Opinión

A un mes de la partida de Herty


Todavía me cuesta aceptar, cuando llego a la casa de campaña de la Alianza MRS, que no me voy a topar con Herty conversando con alguien en el pasillo; que no lo oiré decir: “Ideay Gioconditá”, y que no me tocará ya escuchar sus preocupaciones prácticas y concretas en las reuniones en que una frase suya bastaba para sacarnos de las elucubraciones y devolvernos a la realidad.
Ha sido muy difícil, aunque todos lo vimos en su ataúd, serio y de saco y corbata, sustituir la imagen de Herty vivo por la de Herty muerto. La imagen del vivo se resiste a vestirse de difunto como si Herty anduviese afanado detrás de nuestra imaginación haciendo que lo recordemos con la energía y la chispa con que nos animaba a todos.
Desde el 2 de julio, desde la tarde en que sus compañeros de campaña recibimos la noticia de su partida, ha sido la vida y no la muerte de Herty la que nos ha permitido no trastabillar, ni rajarnos, ni echarnos para atrás, y la que nos ha hecho sentir el compromiso de cumplirle el sueño y no fallarle.
Debo admitir que fue conmovedora, definitivamente muy hermosa, la manera en que unánimemente, a pocas horas de conocerse el fallecimiento de Herty, todos los que estábamos involucrados con su proyecto llegamos a la conclusión de que su muerte no podía ser el fin del esfuerzo que le había costado, de cierta manera, la vida.
Esas horas de la tarde del domingo 2 de julio, mientras uno a uno íbamos llegando a la casa de campaña, conmocionados, llorosos, incrédulos, me recordaron algunos de los momentos más duros de la lucha contra la dictadura. Dos momentos en especial me vinieron a la mente: el 7 de noviembre de 1976, cuando cayeron el mismo día Carlos Fonseca en la montaña y Roberto Huembes y Eduardo Contreras en Managua, y el 10 de enero de 1978, día que fue asesinado Pedro Joaquín Chamorro. Ambas fechas significaron golpes muy profundos en la trayectoria de lucha de Nicaragua, golpes tan fuertes que, por un instante, parecieron marcar hitos en la desolación y que, fácilmente, pudieron haberse convertido en el inicio del fin. Y, sin embargo, cuando las personas que mueren han sido ejemplos de tenacidad y pasión, el fenómeno que se produce es totalmente inverso. Del desasosiego momentáneo se pasa a la entereza, al desafío, a un compromiso personal con quien ha sacrificado su vida por sus ideales y por la esperanza de una patria mejor.
Así fue esa tarde de domingo en la casa de la Alianza MRS. El vacío de Herty se llenó de su vitalidad y todos concluimos que, de cualquier manera, seguiríamos adelante.
Estoy convencida de que fue el espíritu de Herty el que privó en la decisión, también unánime, de que debía ser Mundo Jarquín, quien él había designado como su vicepresidente, el que debía asumir la candidatura presidencial. Y fue también el espíritu de Herty quien recordó que, meses antes, el nombre de Carlos Mejía Godoy había andado en sus labios como propuesta para integrar la lista de diputados. Lo que en cualquier otro partido habría dado lugar a querellas y disputas se resolvió en pocas horas, de manera que ya para el funeral de Herty estaba claro quiénes serían los portaestandartes de su risueña bandera naranja.
No me cabe duda de que, en el fondo de nuestra conciencia, quienes nos habíamos sumado a su esfuerzo sentíamos a Herty vivo y no queríamos que se volviera a morir por no estar nosotros a su altura. Creo que, en este particular, no le fallamos a nuestro querido pelón. En la dedicación que veo a mi alrededor constantemente y en las expresiones de la gente siento la presencia de Herty, como la estela de un cometa brillante que, a pesar de haberse adelantado hacia zonas desconocidas del espacio, dejó tras de sí suficiente luz como para iluminar el camino.
El tiempo, sin duda, se va encargando de hacernos sentir cuánto lo echamos de menos. Aunque avancemos confiados en que los nicaragüenses apostarán por el desafío de votar en estas elecciones por la alternativa que él construyó con su promesa de independencia, no al pacto, y un cambio verdadero, no puede uno menos que añorar la figura pequeña y enérgica de Herty bromeando y saliendo airosa de todas las trampas de la política criolla. Apenas nos ha quedado tiempo para llorar entre una tarea y otra, y quizás así lo habría querido él. Pero el trabajo de seguir adelante tiene que recordar una de mis frases preferidas del Che, aquella que dice que “hay que endurecerse sin perder la ternura”. Por eso, a un mes de su partida, van estas palabras para recordar al hombre, al amigo, al vibrante jinotepino que, desde algún lugar del cielo nicaragüense sigue apostando, con su picardía inagotable, a que este pueblo sabrá ganar la partida del futuro.^oAgosto, 2006