Opinión

Perspectiva


Daniel Ortega- Saavedra se presenta este próximo cinco de noviembre, por quinta vez, como candidato presidencial del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).
Hasta ahora sólo ha triunfado la primera en 1984, que corrió contra una oposición que mayoritariamente se abstuvo. En 1990 fue derrotado por la oposición unificada. En 1996 y 2001 no pudo superar el temor de muchos de sus conciudadanos de que se pudiera repetir la experiencia triste de la década de 1980 bajo el poder autoritario del FSLN, a la cual sus adversarios más acérrimos califican de Noche Oscura. En verdad, en esos años conflictivos la dirigencia dura del Frente Sandinista es grandemente responsable de haber hundido a nuestro pueblo en la mayor oscuridad. Sin embargo, no olvidemos a aquellos “demócratas” a los que pusimos nuestras rúbricas en sus más drásticos decretos al inicio del proceso revolucionario, contribuyendo a la oscuridad. Y, luego, la tornamos más negra al optar por la guerra civil. Fue un crimen contra Nicaragua compartido por los sandinistas y por nosotros.
Dieciséis años más tarde, sobran políticos que reclaman el logro de la paz con su espíritu de reconciliación o gracias al reto convincente de su músculo militar. La verdad es que los combates armados cesan en territorio nicaragüense porque así lo determina el epílogo de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Desde entonces reina el silencio de los fusiles. Con honrosas excepciones, fue la clase pobre la obligada por las circunstancias a contribuir con los conscriptos de las milicias sandinistas y los enganchados de la Resistencia. Para esa mayoría desfavorecida, la guerra no ha concluido. Ella sufrió los muertos y lisiados, como siempre a lo largo de nuestra convulsa historia nacional. Quienes terminaron siendo madres dolorosas, viudas y huérfanos, siguen a diario sufriendo privaciones.
En la presente contienda electoral de 2006, Daniel Ortega tiene en su contra la determinación de figuras revolucionarias --antiguos camaradas--, quienes se han proclamado sus vehementes opositores. Rechazan en su liderato obsesión de perpetuarse, le acusan de mantener un pacto corrupto con el caudillo del Partido Liberal Constitucionalista (PLC), a fin de repartirse el poder real y así gobernar desde abajo. Le achacan ser causante de la prostitución de las instituciones, valiéndose de artimañas legalistas para burlar el espíritu de la ley. Es muy cierto, en la Nicaragua actual lo “legal” no siempre es legítimo. Por su parte, otras fuerzas políticas se disputan con Ortega los votos que el pueblo está próximo a depositar en las urnas mediante dos recursos: enfatizando el miedo a Daniel y compitiendo con él en hacer promesas electoreras. Daniel desechó la alternativa de ser patriota al afán de aspirante a presidente. Bien pudo haberse retirado después de intentar sanear la dirigencia sandinista y unificar sus cuadros bajo una plataforma seria, renovando la promesa [aún incumplida] de economía mixta, no-alineamiento y pluralismo. Su voluntad demostrada de escoger ser más político que estadista, le ha acarreado escepticismo en la opinión pública sobre la sinceridad de su conversión de dogmático hostil a campeón de la reconciliación nacional.

I

¿Por qué sus manifestaciones de renovación no logran la credibilidad necesaria? ¿Será acaso que Daniel no actúa de forma suficientemente convincente? Por ejemplo, al nominar a su compañero de fórmula, indudablemente, ha deseado enviar un mensaje de que entierra el pasado de confrontación para iniciar una nueva era de confraternidad.
Su escogencia apunta a ese objetivo, ésta recae en alguien que fue nada menos que estratega político de la facción más recalcitrante de la Contra. No obstante, sus críticos le recordarían de inmediato que ese mismo político, más recientemente, había sido también el arquitecto del pacto, por lo tanto, su aliado tácito. Una jugada política puede tener efectos propagandísticos fáciles en un electorado inocente; la prueba estricta del análisis es exigente. El aspirante presidencial sandinista ha escogido a un socio que ayudará enormemente a su candidatura. El nominado es alguien de habilidad probada. Con vigencia destacada a lo largo de más de cuatro décadas, tanto en la sociedad que precedió a la revolución como en la contrarrevolución; asimismo, durante esta etapa post-sandinismo y, finalmente, aparece ahora al lado del comandante Ortega, quien es portaestandarte de una oferta de unidad nacional. A lo mejor Daniel podría ser más persuasivo si complementara el reforzamiento de la imagen de su fórmula llevando a cabo una catarsis en su corte. Requiere de una purga --llamándola por su nombre-- que es perentoria, sobre todo, frente a la disidencia abierta de antiguos militantes del FSLN.
En cambio, quien ponga en tela de duda la sinceridad de Daniel en su reconciliación con la iglesia de sus padres, cae en la necedad. ¿Qué razón hay para dudar de que estamos viendo retoñar en el ex presidente Ortega las enseñanzas de su madre (q.e.p.d.), Doña Lidia, dama fervientemente católica que vivió llena de amor para su prójimo? El candidato del FSLN ha tenido la entereza de pedir perdón. Ciertos adversarios podrían tener la decencia de hacer lo mismo. El candidato Ortega ha hecho algunos anuncios de compromisos públicos, los cuales respetaría en el ejercicio de la Presidencia de la República. Tiene, no obstante, pendientes de anunciar tres esenciales para la democracia y el bienestar de la nación :

- Promesa solemne de anteponer la tranquilidad de los nicaragüenses a la solidaridad con causas extranacionales.

- Ídem. De preservar el carácter institucional del ejército para que no vuelva nunca a ser brazo armado de fuerza política alguna.

- Ídem. No degradar jamás la dignidad humana de sus seguidores ordenándoles ser turbas terroristas.

Padecemos de intolerancia debido a que algunos políticos caemos en el error de creernos dueños de toda la verdad. Igual que el resto de la ciudadanía, únicamente poseemos un pedacito de ella. Será cuando juntemos todos los pedacitos que tendremos la verdad completa.

II

El día que logremos acordar un proyecto nacional empezaremos a salir de la Noche Oscura. Tal vez la Convergencia lo haya comprendido ya. En sus filas hay ciudadanos que confrontaron al FSLN hasta las elecciones de 1990, durante los años que éste tuvo el poder.
Algunos estudiosos podrían explorar cómo librarnos del siguiente círculo vicioso en que hemos caído los nicaragüenses:

No aceptamos al sandinismo por los vicios
de que le acusamos.

Si el sandinismo promete corregirlos, no le
creemos de plano.

Mucho depende de que los sandinistas cambien en serio y de que sus enconados enemigos traten de ser objetivos.
Mientras tengamos excomulgados a los sandinistas, no dejarán gobernar. Aún desde abajo.

El autor es un profesional del BID en retiro. Sirvió al gobierno de la Revolución de 1979 a 1981. Fue candidato, no inscrito, en 1984. 1985-1986 en el Directorio Político de la Resistencia. Desde 1987 fuera de toda política partidista.