Opinión

La Ventana


Errores estratégicos

Afirmaba un teórico militar, de cuyo nombre no vale acordarse, que fácil es decidir cuándo y cómo iniciar una guerra. Lo imposible es prever cuándo, cómo y de qué modo terminará.
Llena está la historia de guerras iniciadas con pompas y boatos que terminaron en desastre. De potencias rutilantes que se estrellaron contra fuerzas teóricamente ridículas o menores.
El imperio persa, extenso y poderoso, creyó que arrasaría a las divididas ciudades griegas. En las Termópilas, una reducida avanzada espartana detuvo a un ejército cien veces mayor.
En Germania, cinco legiones romanas fueron destruidas por una coalición de pueblos de menor disciplina y peores armas. El emperador Vespasiano lloró como nunca la derrota.
Un nutrido ejército británico tomó Buenos Aires en 1808, en la guerra contra España. La noticia causó euforia en Londres, donde hicieron planes gloriosos sobre su nuevo dominio.
Los bonaerenses contraatacaron y vencieron. Humillada, Inglaterra envió un ejército mayor al Plata. La derrota fue peor. Los irregulares repitieron victoria sobre el poderoso ejército.
Napoleón, en el apogeo de su soberbia, invadió España. La gente respondió inventando la guerra de guerrillas. El hasta entonces invencible ejército francés naufragó sin remedio.
Vietnam, Afganistán, Irak.... Lista extensa. Repite Israel en Líbano. No podrá con Hezbolá. No será la victoria de los más fuertes, ni la carrera de los más rápidos. Lo dice la Biblia

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