Opinión

Retos económicos del año 2007 en adelante


Pasaron casi cinco años del gobierno del presidente Bolaños, y seguimos sin una agenda nacional clara, compartida y explícita. El país avanza despacio. En algunas áreas está paralizado. Las grandes decisiones indispensables para recuperar nuestro crecimiento económico siguen en la carpeta de los asuntos pendientes. Unos culpan a la lucha contra la corrupción. Otros a la incapacidad del Ejecutivo. Otros a los partidos políticos, porque nadie quiere ser el responsable en tomar la iniciativa para enfrentar los grandes problemas estructurales del país.
Los desafíos internos son evidentes: una economía que no genera puestos de trabajo y en la que los existentes son cada vez más precarios. Una enorme cantidad de personas sumidas en la pobreza desde hace años y que carecen de esperanza. Una muy pequeña minoría enriquecida que funciona con criterios ajenos a la solución de los problemas nacionales. Un gobierno que cree que todo va bien cuando es obvio lo contrario. Un sistema educativo público que impide que la educación se modernice y cumpla con las exigencias que plantea nuestra inserción a un mundo global.
Los desafíos externos también son conocidos: en el comercio internacional tenemos una participación cada vez menor explicada por las constantes pérdidas de competitividad. Las expectativas de los organismos financieros internacionales y de las principales corredurías ubican a Nicaragua en una posición poco relevante. Nuestra posición diplomática se ha deteriorado, principalmente en Latinoamérica, dada la lamentable actuación gubernamental.
La gran mayoría de los ciudadanos estaría en contra de un regreso al pasado alemanista; sin embargo, la desilusión y el desencanto con la situación del presente alcanzan a una inmensa porción de esos mismos ciudadanos. Es que hemos estado enmendando y remendando los desaciertos de los gobiernos neoliberales, dice el presidente Bolaños, reconociendo con ello la pobreza de resultados estructurales de fondo.
El gobierno Bolaños ha tardado en percatarse de que la legitimidad electoral es un factor ineludiblemente necesario, pero claramente insuficiente. Sin eficacia política y administrativa de las acciones gubernamentales que resuelvan en especial los problemas más sentidos por la sociedad, la gobernabilidad pierde legitimidad sin remedio. La discusión y el debate sobre algunos aspectos de nuestra vida económica actual resultan fundamentales. En este momento propondría al menos cinco de ellos.
Uno, el de mayor importancia es el de la realidad salarial. Es necesario un incremento correspondiente a la inflación esperada, no es despreciable cuando, efectivamente, ésa sea la inflación que haya en la realidad. Pero resulta absolutamente insuficiente para cubrir el rezago --por lo demás terrible-- del ingreso de los trabajadores en este país, que simplemente en este gobierno acumula ya un perdida del 20 ó 30 por ciento del salario real. Por eso, al hablar del salario siempre hay que incorporar el rezago.
Un aumento salarial por debajo de la inflación es negativo para el desarrollo económico del país; esa política salarial expresa la alianza perversa entre un gobierno que pone por delante sus equilibrios macroeconómicos y un sector empresarial que piensa que lo mejor para Nicaragua son sus ganancias y la facilidad para imponerlos. Así, mientras el futuro se empieza a instalar entre nosotros y podemos ver los retos ecológicos, los avances en la tecnología de la información, las tensiones locales y globales, el envejecimiento demográfico, las nuevas tendencias culturales en alimentación, salud, educación, aquí en Nicaragua seguimos con la repetición del mismo esquema para agrandar la desigualdad.
Pero esta baja progresiva y sistemática del salario no se puede entender sin el conjunto de piezas que la hace posible: un gobierno neoliberal que vende su mejor ventaja competitiva en la mano de obra barata; un sector empresarial, local y extranjero, que exige como condición para invertir que lo liberen de un sindicato real; un sector del movimiento sindical en contubernio con los intereses empresariales que a la hora de pedir estos aumentos anuales simplemente se abstiene; al mismo tiempo, otro sector sindical democrático muy reducido que no tiene la fuerza para establecer un contrapeso. Los bajos salarios forman parte de una estrategia de desarrollo en donde el mercado interno tiene importancia secundaria.
Segundo, es de la realidad ocupacional. Hablar de una baja tasa de desempleo o de la mejoría relativa que este indicador ha experimentado en los últimos años puede, de nuevo, hacernos caer en la complacencia. Los cambios en la estructura y la composición del empleo manifiestan una incuestionable tendencia a la terciarización del empleo y a la maquilización de la industria, lo que significa --a decir de especialistas en ocupación-- un aumento continuo de la importancia de los micronegocios y, sobre todo, del trabajo marginal de bajo salario y baja calidad, atrás del cual está la feminización y el rejuvenecimiento de la ocupación.
Un tercer aspecto a considerar para reconocer los retos económicos que tenemos --este año y los siguientes-- es el del rescate bancario y los Cenis. Atrás de esto está la discusión estratégica sobre las formas y mecanismo de financiamiento del desarrollo.
Un cuarto aspecto que requiere serena reflexión es el del manejo de los ingresos. Seguimos ayunos de un intenso debate sobre una reforma fiscal realista que, inevitablemente, deberá ser gradual y que necesariamente deberá regresar a Nicaragua su autosuficiencia y fortaleza financiera.
Un quinto punto a discutir es la crisis del campo. Por la ausencia de políticas públicas la mayoría de los pequeños y medianos agricultores carecen de recursos financieros, no tienen acceso a nuevas tecnologías ni pueden modernizar su producción. El gobierno neoliberal sigue aplicando políticas ineficientes, tardías y excluyentes, e incluso se ha vuelto cómplice de acaparadores. La situación del campo sigue en picada. Este gobierno ha sostenido y solapado la corrupción en el agro.
El gobierno Bolaños ha sido recurrente al culpar de la crisis actual en el campo a las administraciones anteriores. Hubo equivocaciones, pero allí están el reparto agrario y la paz social. El modelo agrario del sandinismo interpretaba el subsidio como un mecanismo para regular desequilibrios económicos y sociales; ahora el modelo neoliberal deja la economía campesina al libre juego del mercado, con todas sus desigualdades y consecuencias, actuando sólo ante contingencias y con apoyos casuísticos e irrelevantes. Darle un rumbo productivo a la política y un curso de inclusión social y consistencia dinámica al crecimiento de la economía, deberían abrir el año como asignaturas forzosas de todos los partidos que quieran en verdad serlo.
En las elecciones de noviembre de 2006 lo que está en juego es la continuidad de una ideología de gobierno que ha favorecido, como nunca antes, a determinados grupos de interés sin importar sus consecuencias en la mayoría de la población o, por otro lado, una revisión de esas formas de ejercicio del poder para que también sean tomados en cuenta la soberanía y los pobres del país. Una vez más, la lucha es entre los defensores del régimen de privilegios y los que quieren acabar con éstos o, al menos, disminuirlos a niveles legítimos, legales y más o menos éticos.
El último libro publicado por Oscar-René Vargas se titula “Elecciones 2006: La Otra Nicaragua Posible”.