Opinión

Partidos y populistas


No corren buenos tiempos para los partidos políticos, especialmente para los de orientaciones tradicionales. Lejanos están los días en que las democracias más antiguas podían contar con dos partidos principales, uno socialdemócrata y otro más a la centroderecha, que dominaban la escena política.
En las nuevas democracias del mundo poscomunista, estos sistemas bipartitos nunca llegaron a existir. Hoy los dos partidos principales rara vez pueden aspirar a dos tercios del voto popular, y no es infrecuente que tengan que formar una “gran coalición”. El resto de los votos se reparte en varias direcciones, a menos que surja una fuerza política que se abra camino entre las viejas estructuras partidarias apelando a sentimientos socialistas o nacionalistas populares, o una combinación de ambos.
El declive de los partidos refleja el declive de las clases. Han desaparecido el antiguo proletariado y la vieja burguesía. En su lugar, vemos lo que a veces se ha dado en llamar una “sociedad de clase media nivelada”, aunque con una importante elite extremadamente rica en un extremo y una subclase de desposeídos en el otro.
La estructura misma de la sociedad se ha vuelto inestable. No hay grupos sociales sobre los que construir organizaciones duraderas. Las personas son, en cierto sentido, desarraigadas sociales. Esto significa que sus intereses varían a medida que cambian las situaciones. También significa que ya no encuentran un hogar político en los partidos, sino que reaccionan a situaciones, a vagos estados de ánimo y especialmente a todo lo que interpele sus sentimientos, si es que no sus resentimientos.
En este estado de cosas, los populistas prosperan. En algunos casos, son personajes como el presidente Hugo Chávez de Venezuela (y otros líderes latinoamericanos) o el ex Primer Ministro de Italia, Silvio Berlusconi. En su mayoría, entran a la política desde sus márgenes, pero se las arreglan para formar agrupaciones altamente personalistas, como Jörg Haider y su Partido Austriaco por la Libertad, Jean-Marie LePen y sus Nacionalistas Franceses, Andrzej Lepper y su Liga Campesina Polaca, o el Primer Ministro Robert Fico y su partido Dirección en Eslovaquia. Se puede agregar muchos otros nombres a la lista.
Estos nombres nos dicen dos cosas. Una es que una cantidad sorprendente de líderes populistas se las han arreglado para acceder al poder en los últimos años. Este éxito refleja las incertidumbres del electorado y, cada vez más, las injusticias que se percibe que genera la globalización, así como el temor que muchos sienten con respecto a las minorías, los inmigrantes y los extranjeros en general.
Estos populistas prometen soluciones que prescinden de los hábitos y normas de la moderación, en particular de políticas democráticas centristas y un internacionalismo que busque promover la paz y la prosperidad. Uno se pregunta algunas veces si estamos viviendo no tanto el fin de la historia como el fin de la historia ilustrada, tal vez de la ilustración misma.
Sin embargo, otra mirada al listado de populistas nos dice algo más: la mayoría de ellos no dura en el poder. En tanto acepten que haya elecciones y sus resultados, es posible que se marchen tan rápido como llegaron. No pasa mucho tiempo antes de que los votantes descubren que las promesas de los populistas son vacías. Una vez en el poder, simplemente gobiernan mal. Para mencionar dos ejemplos europeos recientes, los polacos y los eslovacos pronto se darán cuenta de que sus nuevos gobiernos populistas hacen más daño que bien al pueblo y su nación.
Sin duda, esto no es un gran consuelo. Por una parte, algunos líderes populistas pueden no aceptar el resultado de las elecciones siguientes. A Silvio Berlusconi le tomó un buen tiempo admitir que había perdido. Además de eso, los episodios populistas son señales de una inestabilidad subyacente que no sirve al progreso nacional ni contribuye al orden internacional. Austria pagó un precio por su interludio con Haider, y Francia no se benefició precisamente con la segunda vuelta entre el presidente Jacques Chirac y Le Pen en las últimas elecciones presidenciales.
¿Existe alguna solución? Los partidos políticos han tenido mala prensa en los últimos años, y hay buenas razones para ello. Aún así, cumplen una función útil al englobar intereses y problemas, aportando de este modo un elemento de estabilidad al sistema político.
Los partidos actuales necesitan con urgencia recuperar el apoyo de los ciudadanos. Para tener éxito, necesitan claridad programática, honestidad organizacional y una buena comprensión de las inquietudes de unas sociedades que han perdido sus estructuras tradicionales. Éstas han desaparecido para siempre, pero un orden liberal-democrático no puede tener éxito mediante una política circunstancial basada en resentimientos populares. Exige un sentido del mediano plazo y un compromiso con un debate racional de los problemas, ya que la más importante de todas las tradiciones es una que sí se puede revivir: la del pensamiento ilustrado.
Ralf Dahrendorf, autor de varios libros y ex Comisionado Europeo por Alemania, es miembro de la Cámara Inglesa de los Lores, ex Rector de la Escuela de Economía de Londres y ex Director del Colegio de St. Antony, Oxford.
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