Opinión

El Norte arde


No es una broma típica del Día de los Inocentes. El calor en Canadá está que le zumba el mambo, y en el norte de los Estados Unidos la cosa no está más fresca.
En viaje de trabajo por Minnesota, Wisconsin e Illinois, me quedé sorprendido, desde el avión que aterrizaba en Minneapolis, de la cantidad de lagos verde-esmeralda que se expanden en la región. Como hasta el agua que ofrecen en los aviones es ahora limitada, sediento y con los labios resecos, cerré mis ojos por unos instantes y me vi sentado a la orilla de uno de esos lagos, disfrutando de una espumosa cerveza Corona y la brisa fresca chocando contra mi cara. Algunas horas más tarde, en Madison, ciudad rodeada por dos grandes lagos (Menota y Mendoca) mi sueño de hace algunas horas se hacía parcialmente realidad. Me senté a la orilla del lago, ordené la Corona con la correspondiente tapa de limón, la disfruté a tragos largos y me quedé esperando por la brisa fresca que nunca llegó. Sí, el calor estaba que le traquetea el merequetén y el viento se había ido de vacaciones. Había un sólo aspecto positivo en esto, las minifaldas y los minishorts estaban a la orden del día, desfile de gringuitas con piernas torneadas y bronceadas.
Como pasé los siguientes días en reuniones y conferencias en salones con aire acondicionado, no me di cuenta del infierno que se vivía afuera. Una semana más tarde, al finalizar la jornada de trabajo, enrumbe para Milwakee (sí, la ciudad de los Cerveceros de Milwakee y cuna deportiva de Dwyane Wade, el súper estrella de los “heats” de Miami) y todo mundo comentaba de la asfixiante ola de calor. Con todo y eso nos las arreglamos para pasarla bien con mis primos --a quienes no veía desde hace más de 20 años--, sus hijos y mis tíos. ¡Qué bueno que el tiempo no disuelve los lazos de sangre! También fuimos un día a Chicago, la mágica ciudad que Al Capone marcó para siempre. Y estuvimos en el museo de historia natural, en la torre más alta del mundo, en el malecón y, por supuesto, en el bar “Blue Chicago” de la calle Clark, donde la música negra ilumina la noche y opaca el neón. Melancolía, fuerza, rabia, pasión y humor del bueno en una sola canción.
De regreso en Canadá, desde el taxi que me llevaba del aeropuerto a casa, vi a los turistas tapizando el canal del río Penticton y las arenas del lago Skaha. Impresionante, han pronosticado 40 grados Celsius para mañana y todavía queda un mes de verano. Yo me pregunto: ¿será que la naturaleza se cansó de enviar mensajes de larga distancia a los países fríos y ricos, y decidió sonarles un par de campanadas de alerta en sus propios oídos? Ojalá y sea así, para que la desertificación sea finalmente considerada como un problema que amenaza nuestra supervivencia, para que paren ya un par de listos que quieren comprar lagos en Canadá y América del Sur, para que ya no queden energías para crear problemas porque se invirtieron en tratar de resolver los que nos acechan, para que los polos no se derritan en su intento suicida de enfriarnos y para que otras especies, aún no creadas por la evolución, no tengan que reafirmar, una vez más, el carácter profético del encomiable postulado de Darwin: “sólo los más aptos sobreviven”.