Opinión

La memoria histórica


En la construcción de su identidad nacional los pueblos están obligados a reconocer en sus costumbres, hábitos, leyes, manifestaciones artísticas y culturales y de cualquier otra índole sus raíces históricas más profundas.
La cosmovisión que como nación tengamos obedece, entonces, a esos condicionantes que nos ubican, en el tiempo y el espacio, con características particulares en todos los órdenes, frente a nuestras contrapartes del resto del mundo. Hay historias que unen a naciones de un área geográfica determinada, sea ésta regional y hasta continental, alrededor de un destino compartido; cuando menos, en el caso de América Latina, desde sus procesos de independencia del yugo colonial y de formación de sus estados nacionales. En el caso de las naciones latinoamericanas, dichas identificaciones han continuado acompañándolas, ahora en la búsqueda de su independencia de los Estados Unidos de América, la mayor potencia imperialista de la historia.
Pero si hay similitudes, también hay rasgos que nos hacen reconocernos como una entidad política y cultural única, en razón de nuestra particular historia; es, precisamente, lo que conocemos como identidad nacional. En la conformación de tal identidad participamos todos, desde tiempos ancestrales, de forma activa o pasiva, en las actividades económicas, políticas, sociales o culturales, a favor o en contra de determinados objetivos, que pretendan halar el país hacia el futuro, reconociéndonos en los aportes de todos o, por el contrario, por mantenerlo en el pasado conservador provinciano y confesional, negando los aportes de los que en algún momento, como expresión dialéctica de la historia, se confrontaron con esas posiciones; fuera el caso en la búsqueda de resolver sus contradicciones internas a favor del progreso y los intereses de las mayorías o, fuera en aras de mantener en alto el decoro y la dignidad de la nación, enfrentando el intervencionismo de otros estados en nuestros asuntos internos, incluida la intervención militar.
Siendo el Estado nación un ente político integral, es de esperar que, como elementos constitutivos del mismo, encontremos reflejados en los hechos más relevantes o en los hitos históricos de más trascendencia el acumulado de decenas o cientos y hasta miles de años, transcurridos desde la acumulación primaria de seres humanos en un territorio determinado. Dentro de esos componentes se relevan a un primer plano aquellos que son motivo de orgullo nacional, por su calidad y consecuencia con esos nobles objetivos y por su permanencia imborrable a través del tiempo. Tal es el caso de la obra de dos de nuestros mejores exponentes del ser nicaragüense, Rubén Darío y Augusto C. Sandino. Uno, en el plano de las letras, elevando a Nicaragua al más alto pedestal de la poesía y la prosa universales; y el otro, rescatando la dignidad nacional, centroamericana, latinoamericana y mundial de los pueblos del tercer mundo, alzándose en armas contra el entreguismo de los dirigentes libero conservadores de la época y la intervención armada de Estados Unidos en nuestro país. La obra de ambos es, sin lugar a dudas para todos, magnífica y objetivamente incuestionable; a menos que alguien, aun habiendo nacido en Nicaragua, no comparta sus anhelos de libertad, soberanía, autodeterminación y dignidad nacionales por clara identificación con intereses mezquinos y antinacionales.
Cuando Darío canta alto, claro y hermoso reivindicando estos valores, lo hace con el corazón henchido de patriotismo y de dignidad, además con un alto orgullo de ser latinoamericano:
Eres los Estados Unidos,
eres el futuro invasor
de la América ingenua que tiene sangre
indígena,
que aún reza a Jesucristo y aún habla en
español.
Darío tenía claro qué era lo que pretendía el imperio en ascenso, y por eso lo denunció con su regia pluma:
Crees que la vida es incendio,
que el progreso es erupción,
que en donde pones la bala
el porvenir pones.
No.
En otro de sus bellos poemas se pregunta y nos pregunta:
¿ Seremos entregados a los bárbaros fieros?
¿ Tantos millones de hombres hablaremos inglés?
¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros?
¿Callaremos ahora para llorar después?
Pero sí hay en nuestra historia hidalgos y bravos caballeros; el más grande de todos es Sandino, el jefe del “Pequeño Ejército Loco”, tal como lo bautizó Gabriela Mistral, otra grande de las letras y la dignidad hispanoamericanas. La grandeza del General de Hombres Libres la cantaron y lo siguen haciendo los más relevantes poetas y cantautores de nuestra América y de otras latitudes del planeta. El hombre que de su patria no exigió ni un palmo de tierra donde ser enterrado merece respeto y admiración pero, además, por ese nivel de desprendimiento personal absoluto, merece ser creído cuando reclama, desde la esencia de su sangre mestiza, mantener en alto el decoro nacional.
Darío y Sandino no son adversarios; por el contrario, son pilares complementarios, simbióticos, indivisibles e inamovibles de nuestra nicaraguanidad. Pretender confrontarlos es no sólo desconocer nuestra historia ni sentirse parte de ella, es, además, una estupidez política que habla muy mal de quien se atreva a hacerlo; peor aún si quien lo hiciere fuera el más alto dignatario de este país.
No permitamos que los herederos de la intervención, contra la cual se pronunciaron y lucharon Darío y Sandino, nos pretendan despojar de nuestra memoria histórica; si por inercia nuestra lo lograran nos estarían despojando de un pedazo de nuestra identidad y dignidad nacionales. Ni Darío ni Sandino les pertenecen a los vende patria.