Opinión

La crisis política y las elecciones


Nicaragua inició el nuevo milenio soportando un régimen político caracterizado por la simultaneidad de la crisis no concluida del régimen autoritario representado en la presidencia imperial y una transición a la democracia igualmente inconclusa y titubeante. La descomposición del régimen presidencial autoritario y la falta de consolidación de la democracia se expresan en la emergencia de una enorme cantidad y variedad de poderes fácticos regionales y sectoriales, y en la falta de solución a problemas graves que afectan a toda la nación, desde el colapso de la actividad productiva en el campo hasta el conflicto alrededor del petróleo ofrecido por Venezuela y la falta de transparencia para aclarar el caso de los Cenis.
El territorio nacional aparece dividido en una serie de pequeños feudos políticos carentes de articulación. Cada pequeño líder y/o corriente política cobra cara su lealtad al régimen o, en su caso, a los partidos en los que milita. Cada acuerdo es motivo de una larga negociación en la que los intereses políticos y/o económicos de las partes están por encima de cualquier proyecto ideológico y/o político de largo plazo.
Los grandes poderes están constituidos por grupos de poder empresariales, políticos y sociales, que son capaces de imponer límites precisos a las políticas del gobierno. El gobierno tiene que negociar uno a uno con una enorme variedad de grupos de interés firmemente anclados en el control de un territorio, un recurso estratégico o una representación gremial. La “llamada” sociedad civil es débil y su presencia es aún testimonial, representando más a los intereses de los gobiernos que los financian.
En las cabeceras departamentales y/o municipales la situación es muy similar. Si bien el partido sandinista gobierna en dos tercios de los municipios, la verdad es que su poder es muy reducido debido a la histórica falta de recursos para los gobiernos municipales, las limitaciones constitucionales de su ámbito de acción y la carencia de imaginación política de los gobernantes locales. Además, la pluralización de la política se ve contrarrestada por una conspicua continuidad en las formas de ejercicio del gobierno central, y por la incapacidad del presidente para romper la hegemonía que ciertos poderes fácticos (como los banqueros y empresas transnacionales) tienen sobre áreas completas de la vida social. En cada entidad los grupos de interés se fortalecen aprovechando los pleitos en la cúspide del régimen político, el adelgazamiento del Estado y los conflictos al interior de los partidos.
Si bien este desmembramiento y la consecuente fragmentación del poder en todos los espacios tienen un efecto democratizador en términos de la proliferación de grupos y corrientes, el problema es que los nuevos poderes fácticos no expresan la emergencia de una sociedad civil moderna, sino el posicionamiento de múltiples grupos de interés en el campo político. Los ciudadanos y los grupos civiles que sólo cuentan con un poder simbólico no pueden intervenir en este reacomodo de poder. Su crítica es aún marginal y no logra controlar el desempeño de la clase política.
El nuevo siglo llega con una gran carga de incertidumbre. Los déficits de la transición política y la debilidad de la sociedad civil aparecen como grandes lastres en la modernización política. Los grupos de interés ganan fuerza e imponen límites a los actores políticos y a la sociedad misma. El país balcanizado tiene frente a sí una larga e ingente tarea de reconstrucción de su integración nacional y el enorme reto de concluir la transición a la democracia antes de que la polarización social y política acabe con la precaria estabilidad nacional.
Ante el discurso del presidente para justificar su negativa de importar petróleo a precios favorables (en la inauguración de la remodelación del Aeropuerto Sandino), mi primera reacción fue constatar que hay demasiadas cosas que no sabemos que llevan al presidente a no aceptar el petróleo. Tuve la sensación de que hay luchas y confrontaciones de las que en general no hay información y que de pronto emergen, como ocurre con el cáncer. Las posteriores explicaciones de los ministros han puesto en evidencia que hay una costra sutil debajo de la cual se esconde mucho más odio del que imaginábamos.
Creo que hay un déficit de democracia en la información enormemente peligroso. Por un lado, se pide a la población que acepte una guerra de la información, que significa predominio de los mensajes negativos y de las operaciones no transparentes proveniente del gobierno. Se nos pide, por tanto, un acto de confianza ciega en el “demócrata” del presidente y en los actuales funcionarios. Por otra parte, hay una cierta claudicación de la ciudadanía frente al poder. La mayoría de la población ha dicho: “De acuerdo, renunciamos a una cuota de democracia, haced lo que tengan que hacer con tal de que sea para nuestro bienestar”. Pero nosotros, opinión pública, los ciudadanos “de a pie”, de las cosas sucias preferimos no saber nada. Esta falta de transparencia por parte del poder y la falta de exigencia democrática por parte de la ciudadanía me parecen, para Nicaragua, muy peligrosas.
Los fracasos sucesivos de gobiernos representativos de los partidos políticos neoliberales desde 1990, la depresión económica y el feroz desempleo, las permanentes denuncias de corrupción, la sensación de impunidad, las incoherencias del Ejecutivo en perseguir el enriquecimiento ilícito, empujan a la gente del común a bajar los brazos o a dedicar todas sus menguantes energías en pos de la proeza de sobrevivir.
Es decir, se ha producido una pérdida consentida de democracia, aceptada por la ciudadanía por temor, o por no querer asumir directamente las responsabilidades que nos conciernen, o por miedo a perder algo. El temor de volver a una situación de inseguridad ha sido siempre un factor determinante, por ella se aceptó, por parte de la mayoría de la ciudadanía la sumisión al poder de la dictadura de los Somoza; o por ella se votó a favor de Bolaños en 2001.
Pero más allá de la seguridad está el miedo a perder la tranquilidad adquirida. Un miedo con el que los políticos de derecha saben especular perfectamente. El miedo a la incertidumbre ha hecho que nuestra sociedad sea muy hipocondríaca. El miedo, la culpa, la falta de información transparente de parte del gobierno, el no querer saber quién miente, el no querer profundizar en los acontecimientos, todo esto hace muy difícil el trabajo desde abajo para que la ciudadanía proteste contra tanta injusticia.
Tengo la impresión de que debajo de estos acontecimientos hay un enorme capital de energía contenida, no expresada, que son las energías de las masas de este pueblo. Grandes masas que tienen sus ideales, que se mueven, que son manipuladas son un fenómeno poderoso, que es lo que me hace pensar que estamos en el inicio de un proceso de cambio.

El último libro publicado por Oscar-René Vargas se titula “Elecciones 2006: La Otra Nicaragua
Posible”.