Opinión

Ante la muerte de un hombre tenaz


El nombre de Justino Pérez Duarte, al parecer, estaba muy al fondo de la nutrida agenda de Edwin Sánchez, por lo cual no tuvo tiempo de figurar como “El personaje” en una de las páginas dominicales de El Nuevo Diario. Justino cumplirá un mes de fallecido el próximo 5 de agosto. Murió el 5 de julio, y la noticia la publicó END el sábado 8 del mismo mes: “Muere profesor de matemáticas Justino Pérez”, decía el titular de la nota luctuosa.
El doctor Danilo Aguirre Solís, Director de END, hizo sus estudios secundarios al mismo tiempo que Justino --con un año de diferencia-- en el entonces recién fundado Colegio Nocturno “Miguel de Cervantes Saavedra”, que funcionó en los pisos superiores del edificio del Colegio “Ramírez Goyena”, el original, de El Caimito, barrio Santo Domingo. Eso fue en los primeros años del decenio de los cincuenta, la misma época en que, durante el día, Justino era mi compañero de trabajo.
“El profesor de generaciones Justino Pérez Duarte, con larga experiencia en la enseñanza de matemáticas --dice la nota--, falleció el jueves en Managua. El profesor Pérez Duarte, hombre de principios y luchador popular, también formó generaciones de profesionales en el Centro de Estudios Superiores (CES), que luego se llamó Universidad Privada Autónoma, donde hoy está ubicado el Recinto Universitario ´Carlos Fonseca Amador´ (Rucfa) de la UNAN.” Edwin, de haber podido entrevistarlo, le hubiera sacado muchos matices a su experiencia de vida, como él ha sabido hacerlo con los personajes que entrevista para su sección dominical.
Me permito creer que Justino hubiera sido uno de los “Personajes” al que, para hacerle su perfil, Edwin hubiese tenido que utilizar los trazos más emotivos para plasmar la diversidad y los contrastes de las realidades adversas de su vida, a las cuales Justino fue domando una a una con su tenacidad característica para poder sobrevivir. Luego de ser útil con sus humildes actividades a cada comunidad en donde le tocó vivir, finalmente llegó a formar esas “generaciones de profesionales” como profesor de matemáticas.
Justino fue vendedor de periódicos y revistas, pasó --en sucesión continua-- a ser barredor municipal, zapatero “alistador”, estudiante, profesor-ayudante de matemáticas en secundaria, hasta llegar a convertirse en profesor universitario. Aún falta un dato: durante la revolución Justino trabajó para muchas empresas del Estado, y murió pobre y digno, como vivió, con sólo sus condiciones de vida mejoradas a fuerza de trabajo honrado.
Así, escrito, parece haberle sido fácil. Pero nada es fácil en la vida de los hijos del pueblo que se ven obligados a romper con duro trabajo e inteligencia las barreras que les impone el sistema, y luego poder erigirse por sobre la mediocridad que, como una máxima meta, les trazan a los pobres las limitaciones económicas y sociales. La “locura” de Tino (algunos de sus allegados le decían “El loco”) no era lo que creían ver sus amigos en su inquietud, en su no conformarse con lo alcanzado, en sus deseos de superación que no concedía tiempo ni importancia a los obstáculos.
Los detalles de su trayectoria nos los contó Justino no buscando conmiseración a su pasado de pobreza ni aplausos por los avances conseguidos, sino con su modo particular de burlarse de los obstáculos de la vida, con risa franca y bromas de fina ironía. Es seguro que si las durezas de la vida le hubieran logrado amargar su carácter, él se hubiese sentido un derrotado.
Justino no estuvo conforme ni un minuto con unas condiciones de vida que no quiso que conocieran sus hijos, y hacía todo lo posible para superarlas, superándose como individuo, aunque sin encerrarse en el individualismo, pues siempre estuvo atento al curso de las luchas sociales y políticas. Dado que las reivindicaciones sociales no llegan plenas ni a tiempo en este sistema, él no tuvo paciencia para esperar transformaciones colectivas, y acometía contra todo lo que obstaculizara su desarrollo personal.
Lo refleja su trayectoria. En su Juigalpa natal Justino Pérez se ganaba la vida vendiendo periódicos y revistas entre los intelectuales del lugar, entre ellos, los profesores Guillermo Rothschuh Tablada y Gregorio Aguilar Barea, a quienes les tenía gran aprecio y, quizás, para sus adentros, eran el modelo de lo que quería ser. Se vino a Managua solo, sin dinero, sin conocer a nadie aquí y sin saber qué hacer en particular.
Mientras conseguía trabajo, dormía en las tablas del viejo muelle del Barrio de Pescadores, en donde les eran indiferentes los bellos celajes que vieron y cantaron Tino López Guerra y Erwin Krüger en los atardeceres del “novio de Managua”, el Xolotlán. Comía lo que podía. Durante muchos días buscó trabajo y encontró uno en el Distrito Nacional (Alcaldía) como barredor de las calles capitalinas. No puso reparos a ese trabajo, pero se protegía del sol y de las miradas usando un sombrero de alas anchas, a pesar de la lejanía de sus conocidos y amigos chontaleños.
Cuando ya tuvo un salario permanente, fue a solicitar la oportunidad de aprender durante sus horas libre el oficio de zapatero “alistador” en el Calzado Unión, ubicado en la Calle 15 de Septiembre. Siendo ya “alistador” de zapatería, abandonó el “hospedaje” del muelle, alquiló un cuarto y trajo a su madre de Juigalpa. Viviendo en familia nuevamente, se matriculó en el recién abierto Colegio Nocturno “Miguel de Cervantes”.
Justino Pérez Duarte fue un hombre de ideas progresistas, luchó por las reivindicaciones laborales en el ámbito que le tocó trabajar, aunque sus inquietudes por la superación personal le restaron tiempo para dedicarse a las luchas sociales. Con esta actitud, él respondió a su conciencia y voluntad de superar los bajos niveles de sus condiciones de vida, y rescatar a su madre de la pobreza en que le había tocado vivir.
Pero, de hecho, nada de lo que le correspondió hacer fue sólo para sí mismo y su familia. Sus actividades tuvieron una finalidad social, desde las más humildes de barrer las calles hasta la de enseñar matemáticas. Su vida fue útil a la difusión de la cultura distribuyendo medios de comunicación; lo fue para la comunidad municipal con su oficio de barredor; fue útil a la sociedad produciendo objetos de uso necesarios como el calzado, y lo fue educando a los jóvenes que hoy han de ser profesionales en diferentes ramos del trabajo y del saber humano.
El único intento frustrado que le conocí en su vida a Justino Pérez Duarte, por circunstancias ajenas a su voluntad, fue el de no haber podido ser el padrino de mi primera hija, nacida en 1952 y fallecida ocho antes que él. De todas formas, aunque no hubo bautizo de por medio, siempre nos tratamos de compadres, lo cual, para mí, sigue siendo legítimo. ¿Y para usted, compadre Tino? Francamente no sé cuándo ni en dónde recibiré su respuesta ni si la recibiré algún día.