Opinión

Algunos mitos sobre el CSE


Las recientes elecciones presidenciales en México han dejado en las instituciones electorales latinoamericanas un sabor amargo. Después de lo ocurrido en México el pasado domingo 2 de julio, donde el candidato del Partido de Acción Nacional, Felipe Calderón, ganó las elecciones por una nariz a su contendiente, Andrés Manuel López Obrador, nada será igual para el Instituto Federal Electoral (IFE) ni para el sistema electoral de ese país.
En los últimos días, México ha vivido un torbellino salpicado de protestas callejeras y denuncias azoradas de algunos dirigentes del partido perdedor, que han culminado con documentos y hasta vídeos conteniendo pruebas de presuntas urnas “embarazadas” de votantes, un concepto verdaderamente novedoso en la doctrina electoral. Las últimas noticias cuentan de urnas repletas de boletas encontradas en los basureros. Tal pareciera que el espíritu de la ex presidenta del Consejo Supremo Electoral, Rosa Marina Zelaya, estuvo presente en las elecciones mexicanas. Y la tensión crece. Otros sectores de la política mexicana han gritado a cuatro vientos fraude, una palabra que ha resquebrajado los cimientos del IFE. Si no fuera porque los medios de comunicación exageran un poco los hechos --es parte de su trabajo-- creería que México, al igual que Roma, arde producto de una insurrección encabezada por López Obrador, encarnado inesperadamente en un Nerón moderno. Pero esto no es cierto. Aparte de la inconformidad natural expresada por los simpatizantes de López Obrador, no hay barricadas ni tranques, ni papeletas en los cauces, ni carros quemados en las pistas, ni plantones violentos. La vida sigue igual en este país. La democracia, por llamarla de alguna manera, está resguardada. Las reglas se respetan. Las instituciones también. La gente en México puede estar confundida o sorprendida, pero hay una realidad que es evidente: Calderón ganó las elecciones por una nariz, aunque prefiero creer que fue por un lunar. Lo dice el IFE, y lo anunciará oficialmente aunque le cueste su sepultura a esta institución. Al final, el tiempo dirá si López Obrador tenía la razón.
Traigo a contexto el caso mexicano, porque un amigo me preguntó con suspicacia qué pasaría en Nicaragua si las elecciones tuvieran un desenlace similar al de las de México. Le respondí que aquí no pasaría nada. Que pese a la brutal campaña de desprestigio que los medios de comunicación han montado sobre el Consejo Supremo Electoral (CSE), el sistema electoral nicaragüense, tal y como está diseñado en la Ley Electoral, es eficaz y transparente. No admite ni propicia fraude. Es un sistema tan cerrado que no hay orificio para el fraude. Pese a que la ley es limitada, ésta tiene candados que no permite exabruptos.
Y esto me permite referirme a lo que personalmente he denominado algunos mitos que los medios de comunicación han venido tejiendo sobre el Consejo Supremo Electoral. El primer mito es su composición partidaria. La Ley Electoral establece taxativamente la composición de los Consejos Electorales Departamentales y Municipales. No es invento ni capricho de los partidos políticos mayoritarios la composición de estos organismos electorales. Está en la ley y hay que cumplirla, nos guste o no. La ley no tiene la culpa de que las elecciones las gane constantemente el Partido Liberal Constitucionalista y que el segundo lugar lo obtenga el Frente Sandinista, y que éstos sean los que tengan mayor representación en el CSE. No se trata, en mi opinión, de cambiar la ley, sino de que los partidos políticos puedan cambiar el resultado de las elecciones. Ahora bien, durante la administración del doctor Mariano Fiallos, fundador del Consejo Supremo Electoral, y de la doctora Zelaya, los que conformaban estos organismos electorales eran funcionarios sandinistas. Y nadie objetaba los resultados electorales.
Sin embargo, los medios de comunicación --sabiendo que la ley establece las reglas del juego-- han desatado desde el año 2,000 una cacería brutal contra el origen político y partidario de los magistrados electorales. Incluso, han pedido destituciones de magistrados, y hasta el vocero de un partido político inventa de manera oficiosa denuncias contra el CSE y casi a diario habla de fraude, de comandos electorales, de kamikazes en las Juntas Receptoras de Votos. No hay duda de que el vocero de ese partido tiene mucha imaginación. Pese a eso, se han realizado dos elecciones de alcaldes y una elección presidencial, y nadie ha objetado los resultados de las mismas. El mismo ex presidente norteamericano Jimmy Carter, observador profesional de elecciones en países tercermundistas, ha valorado el profesionalismo del Poder Electoral nicaragüense. Y la Organización de Estados Americanos (OEA), con toda su dosis de subjetividad, ha avalado el desarrollo y desenlace de estos procesos electorales.
El segundo mito es afirmar, sin argumentos de peso, que los resultados de una elección pueden ser manoseados por los magistrados electorales. Es decir, que en el CSE se pueden robar los votos. Esto es totalmente absurdo. Las elecciones se ganan en las Juntas Receptoras de Votos y no en las sesiones del cuerpo colegiado. Los resultados son numéricos, matemáticos; el partido que se alza con la victoria es aquel que cuenta con la mayoría de los votos. Hay fiscales y observadores en las JRV. Hay periodistas y hasta papparazzi en cada JRV. Hay conteos rápidos en organismos de observación, y hasta técnicas para hacer proyecciones a boca de urna. Y mientras en las JRV las matemáticas estén correctas, no hay nada que temer. Sólo los partidos políticos que no cuentan con una sólida organización en sus territorios, y que no son capaces de desplazar 11,000 fiscales en igual cantidad de Juntas Receptoras de Votos, son los que temen una derrota abrumadora. Y es lógico: si no tienen fiscales para custodiar el voto en las urnas, ¿tendrán los votantes suficientes para ganar las elecciones? Creo que no. Si un partido no es capaz de desplazar 11,000 fiscales, menos que sea capaz de ganar una elección.
Y un tercer mito es creer que el CSE manipula a su gusto y antojo el Padrón, lo que algunos partidos políticos, respaldados por los medios de comunicación, han llamado reiteradamente como “Ratón Loco”. En realidad, el “Ratón Loco” no existe, es una invención de algunos partidos interesados en meterle bulla al proceso electoral. Cada partido debería contar con un padrón tanto nacional como partidario actualizado, para poder hacer proyecciones y trabajar en base a ellas el día de la elección. En Nicaragua, como en cualquier parte del mundo, las elecciones se ganan con números, y éstos son fríos, universales y específicos. Gana las elecciones el que obtiene más votos. A los que gritan fraude a priori les hacen falta votantes.
Para finalizar, quisiera referirme a un comentario que escuché de un político sobre los medios de comunicación. Dijo que éstos son los grandes contendientes en los procesos electorales, porque ellos se encargaban de inclinar la balanza hacia determinado partido o candidato. Nada más verdadero y falso al mismo tiempo. Es verdad que pueden inclinar la balanza, pero la decisión final la tiene la ciudadanía. Si los medios de comunicación determinaran los destinos de los pueblos, otro gallo nos cantara. Pero ése es tema de otro artículo.

Periodista y escritor nicaragüense