Opinión

Tres carcajadas


-Maestro, ¿por qué cuesta tanto desprenderse de los prejuicios, cuando ya sabemos que no coinciden con la realidad?
-Porque nos costó esfuerzo aprenderlos, Sergei. Porque hemos invertido mucha ilusión en adquirirlos y nos enseñaron torpemente que nos darían seguridad.
-¡Qué obsesión tenemos con la seguridad, Maestro! Como si hubiera algo seguro en esta vida más allá de la certeza de la muerte.
-Sí, Sergei, pero es el temor a lo desconocido lo que nos hace aferrarnos a cualquier cosa, persona o norma.
-¿Qué es la muerte, Maestro?
-El envés de la vida, Sergei. O el haz, ¡vete tú a saber! En el instante de nacer ya comenzamos a desvivirnos. No hay célula que dure más de siete años. No hay nada en nosotros que haya estado en el vientre de nuestras madres. Somos memoria, Sergei, dentro de un proceso dinámico e inefable.
-Maestro, ¿tú no temes a la muerte?
-Ya no, Sergei, ya no. Si acaso, cada día, siento una especie de cansancio que prefiero no interpretar, porque ese estar alerta facilita la maduración requerida. De lo contrario, nos volveríamos de cara a la pared. Sé que la muerte no es el fin de nada, sino la transformación de la apariencia.
-Entonces, al morir, ¿no perdemos la vida?
-¡No, Sergei!, - dijo el Maestro riéndose -, no perdemos nada. Tan sólo se transforma el envoltorio de esa energía.
-¡Pero es que nadie regresó de allá para tranquilizarnos, venerable Señor!
-Escucha este cuento, Sergei, antes de ir a preparar el té, y así pones algo de luz en la oscuridad de tus miedos.
“Estaba agonizando un anciano monje que había alcanzado la paz y la difundía a su alrededor. Era famoso en su monasterio por su sonrisa perenne. Pero los discípulos lloraban a su alrededor, dando a entender que no habían comprendido sus enseñanzas. Entonces, el anciano lanzó tres sonoras carcajadas.
-“Pero, Señor, -dijeron asombrados los monjes -, ¿cómo puedes reír en este trance mientras nosotros lloramos?
-Por eso, porque no comprendéis que se trata de un tránsito. La primera carcajada es por vuestro temor a la muerte. La segunda porque veo que no estáis preparados para afrontarla y la tercera porque yo paso de las fatigas de esta vida al descanso, mientras que vosotros seguís ahí con lamentos”. Y dicho esto el anciano cerró los ojos apaciblemente invadido por innebriantes endorfinas. ¿Te ha gustado, Sergei?
-Bueno, Maestro, tomaré esta reflexión como consejera y trataré de vivir a tope todo lo que pueda. ¡Vámonos a tomar el té bien especiado y con galletas de jengibre a la menta!