Opinión

Cando lloremos ríos de llanto feliz


Vivimos en un país particularmente diferente por diverso, divergente, contrariado, revolucionado eternamente, de amores y odios, que procrearon un amor nuevo. Un país de cantos floridos con mezclas de melodías en aparente irreconcialiación, que en Nicaragua fue posible. De convivencias violentamente tiernas de pinturas primitivas, surrealistas, cubistas, posmodernas y otra vez renacentistas que asombraría al mismo Michelangello.
Somos, desde siempre, diferentes y aparentemente desiguales, artífices y protagonistas de batallas feroces contra crueles dictadores que quisieron desde hace mucho negar nuestras diferencias, desaparecernos. Cuando un día decididos nos miramos frente a frente y nos percatamos atónitos que jamás seríamos blancos, ni negros, ni indios, ni españoles; que éramos más mezclados que el gallopinto, herederos orgullosos del güegüe sabio y burlesco.
El milagro de la revolución solamente fue posible gracias a esa fusión hermosa de negros, indios y blancos, de gordos chaparros y altos. De gente pobre, hambrienta,oprimida y explotada por una raza eterna que es nuestra única enemiga: la maldad, el poder, el odio y el hambre.
Al acercarse estos días tan llenos de patria, de cantos de lucha, de unión y de amor, de sueños con sonrisas ilusionadas de niños corriendo libres y alegres por las calles de la patria, me llena el corazón de tristeza añorando aquellos días cuando nos unió una causa y nos empujó un ideal de banderas libertarias con cantos encendidos en fusiles de luchas en las voces incendiarias de los Mejía Godoy. A ellos les concedo indiscutible el privilegio de ser los causantes de haberme cambiado de niña buena a mujer de carne y hierro, de haberme llevado al frente con la convicción irredenta de aquellos cantos insurrectos de barcos cargaditos de piñas y granadas.
Los locos y desmadrados, aquel grupejo de aspirantes de humanos que soñábamos con escribir un día como Rugama, recitar como Rubén y cantar como Víctor Jara, locos de atar pretendiendo ser como el Che, asmático, fumador e inventor de revolución, de hoy aquí, mañana allá hasta lograr cambiar el mundo. Eso éramos todos, los músicos, pintores, bailarines y los poetas de los talleres, siempre Luis, siempre Carlos, siempre nuestras brújulas melódicas con mensajes insurgentes.
¿Por qué no logramos superar el calor insoportable de los días extremos del largo verano posrevolucionario?
Mis amigos, mi familia, mis vecinos, ¿por qué razón nos separamos los que un día éramos uno?, cuando creímos tocar el cielo envueltos en una bandera. ¿Por qué buscamos y nunca nos dimos cuenta que movimos montañas mientras estuvimos unidos? Mi familia se divide y se destroza cuando llegan las campañas y nos toca cambiar gobiernos. Retumba la casa en esta enorme familia cuando hay que defender cada quien a su cada cual.
En medio de este invierno caudaloso pero fértil de ideas y de ilusión permanente que sobrevive a los tiempos a los odios y al espacio que nos separa, cierro los ojos y sueño con ese día cuando nos encontremos después de tanto tiempo y nos contemos las canas y recordemos historias preciosas de amor sin violencia, de abrazos enfurecidos recargados de ganas de reencontrarnos y empezar de nuevo con las mismas ilusiones, los mismo, enemigos que son cada vez más fuertes mientras nosotros nos multiplicamos divididos en microcélulas.
Sueño y añoro ese día en que estemos a punto de tocar la esperanza. Regresemos juntos al día de los abrazos soñados y lloremos más ríos de llantos felices que fecunden cosechas de hombres y mujeres del futuro.
liberta@ibw.com.ni