Opinión

Los intelectuales de izquierda y la constante manipulación del pasado


En la década de los ochenta, surgieron una serie de intelectuales que se caracterizaron por ser apologistas del poder; o en el mejor de los casos ideólogos de la clase dirigente en el gobierno.
Éstos, como gratificación, recibieron cargos de asesores, embajadores, ministros de Estado; asimismo, en las conferencias internacionales y encuentros de escritores se presentaban como intelectuales de la Revolución Sandinista.
Algunos de ellos, los más cercanos a los dirigentes revolucionarios, ganaron premios, sus libros fueron publicados en las grandes editoriales extranjeras y traducidos a varios idiomas.
En ese momento, estos intelectuales callaban sobre los desaciertos y abusos que cometían los comandantes y demás dirigentes. Nunca observaron las injusticias que el gobierno cometía con los campesinos, con los indígenas, con los jóvenes; las arbitrariedades y sandeces que realizaban en el campo económico, social y político.
Una vez que el Frente Sandinista perdió las elecciones a inicios de los noventa, la mayoría de estos intelectuales se apartó poco a poco de este partido. Algunos se marcharon del país, otros comenzaron a publicar memorias y artículos con el propósito de enjuagar su imagen y culpar a los “otros” de las equivocaciones y torpezas cometidas; en fin, se distanciaron hábilmente del partido perdedor, con el propósito de buscar nuevos espacios políticos.
Toda esta historia no tendría ya ninguna trascendencia si estos intelectuales hubiesen tenido la valentía y la honestidad de reconocer su participación tanto en los aciertos como en los desaciertos de la Revolución Sandinista; pero, principalmente, dejando el pasado en paz, en manos de los historiadores, y no manipulando constantemente con el fin de sacarle algún provecho personal.
Hoy en día, estos mismos intelectuales, que se han especializado en la manipulación, ya desde otros partidos políticos, nos pretenden hacer creer de una forma maniquea que existen buenos y malos sandinistas; y que estos últimos, encabezados por Daniel Ortega, han sido y siguen siendo los culpables de los desmadres de los ochenta, y que ellos no tuvieron responsabilidad alguna.
Muchos de estos intelectuales que ahora apuntan con el dedo a los “otros” sandinistas, eran, según recuerdo, los más feroces propagandistas y apologistas del poder en la década de los ochenta.
Basta revisar los diarios de la época para darse cuenta que los poetas les dedicaban versos a los comandantes; y los articulistas y ensayistas eran los justificadores del sistema y los subsanadores de los desaciertos.
El que no lo crea puede revisar los periódicos y libros de ese periodo; y desde luego, se llevará la tremenda sorpresa de que estos mismos intelectuales, que hablan de “rescate”, de “volver a las raíces”, de “renovación”, etc., fueron los que ayudaron a canonizar a los actuales y perpetuos dirigentes del Frente Sandinista; y a los jóvenes, en los años ochenta, les inculcaron la idea que había que morir en los frentes de guerra como mártires.
Sin embargo, el despropósito de estos intelectuales el día de hoy es asombro, y lo peor del caso es que muchos de nosotros que conocemos un poco de la historia de Nicaragua y a sus actores principales contemplamos sin escándalo, y algunos con cierto regocijo, la falsificación de los hechos.
Desde luego que es lícito y bueno revisar la historia, pero con base en documentos y fuentes, no en sentimientos y con el objetivo de manipularlo a nuestro favor, o en el peor de los casos, para un partido político o para salir electo diputado.
Es cierto que ya a estas alturas de la historia, no hay que buscar culpables, perdedores y ganadores, ya que no tiene ningún sentido práctico. Parte de nuestro fracaso como nación ha sido, y seguirá siendo, la voluntad de no convivir, la falta de entusiasmo colectivo que termina favoreciendo la desintegración, la radical politización extendida progresivamente a sectores sociales muy amplios, y la tremenda irresponsabilidad que muestran los intelectuales a la hora de juzgar el pasado.
Es evidente que la guerra civil de los ochenta ha dejado terribles huellas, difíciles de cicatrizar, y tal vez lo único positivo, si acaso lo hay, es que existe el convencimiento generalizado de que nunca el país debe pasar por una experiencia similar.
No obstante, estar constantemente revisando la historia para escribir panfletos o artículos propagandísticos, con el claro propósito de descalificar al adversario político es una perversión desproporcionada.
Hoy más que nunca, es necesario ensalzar y subrayar la concordancia, lo que nos une y no lo que nos separa, lo que tenemos en común (que cada vez es más). En estas elecciones dejemos de buscar culpables, de manipular la historia; de convertir a unos buenos y a otro malos.
El pasado debe ser investigado por los historiadores; y nuestros políticos deben mirar hacia delante, porque el que mira pertinazmente por el retrovisor suele estrellarse.
karlosn@usal.es