Opinión

Guerrero de los sueños


Llegó un día al monasterio un rico comerciante a hacer una importante donación al Abad. Éste se lo agradeció prometiéndole que la comunidad lo tendría presente en sus plegarias porque compartía sus riquezas con los pobres. “Sí, padre Abad, por eso lo hago, porque sé que ayudáis a todos los pobres del condado. Pero, ¡yo querría pediros el favor de que me recibiera el Maestro que habita en la cabaña que está junto al río!” El Abad hizo las gestiones y envió al comerciante a presencia del Maestro, acompañado por su asistente Sergei.
Mientras éste preparaba el té, tenía la antena puesta y oyó este diálogo:
- Maestro, estoy desesperado. Alguien me ha echado el mal de ojo. Todo me sale mal. Mi mujer está enferma, los negocios no van como antes y yo me siento abatido.
- Ya pasará, amigo, ya pasará. Es ley de vida que los sucesos venturosos y las pruebas se alternen para madurarnos.
- ¡Pero es que yo no puedo más, Maestro! Tú puedes hacer un milagro, ¡ayúdame!, -le suplicó dominado por su obsesión.
- Bueno - le dijo con calma infinita el Maestro que conocía bien a esta clase de devotos. Por fortuna, conservo el amuleto que me entregó un día mi Maestro. Te lo voy a entregar, pero no se lo digas a nadie. Ponle una cinta y cuélgalo del cuello. Cada día reza una plegaria por los más desdichados de este mundo.
- ¡Así lo haré, Maestro!
- Pero recuérdalo bien: cada vez que te acometa el desánimo, agárralo con fuerza y respira hondo, muy hondo, mientras te vas a dar un corto paseo. ¿De acuerdo?
- Así lo haré Maestro. Te lo prometo.
- Y no te olvides de ser muy generoso con los más pobres, y muy paciente con quienes te rodean.
El buen hombre se marchó sin esperar siquiera a tomar el té que traía Sergei en una bandeja.
- Maestro -le dijo el asistente muerto de curiosidad-, ¡nunca me habías hablado de ese poderoso amuleto!
- Ay, Sergei, hay muchas cosas de las que no te he hablado. Esperemos a ver sus efectos prodigiosos.
Pasaron unos meses y el comerciante regresó al monasterio con una gran carga de alimentos para los monjes. Y de nuevo pidió al Abad licencia para visitar al Maestro de la cabaña. Cuando estuvo en su presencia, se arrojó al suelo intentando besar sus sandalias mientras exclamaba:
- ¡Oh, Venerable Señor, nunca te podré pagar el milagro que hiciste conmigo! Aquí te devuelvo tu maravillosa reliquia. Te aseguro que no he dicho nada a nadie. ¡Qué gran poder el de este amuleto!
Y caminando de espaldas, mientras hacía reverencias, se retiró acompañado del asistente. Éste, tan pronto como regresó, ligero como una liebre, suplicó al Maestro:
- Alma Noble, ¡muéstrame ese amuleto maravilloso!
El Maestro soltó una carcajada y le dijo:
- ¡Vete y tira esta piedra al río! ¡Fue la que cogiste el otro día para calzar la mesa que pusimos en el jardín!
- No es posible, Maestro, no es posible.
- Mírala, melón, mírala. No he hecho otra cosa que utilizar su imaginación destructiva para dar paso a la imaginación constructiva.
- ¿Tan simple como eso? -exclamó Sergei.
- El otro día soñaste que te atacaba un león, ¿recuerdas?
- Sí, te lo conté en el desayuno.
- ¿Y cómo lo venciste?
- ¡Pues con una lanza que le arrojé con denuedo!
- O sea que con una lanza soñada has matado a un león ilusorio. ¿Lo ves, guerrero de los sueños?
- ¡Lo que me faltaba!