Opinión

La reconciliación entre los excluidos del sistema


Nicaragua es un país que vive un período de posguerra, tanto de una guerra civil, producto de la intervención norteamericana, como de lo que se conoció como la guerra fría, a nivel internacional.
Después del armisticio nicaragüense de 1990 y de la caída del muro de Berlín entramos a una etapa de reconciliación, hegemonizada en Nicaragua por el liderazgo de doña Violeta Barrios de Chamorro.
A todos nos ha costado aprender a convivir con ideologías diferentes, sin embargo, ambos contendientes firmamos el Protocolo de Transición, donde los sandinistas aceptamos disputar el poder solamente a través de la lucha electoral, mientras que los contrarrevolucionarios liberales y conservadores aceptaban la participación y eventual toma del poder por parte de cualquier fuerza de izquierda.
Sin embargo, las elecciones periódicas y sus campañas ideológicas han sido utilizadas para cultivar un proceso de polarización política, particularmente por el diario La Prensa y la embajada norteamericana, a pesar de lo cual el FSLN ha desencadenado un proceso de acercamientos políticos con las organizaciones de excombatientes, tanto del Pacífico (Arnig) como de la Costa Caribe (Yatama), la Iglesia Católica, iglesias protestantes, líderes de la antigua Unión Nacional Opositora (UNO), organizaciones liberales, tanto a nivel de las instituciones del Estado como con líderes connotados del liberalismo o con las propias organizaciones partidarias. Ni más ni menos lo que está pasando en el resto de países de Latinoamérica, entre organizaciones de izquierda y organizaciones liberales.
La alianza entre liberales y organizaciones de izquierda no es de extrañar, siempre y cuando sepamos que la ofensiva neoliberal afecta tanto a los sectores populares como a las medianos y grandes productores nacionales, a quienes el liberalismo debería representar. Otras burguesías del continente, más desarrolladas económicamente y más lúcidas políticamente, así lo han entendido. En Nicaragua nuestra burguesía, además de ser económicamente enclenque, ha sido siempre ideológicamente muy reaccionaria, en gran parte por la influencia axiológica de la oligarquía conservadora. En Nicaragua ha sido el FSLN quien ha tomado la iniciativa de la reconciliación, castigado por ello por los sectores sectarios y polarizantes que desde hace 150 años han vivido de la guerra y la polarización entre el pueblo.
No ignoro que la reconciliación tiene espacios fértiles y espacios ahogados de antemano por el resentimiento, el odio y la agresividad. La reconciliación entre cúpulas es mucho más difícil que la reconciliación en el seno del pueblo, pues entre las cúpulas las pugnas de poder dificultan la reconciliación al infinito. En cambio, en el seno del pueblo existe un atractivo de clase que los impulsa a dejar de sudar calentura ajena en el momento en que toman conciencia de sus afinidades sociales.
¿Qué diferencia existe entre un poblador sandinista y un poblador liberal a la hora de luchar contra Unión Fenosa o contra Enitel o contra el alza de las tarifas de transporte?
¿Qué diferencia existe entre un campesino sandinista y un campesino liberal a la hora de luchar por la legalidad de sus tierras o por conseguir crédito y caminos para mejorar su bienestar económico como productor?
¿Qué gana un maestro o una enfermera envenenándose el alma por hacerle caso a los discursos revanchistas y polarizantes vomitados por aquellos líderes de opinión que no han podido administrar sus contradicciones personales?
Ahora bien, la reconciliación no excluye, ni elimina las contradicciones sociales existentes en una sociedad de clases como la de Nicaragua, llena por lo tanto de diferencias económicas e ideológicas de toda índole. Por eso es más fácil que los cortadores de caña, por ejemplo, se reconcilien entre ellos a que lo hagan con la familia Pellas, o más fácil que los banqueros y las familias autollamadas aristocráticas se reconcilien con la embajada norteamericana a que lo hagan con sectores nacionalistas de cualquier signo político.
Es sabido que la reconciliación en el seno de las clases populares, o la reconciliación en el seno del pueblo, tiene grandes desventajas para las élites gobernantes, dominantes o dirigentes, ya que enfrentarían una conciencia, organización y movilización sin precedentes. Por eso es que quienes más se benefician de la polarización y los más interesados en las divisiones partidarias, o en las divisiones nacionales, son quienes temen a la ira popular.
No hay manera más fácil de quebrar la resistencia interna, para una empresa transnacional, que dividiendo la opinión o los intereses de los productores o capitales nacionales. La historia política nicaragüense está llena de invasiones e injerencismos extranjeros, particularmente de parte de los marines, empresas y diplomáticos norteamericanos, facilitados por las divisiones internas de los nicaragüenses.
No hay mecanismo más fácil para romper una huelga, para un patrón, que dividiendo a los obreros o al sindicato. Por eso es que el diario La Prensa insiste en dividir a los obreros sandinistas de los obreros liberales.
Por todo esto y mucho más, la reconciliación en general se vuelve un mecanismo subversivo, odiado por la oligarquía y la embajada norteamericana. Lo que no quiere decir que se abstengan de trabajar por la reconciliación en particular, tal como lo intenta el señor Trivelli, afanado por lograr la reconciliación entre las fuerzas de derecha y quienes quieran acompañarlas.
Si las fuerzas reaccionarias y proimperialistas trabajan arduamente por la reconciliación, ¿por qué, entonces, no vamos a trabajar nosotros por una reconciliación popular? Una reconciliación donde cada gremio, sindicato, asociación, familia de pobladores pobres, mujeres y jóvenes excluidos del sistema capitalista y patriarcal tomen conciencia de sus intereses y continúen el proceso de emancipación que iniciaron el 19 de julio de 1979.

Ésta es la reconciliación que más debe interesarnos.