Opinión

El perdón forzado... no existe


El perdón es parte integral del ser humano, necesario para la continuidad misma de todas las estructuras sociales, y siempre está condicionado a elementos encontrados y a una negación, según sea la intensidad de la ofensa y sus consecuencias destructivas. Ofensas siempre han existido, y éstas pueden provocar un daño material recuperable, o un daño espiritual que requerirá iguales mecanismos de compensación o restitución de daños en su última consecuencia. Siempre estará condicionado por un espíritu de disposición emocional, pues si no hubo daño emocional, el perdón perderá significado alguno, porque en definitiva no era necesario.
Pero es a esta ofensa intangible a la cual deseo hacer referencia, porque es la que considero de daños inmedibles, en la que sólo el afectado puede decidir el perdón en el espacio, tiempo y modalidad, no importa si tiene creencia religiosa o es un ateo, tampoco si es de una edad determinada o si tiene formación académica, el perdón es suyo, y nadie puede ordenárselo o exigirle otorgarlo, nadie lo puede asaltar, ni mucho menos chantajear o estafar al respecto, el perdón pertenece a ese ámbito humano tan exclusivo, tan intocable, tan inviolable, al cual nadie tiene acceso por muy docto o sabio que sea, es suyo como suya es la ofensa o la perversión de la que fue víctima.
Nicaragua es un país modelo a tomar en cuenta en materia de ofensa-perdón, y el campo de competencia por excelencia es el campo político, en el que históricamente se ha visto todo tipo de pervertido y pervertidor. Los sufrimientos han sido extremos, y muchas veces los perdones han surgido en las voces menos autorizadas, dejando a grandes colectivos ansiosos de compensaciones y sedientos de otorgar un perdón que los haga sentir capaces de recuperar su condición de seres humanos. Pero nada de esto ha sucedido, ya sea por poca visión de futuro de la autoridad o menosprecio hacia los que no tienen acceso adecuado a los medios de información. Esto hace que la hiel siga envenenando el organismo individual y colectivo, para concluir en una sociedad enferma de falta de perdón y por tanto de mejor perspectiva de vida.
El perdón se puede ligar a una cadena de ofensas, que en el mundo cristiano se relaciona de forma inconsciente al indecente proceso que se le siguió a Jesús para llevarlo a la muerte, y no a la valentía de su prédica cuestionadora de los abusos. No logramos distinguir --porque no nos da la gana-- lo que son debilidades humanas, errores, de lo que es perversión, oscuridad de ente, no de humano.
Normalmente hacemos esos perdones de cumpleaños, bodas, Navidad y Año Nuevo sin intención alguna de corrección de actitud, esperando la primera oportunidad para agrandar la ofensa a nuestra víctima, construyendo una personalidad de sociedad de ofensas, sin sacar de raíz el divieso de podredumbre que heredamos por generación, en donde el magisterio (magisterio de vida) ha perdido la honorabilidad, obligando, exigiendo, amenazando perdones a diestra y siniestra, cuando ni siquiera han orientado a procesar la ofensa, para que la llegada del perdón sea de carácter eterno.
Muchas veces los cristianos interpretan el perdón con la complicidad y el miedo, y de ello se aprovechan los que dirigen la sociedad para repartir y compartir lo que no les pertenece. Así reparten las ofensas y comparten la exigencia del perdón, a vista y paciencia de mediadores y hasta con testigos de organismos internacionales, llámese Naciones Unidas, observadores, cooperantes o religiones. ¡Ya no los soportamos!