Opinión

Un diálogo sin futuro


Agradezco a Guillermo Gómez Santibáñez su artículo del 13 del corriente mes. Desdichadamente, el diálogo que hemos sostenido él y yo no tiene futuro, porque Gómez habla en nombre de Dios y recurre, una y otra vez, a la falacia de la autoridad reverenda. Sus argumentos apelan a una autoridad --en este caso Dios-- que “no admite examen y considera insolente la réplica”.
Gómez Santibáñez no razona, sino que proclama que “donde está la Iglesia está el espíritu de Dios”. Él no discute, sino que pontifica que la Iglesia “es santa”. Para mi crítico, la Iglesia Católica es la Iglesia de Dios y no “un simple conjunto de instituciones y estructuras representando el poder religioso en la sociedad”. Amén.
Yo no hablo en representación de Dios ni de nadie. Afirmo y puedo explicar que la Iglesia Católica es una organización humana creada a la medida de las aspiraciones y ambiciones de los hombres que la han controlado. Afirmo también que yo soy católico, pero que Dios no lo es.
Mi crítico dice que mi catolicismo y la fe que yo defiendo son equivocados, porque tienen como “único punto de partida la razón y la verdad verificada por métodos propios de esa misma racionalidad”. Gómez Santibáñez se equivoca. Yo hablo de una razón que se alimenta de la imaginación; y de la fe como una capacidad intuitiva que se basa en la razón, pero que trasciende sus límites. La intuición es, en las palabras del “filósofo de la intuición”, Henri Bergson, “un tipo de sensibilidad que nos permite trasladarnos al interior de algo para coincidir con lo que tiene de único y, por consiguiente, de inexpresable…”
La Iglesia Católica ha adoptado una fe dogmática que aplasta la razón, castiga la imaginación y cancela la intuición. Ha promovido una fe fundamentada en la idea de Dios como un mago poderoso que nos premia, deslumbra y castiga a su gusto y antojo. Esa fe ha degenerado en fetichismo y superstición. Yo aplaudo y celebro libros como El Código Da Vinci, precisamente porque abren las puertas de la imaginación a millones de seres humanos. Muchos de los lectores/as de Dan Brown exploran hoy la historia de la Iglesia y de Jesús para razonar su cristianismo. El conocimiento histórico que adquieran de esas exploraciones puede convertirse en el fundamento de una fe intuitiva, íntima y grandiosamente humana. Esa fe nos permite vivir la idea de Dios, sin tener que pensar como infantes o esclavas.
Las iglesias --sus doctrinas, ritos y símbolos-- pueden facilitar el desarrollo de una fe intuitiva o de una fe irracional. La Iglesia Católica tiene que ponderar estas dos opciones para decidir su futuro. Yo invito a Gómez Santibáñez a que le ayude a sus alumnos/as a explorar estos dos caminos. Y si en algo puedo yo ayudarle, le pido que me invite a hablar con sus estudiantes.