Opinión

¿Debemos gozar por lo que le pasa a Fidel?


Edwin Sánchez

Las fotografías e imágenes televisivas de alguna gente festejando con alegría el anuncio de la enfermedad de Fidel Castro podrían confundirse con las de los fanáticos del pasado Campeonato Mundial de Fútbol, sólo que el primer gozo, tengo la levísima sospecha de que es obsceno y el otro, demasiado limpio para compararlo.
Hasta ahora uno podría pensar que el mal de otra persona o la muerte ya no tenían punto de contacto con entretenimientos masivos, pero según vemos, las barreras morales del siglo XXI son demasiado débiles aún para evitar los contagios del deleite multitudinario de los nazis llevando a millones de judíos a los campos de concentración, o más atrás los romanos gozando con los mártires cristianos en el Coliseo.
Desde siempre se nos enseñó que los ateos, los sin Dios ni religión ni nada, eran personas duras, sin sentimientos, pérfidos, calculadores, casi una suerte de monstruo con apariencia humana. Sin embargo, empiezo a darme cuenta que los ateos al hablar del estado de salud del líder cubano lo hacen con respeto, admiración y hasta tristeza. Empezaré por comprender que no siempre negar así a Dios sea un sinónimo de individuo que un día de su existencia mandó al desempleo a todo signo de escrúpulos.
Me enseñaron que América Latina es católica, y la verdad no había razón para decírmelo, si ya era evidente su catolicismo en todos los resultados políticos, económicos y sociales en el subhemisferio: la formidable colección de tiranos demócratas del siglo XX protegiendo a las blancas oligarquías devotas, es envidiable. Y, en la acera de enfrente, me trataron de inculcar que Fidel persiguió la religión e impuso un régimen que “odiaba” el cielo y todo referente bíblico en la Tierra.
Por años me dijeron, lo oí, lo leí, que los cristianos huían de la isla porque “cuando salí de Cuba, dejé enterrado mi corazón”. Entonces, a uno le enseñaron que el mundo está compuesto de buenos y malos como en cualquier película de bajo presupuesto, sólo que en la vida real esto suena a escaso presupuesto mental. Se nos ha enseñado que todos los cristianos están en Miami y todos, todititos los ateos, los malos del mundo, están concentrados en la Perla de las Antillas.
Yo por eso trato de entender, de encontrar una explicación humana a estas imágenes de hombres, mujeres, viejos gozando, celebrando, tirándose a las avenidas, taponeando la Calle 8, como si la “esperada, ansiada, soñada” muerte de un hombre fuera una final de fútbol, para poder seguir creyendo que lo que me dijeron y me lo han hecho saber por CNN, la historia privatizada, la educación, las iglesias y la prensa internacional era cierto. Pero los datos reales son tercos y no me ayudan a sostener bien este andamio en que me he movido todo este tiempo.
Pero yo quiero insistir y entender que esa religión que han inculcado y que “fue perseguida” desde 1959 es cierta y que sus creyentes ahora con sus hijos y nuevas generaciones en Miami y otras partes de los Estados Unidos no tienen que ver con esas imágenes de carnaval: el espectáculo de celebrar por adelantado, además, la muerte ajena.
No puede ser que caiga otro paradigma: que los que siempre se han rasgado las vestiduras por la “cruel represión” contra el alma y el espíritu católicos desatada por un “despótico sistema sin Dios” ahora se hayan olvidado de toda piedad cristiana para festejar hasta el paroxismo de un hombre, próximo a cumplir 80 años, y creo yo que bien cumplidos, luzcan ante las cámaras de televisión y los periódicos el tipo de catecismo y sermones aprendidos durante 47 años los más viejos y resuman, los más jóvenes, todas las misas a las cuales han asistido hasta el día de la proclama.
Porque --y hasta ahí no había querido llegar-- no puede ser que los que nunca se educaron en colegios religiosos ni fueron bautizados ni se confirmaron y ni saben qué son los sacramentos, es decir toda esa “fábrica de ateos” de Cuba y otras partes, demuestren más pudor y misericordia cristianas que los que llenan las iglesias y luego saltan a las calles de Miami para convertirla en una suerte de Sodoma sin sexo, que para el caso es todavía peor: una Sodoma sin seso.
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