Opinión

Un personaje nuevo en “El Güegüence”


Entre los güegüencistas de primera línea se encuentra Jorge Eduardo Arellano, quien en su exposición “El Güeguence y su españáhuat del siglo XVIII”, en la Universidad Americana (*), radiografió la bisagra histórica que empalma la lengua que entonces se hablaba en Nicaragua y el predominio del castellano.
El estudio de Arellano corresponde a la ubicación del surgimiento del Güegüence, en medio de aquella dinámica del verbo. Y por eso, “para comprender la evolución del habla nicaragüense, es necesario examinar los tres manuscritos del españáhuat, dialecto mixto fijado” en la obra teatral y danzaria.
“Resulta indispensable establecer que surgió al margen del proceso escritural, de la dinámica colonialista y de la cultura letrada”, subraya el académico para ofrecer los orígenes o causas de su aparición: “…su estructura subyacente se remonta a los cantos quisquillosos de los cuecuenchitlatl de los nahuas de México y su protagonista procede del tetlahuehuetzquitli o farsante chocarrero”.
Arellano señala que así lo identificaron Carlos Mántica e Ignacio Merino Laziloti, sin embargo, el argumento y contexto histórico, tal como la obra llegó a nuestros días, remiten su concepción como fecha más antigua al año 1635.
De acuerdo con el estudioso, El Güegüence se articuló en una primigenia pieza oral con objetivos como los de divertir a los indios y enseñarles a leer, labor desarrollada por curas en la antigua Manquesa, conocida ahora como La Meseta de los Pueblos. Además, se gestó otro proceso: el aprendizaje del castellano.
Empero, otros güegüencistas subrayan su carácter rebelde en consonancia con un nuevo grupo étnico emergente y no reconocido ni por la nomenclatura india ni la corona: el mestizo. Y de éste, su expresión económica: el buhonero o quebrantahueso. El hecho de burlarse del Escudo de la Casa de Austria cuando gobernaba Carlos II, El Hechizado, habla mucho del personaje: no reconoce el “rango” del Águila Bicéfala imperial, y la “degrada” a jilguero.
Arellano considera que El Güegüence representó un momento clave del habla popular: cuando el español había sido penetrado por la fuerza aglutinante de la lengua nativa, manteniendo su predominio léxico, sintáctico y morfológico sobre el nahuate regional.
El académico advierte las distintas posiciones de los reyes españoles en torno al náhuatl u otras lenguas en América, al ejecutarse sus cédulas. Si Felipe II urgió la enseñanza de la lengua citada, Carlos II emitió cédulas reales en 1686 y 1688, donde obliga a los indios a aprender el castellano, de lo contrario no podrían optar a un cargo político. Una cédula real, firmada por Carlos III, en 1770 fue prácticamente el tiro de gracia: la única lengua del imperio debía ser el castellano.
Los tres manuscritos
El expositor destaca que de El Güegüence hay tres manuscritos: de Emilio Álvarez Lejarza, Kart Herman Berendt y Walter Lehman. De echo, las procedencias de los valiosos documentos confirman una vez más el origen del Güegüence en la Manquesa: Catarina, Masaya y Masatepe, respectivamente. La de Álvarez Lejarza se calcula del siglo XVIII, “guardado por uno de los que sacaba la obra”. El de Berendt perteneció a Juan Eligio de la Rocha, y que sirvió de base a las ocho versiones y recreaciones , Álvarez Lejarza, Pérez Estrada, Cid-Pérez, Carlos Mántica, Alejandro Dávila Bolaños, Vigil, el mismo Arellano y Fernando Silva.
Sin embargo, el más desconocido de todos ellos, incluso por destacados güegüencistas, es el de Lehman, estudiado por Arellano en Alemania. Propiedad de Ramón Zúñiga, de Masatepe, el texto fue transcrito el 29 de junio de 1867. El alemán lo copia entre el 13 y 18 de diciembre de 1908. La pregunta es ¿cuántos manuscritos más existirán en los viejos cofres de Masatepe?
Sorpresa causó que El Güegüence, a quien se le ha criticado que como pieza teatral, además de ser “otras artes”, no contara con una introducción, ya disponía de una, pero no sólo eso. Arellano contó un nuevo personaje, el “Arriero” que para nosotros todavía no circula en los centros de enseñanza de Nicaragua y hay profesores de Español y Literatura que lo desconocen, ofreciendo al declarado Patrimonio Oral Intangible de la Humanidad una narración incompleta.
Además de eso, el académico identificó 11 parlamentos nuevos, dos de ellos en verso octosílabo. El nombre de la obra es “Original del baile del Macho Ratón”.
(*) El diplomado es coordinado por la licenciada Eva Córdoba y ha logrado abrir nuevas vetas de investigación.