevistas desde entonces. Más bien parece ser parte de un plan diseñado de antemano entre cuyas fases estaba la del castigo de ahora.
Recuerdo que un amigo siempre me dice que es el hombre más libre del mundo, porque libre es el que puede y debe elegir, y él tiene que elegir siempre a la fuerza a mediados del mes. El poder adquisitivo del nicaragüense obliga a elegir pasados unos días qué es lo que se debe pagar en la siguiente quincena, qué es lo más importante, y qué es lo que se deja debiendo hasta que se pueda pagar con un golpe de suerte o con un treceavo mes que se va tan rápido como viene. O la enfermedad o la luz, o la libra de carne que se vende, o la mensualidad del colegio, o pedir el crédito a la pequeña producción o quedarse pagando uno a uno los recibos de agua y de luz. Y cuando una de esas cosas se agrava, la enfermedad, o los recibos, a la elección se suma la posibilidad de pegarse a un poste de luz o de sacar el agua del que pasa para todos muy cerca, a sólo unos centímetros debajo de la tierra. Y eso a veces tampoco, porque no hay agua.
Ésta no es la Managua de la guerra, ni la que se camuflaba con la noche bajo las alas del pájaro negro, ni la que quedaba abandonada a su suerte después de un terremoto también de noche, ni la que se desarmaba en combates. Ésta es la Managua de ahora, de un siglo XXI bien entrado en el que hemos puesto nuestros servicios básicos a merced de unas decisiones privadas de una compañía cualquiera que quiere lucrarse a como sea de la pobreza. ¿A esta inversión extranjera se refieren tanto nuestros políticos cuando hablan de ella? ¿O es a las zonas francas y su gran concentración sospechosa y sus condiciones del siglo XIX? ¿A esta inversión se refieren como necesaria? ¿Es ésta la puerta que el Cafta abrirá? Nicaragua no puede permitirse dejar sus servicios y obras más sensibles en manos extranjeras sin escrúpulos. Si a esto se le llama nacionalismo económico o populismo, no lo sé, pero creo que por miedo a una palabra tampoco vamos a cerrar los ojos al sufrimiento de ahora.
De los estragos de ahora no tienen culpa ni la guerra, ni el pasado, sino las decisiones de unos cuantos políticos que en comisiones aceptan que esto suceda. Ahora, vestidos de inocencia, se escandalizan ante los medios, ocultando que estaban prevenidos de que esto pasaría. Quienes lo sabían han guardado silencio sobre un abuso a la población que se ha venido cociendo lentamente.
Desde que Unión Fenosa entró al país no se ha observado ningún síntoma de modernidad ni de mejora en las instalaciones eléctricas, ni tampoco en el servicio prestado. Es un solo desastre. En España, de donde viene esta empresa, esto ya no sucedería, porque o la empresa se hubiera retirado o los políticos hubieran intervenido. La tardanza en la respuesta de nuestras autoridades quizá se deba a que muchos sabían lo que iba a suceder, y a ellos Fenosa no los engañó, fueron ellos los que engañaron a los nicaragüenses, la misma historia de siempre desde hace tantos años.
Quién pagará por tantas libras de carne podrida. Cuando Shylock se fue a cobrar su deuda con un cuchillo sobre el pecho de Antonio, Porcia, disfrazada de abogado, le advirtió al judío que no podía derramar una sola gota de sangre, pues no estaba escrita tal cosa en el contrato. Ese descuido le salvó la vida a Antonio. No se podía arrancar una libra de carne humana sin derramar sangre. En otros tiempos que a nadie gusta recordar también se comerciaba con la sangre de los nicaragüenses. Algunos le llamaron a aquello inversión y negocio. Con esa sangre se pagó una larga deuda. Pero ahora, ¿a quién le debemos tanto para que estemos pagando tanto? ¿Quién nos comprará nuestras libras de carne perdidas?
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