Opinión

El padre Pallais


Conocí por primera vez al padre León Pallais cuando yo tendría unos 22 años y fui su secretario, una especie de archivador y distribuidor de correspondencia de la ECCA, la Asociación de Ex alumnos del Colegio Centro América en Granada. De ese momento recuerdo su carisma y su motor en marcha para pasar del sueño a la realidad, para imaginar una obra y llevarla a cabo. Le acompañé, desde una modesta posición en la directiva de ex alumnos en los primeros pasos del proyecto universitario. Después nos volvimos a encontrar cuando, en un momento de crisis, me invitó a ocuparme de la Dirección de Relaciones Públicas de la UCA. Finalmente, cuando la Universidad Centroamericana, por iniciativa del padre Xabier Gorostiaga y el respaldo del padre Eduardo Valdés, me encomendó escribir la historia de esta casa de estudios, entonces volví donde el padre Pallais, el fundador de la UCA, para entrevistarlo.
A pesar de los años lo encontré claro de mente y sano de espíritu, sin rencor, lastimado por un pasado tal vez injusto, pero al mismo tiempo presto para el perdón.
No sé si el libro que escribí le hizo justicia plena o simplemente me enamoré de la historia y descuidé la memoria del hombre que hizo posible el sueño. Tal vez no dije cuanto debía de ese ser trascendental que era el padre Pallais; porque son trascendentales aquellos seres que después de muertos ganan victorias y sus obras persisten más allá de sus vidas.
La crisis de 1969-70 lo encontró frente a un grupo de fogosos muchachos y muchachas llenos de ideales. Cuestionaban su autoritarismo y sus vínculos familiares con los Somoza, relación necesaria en ese tiempo para que progresara una obra de la magnitud de la UCA. Algunos de esos muchachos y muchachas se perdieron en los meandros de la política criolla y duele verlos convertidos en lo que antes combatieron. Otros han guardado el decoro con terquedad inclaudicable y tal vez ahora admiran más, en la distancia del tiempo, a ese hombre que supo, desde su propia visión, tener una conducta consecuente y duradera.^oLos hombres, como las montañas, se ven mejor desde la distancia. Ahora a la distancia de su muerte veo sus huellas en la perennidad de su obra. El padre Pallais no necesita un monumento, su obra es su propio monumento.