Opinión

La vida de mis nietos


Dentro de 50 años se acabará el petróleo, y tiemblo de sólo pensar cómo será la vida de mis pobres nietos y nietas que aún no han nacido.
Probablemente se volverá a viajar en barcos de vapor, es decir que serán necesarias dos o tres semanas a través de los mares para llegar a Europa, pero por lo menos mis nietos no se arriesgarán a que el terrorismo internacional los estrelle y bote contra algún rascacielo. El único mal que podrán padecer durante la travesía será el aburrimiento, aunque podrán aprovechar el tiempo para leer un poco, que no les hará daño. Para ese entonces, por fin se habrá construido el famoso canal interoceánico que, además de buenos negocios, permitirá la fusión de la Costa Atlántica con el resto del país. Así mis nietos podrán estudiar Derecho o Medicina en la UNAN de Bluefields, y tal vez alguno de ellos se case con una morena despampanante. Mientras tanto, Corinto prosperará como una ciudad porteña con igual importancia continental que La Posesión del Realejo en la época de la Colonia.
En las ciudades funcionarán de nuevo los tranvías con la seguridad que ninguno de mis nietos morirá aplastado por un busero o un taxista de ésos que corren hoy en día por la ciudad de León con sed de sangre peatonal. En efecto, a falta de gasolina todos los vehículos serán chatarra que enterrarán en las cercanías del fortín de Acosasco. Como todos sabemos, los tranvías necesitan de energía eléctrica, pero justamente Nicaragua habrá desarrollado la energía geotérmica con la fuerza de sus volcanes y la controlará sin la intromisión de los delincuentes de Unión Fenosa dándose el lujo de ser uno de los pocos países del mundo en declarar su independencia energética. Durante las vacaciones mis nietos irán a Poneloya en bicicleta como en los viejos tiempos.
Por supuesto, visitaremos las otras ciudades en tren y con el carbón echando a andar a las locomotoras de vapor. Las minas de carbón ofrecerán empleo a multitudes beneficiadas por el derecho laboral y el derecho a organizarse en sindicatos. De esa manera, con la red del ferrocarril se logrará la sacrosanta integración centroamericana y, ¿quién sabe?, hasta se podría llegar a la Patagonia o a Canadá como antes el “Orient-Express” unía París y Moscú. En todo caso, no hay medio de transporte más cómodo que el tren.
Sobre todo, ningún país será víctima de la intervención yanqui a causa de sus pozos petrolíferos, porque simplemente habrán dejado de existir, y después de todo los árabes serán los que con mayor facilidad se adaptarán a ese nuevo contexto, pues desde ya rechazan los “beneficios” de la civilización occidental, a parte los miembros de la familia real saudí, pobrecitos, que no tendrán combustible para llenar los tanques de sus Rolls-Royce.
Por cualquier eventualidad, el Ejército de Nicaragua habrá conservado bastante Sam-7 para proteger el agua de sus lagos y ríos, porque los gringos siempre tendrán un motivo para invadir, pues la lucha por las fuentes de agua se anuncia cerrada, y suficientes problemas tenemos con los ticos por el río San Juan en la actualidad.
En fin, mis nietos tendrán que acostumbrarse a vivir más lentamente en un mundo menos contaminado, pero seguramente no tendrán tanta prisa.