Opinión

Un mundo Bush


Con la punta de un lápiz rodeo el cuerpo del niño. Está yaciendo boca abajo, como despedido por el impacto en una esquina del plano. El resto es todo gris, escombros, restos de un vehículo donde huían varias personas. Les habían avisado del ataque de la aviación israelí al pueblo de Maruahin. 40 personas, la mitad de ellos niños. Muchos pertenecían a dos familias. Les dispararon probablemente porque se movían. Mujeres y niños moviéndose: no debe ser un blanco tan fácil, pero la precisión de los aviones es cada vez mejor. Algunos proyectiles dan el blanco guiados por el calor, una especie de imán térmico que impacta allí donde algo late, donde se emite energía, donde está la vida.
En el círculo podría parecer, así recostado, un muñeco que se distingue por la camisa blanca y el pantalón corto. De lo contrario sería difícil separarlo del pedregal donde yace. Era un niño-“daño-colateral” del mil ojos por uno de la aviación israelí.
Sucedió el 15 de junio, y mientras en el Líbano se repetían las peores pesadillas de los ochenta, el presidente Bush (arbusto en español) se paseaba en un vehículo de motor eléctrico sonriente y en franca camaradería con su colega el presidente Putin. Ambos se parecían tanto en una foto que los recogía cubiertos por una sombra. Paseaban distendidos, como acostumbra Bush en su rancho, por el antiguo Palacio de Invierno de los Zares de Rusia en San Petersburgo. Era la cumbre de los ocho países más ricos del planeta reunidos para marcarle al mundo objetivos para no cumplir. Días antes, Corea decidió disparar sus misiles de prueba cerca de Japón, y con poco tiempo de diferencia, unos atentados dejaban decenas de muertos en Bombay. Luego vino el secuestro de los dos militares israelíes por parte de Hizbulá. Al final de esa semana, Bush sonreía en el Palacio de los Zares. Una semana en que el mundo se copiaba a su imagen y semejanza. Aquí está en la foto sonriente y ufano, como si la escalada de violencia le diera alas, le pusiera de nuevo en su sitio. Para empezar le dio a Israel carta blanca con el fin de invadir nuevamente el Líbano y convertir Beirut en una nueva Bagdad. Tal vez piense Bush que Israel consiga lo que toda la maquinaria militar norteamericana no ha conseguido en Irak. Si el terrorismo como Bush lo entiende existiera, al menos, lo que se demuestra es que la invasión de los países lo duplica, lo vuelve más amenazante, más mortal.
Un Bush, en horas bajas de popularidad, volvía a sonreír en San Petersburgo, porque su única política, su único afán ha sido la guerra, la mentira de la guerra y la guerra de la mentira, y su llamado al patriotismo bajo su jefatura, además de esa simpleza de la guerra contra el terror. Desde que él está en la Casa Blanca, gracias a la mitad más uno de los votos del pueblo norteamericano, cuyo despiste, enajenación y egoísmo hacia el resto del mundo nos costó y sigue costando muy cara, la violencia terrorista, intervencionista, militar y de todo tipo se ha incrementado de forma dramática. No recuerdo un solo intento serio durante la Administración Bush, teniendo en cuenta su influencia militar y económica en la zona, de promover la paz entre israelíes y sus vecinos, y especialmente Palestina. Es más, desde las reuniones de Camp David no recuerdo una invitación al diálogo. Ahora creo firmemente que sin la guerra, una persona como este Bush no hubiera ganado las elecciones. Eso lleva a pensar que este hombre necesita la guerra para que tenga sentido lo que está haciendo. Estados Unidos se considera un país en guerra, luego el mundo debe estar en guerra. Es así de simple para la mente de un hombre simple que nos gobierna, y así de cruel para la mente de un hombre que no sé si tiene conciencia de su crueldad, experimentado ejecutor, mano que firmó penas de muerte como nadie nunca firmó en su país.
Sus decisiones han generado que la rabia, el odio y la crueldad aflore donde se preveía que iba a suceder. Y este hombre creyó que los tanques y los bombardeos podían destrozar el odio, la rabia y la crueldad. No se le ocurrió pensar que era lo contrario.
Nos quedan pocos años para que la sombra de este individuo sin otro recurso que la guerra, salido de un rancho de Texas y de los sótanos de las familias del poder en Estados Unidos, nos deje, pero lo recordaremos con terror como otros de su estirpe que ya pasaron por la guerra fría. La pregunta será si cuando se mire al espejo, se reconocerá en esa historia de horror, si no se le manchará el pecho de sangre, o si el alzheimer acudirá en su ayuda como escudo que le proteja de una memoria con la que nadie en su sano juicio podría conciliar el sueño sin pegarse un tiro. Alguna vez, los diplomáticos de su administración tendrán que reconocerse también en el espejo y aguantarse el calor de la vergüenza. La violencia sólo engendra violencia y a Bush empieza a acompañarle la sombra inolvidable de Macbeth, el que no podía dormir porque había matado el sueño. Al verlo sonriendo, en el Palacio de Invierno de los Zares lucho conmigo mismo, contra mi propia sensación de desprecio, de asco, de decepción por este mundo nuestro, mío, de todos que se deja llevar de la mano de un hombre que no tiene culpa de ser lo que es. Lucho contra mi resistencia a no sentir rencor. Qué feo se ha puesto todo, si aún podemos despacharnos portadas de periódicos con cadáveres de niños bajo bombas con un gesto aséptico de indignación y eso es todo. Estos ciclos de violencia los hemos conocido durante el siglo pasado: la primera, la segunda guerra mundial, la guerra civil española, la guerra de Corea, la de Vietnam, la de Afganistán, y el largísimo etcétera y los millones y millones de silencios, de vidas rotas como la de este niño. Si algo hemos aprendido es que ciclos como éste sólo nos llevan a algo peor, a no ser que algunos hombres, en alguna de esas maravillosas vueltas de la historia, consigan el milagro de entenderse. En su era Bush no ha conseguido construir ni un solo territorio de paz. Su enviada, Condoleeza Rice, anunciaba arrogantemente en el Líbano al comienzo del conflicto que ella no tenía la menor intención de estar viajando al área una y otra vez para conseguir parches. Lo que quería era una solución duradera que, según Bush le ha inculcado, llegaría escondida en las bombas de los aviones o en los misiles de Hizbulá.
Rodeo el lápiz con un círculo, separando tu cuerpo del resto, para saber de ti, para no entender, para no caer en la tentación de las explicaciones simples, lejos de comprender este baño de sangre, este dinamita del futuro. Señalo con lápiz el área de la que seguramente te fuiste volando. Porque este mundo no es ya un lugar para niños, no está hecho para el juego. No es en el que pasó una tarde, pasó un mañana y vio Dios que era bueno. Dios estaba, quiero creer que estaba para ti, fuera del círculo que dibujo, ese espacio vacío donde ya no queda nada, donde todo este horror ya no tiene sentido alrededor de tu cuerpo. El proyectil te alcanzó porque tenías la vida. Dentro del círculo, apenas queda. No sé en qué lugar estamos nosotros, ni yo mientras dibujo el círculo. A mí tampoco me gusta. Ojalá tú sepas y nos puedas contar de alguna manera lo que hay fuera de él. A otros parece que así les va bien, porque salen en las fotos riéndose mucho.
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