Opinión

La maldición de Sísifo


Todos los años y por la misma fecha en la placita de Xalteva de Granada, se instalaba la carpa del circo Firuliche. Firuliche era un payaso creado por don Salvador Chávez -- un quijote artista circense-- que todos los años nos deleitaba con su presencia. Los niños de la época y hasta de épocas posteriores querían conocerle, y esperábamos ansiosos su llegada.
El espectáculo tenía pocas variantes, tal vez un payaso nuevo, un trapecista o un malabarista, pero lo fundamental del circo eran Firuliche y su burro Torcuato, pues representaban la síntesis de todo el espectáculo, y aunque los chistes, los malabares y los artistas en general eran siempre los mismos, íbamos y nos reíamos como si fuera la primera vez que los veíamos. Torcuato era un burro que Firuliche había amaestrado y que obedecía con disciplina espartana sus órdenes.
Con el tiempo, murió Torcuato, murió Firuliche y murió el circo. Algo parecido pasa con la política nicaragüense, cada cierto período, se produce la función del proceso electoral y los mismos actores, salvo algunas variantes aparecen en el panorama nacional. En esta ocasión, la diferencia no ha sido mucha, salvo algunos accidentes y nuevos cirqueros, el espectáculo sigue siendo el mismo, los mismos Firuliches, los mismos Torcuatos y los mismos ciudadanos que presenciamos el sainete.
Todos conocemos el proceso y el resultado, como conocíamos los chistes de Firuliche. Y lo que debiera ser una burda comedia, se convierte en un marazmo de ofensas e insultos, en el que todos se involucran, en un alarde de falta de cultura política. Y todo esto parecería gracioso si no hubiese costado sangre, sudor y lágrimas, si no hubieran habido piñatas en sus diferentes expresiones, y si no se hubiese eliminado una clase media pujante, para ser sustituida por una mengalocracia improductiva que vive de lo que reditan de capitales escondidos en bancos extranjeros y que hacen alarde de los bienes obtenidos, para luego de ser feroces anticlericalistas, coparticipar en ceremonias oficiadas por los más altos jerarcas de la Iglesia, exhibiéndola como una nueva escalada de alta distinción y con la complicidad de los religiosos.
Parece que el pueblo de Nicaragua está condenado como el Sísifo mitológico a subir la enorme roca hasta la cima de la colina, a que ésta ruede de nuevo y volverla a subir eternamente.
Hay demasiados intereses de por medio para que esto pueda ser revertido. Y cuando se dio la oportunidad por un proceso revolucionario, sucedió lo que el filósofo Erick From en su obra El miedo a la Libertad, denunciara: “Las clases que en una determinada etapa habían combatido contra la opresión, se alineaban junto a los enemigos de la libertad cuando ésta había sido ganada, y les era preciso defender los privilegios recién adquiridos”. Así que dentro de pocos meses comenzará el espectáculo, que será costeado por el pueblo nicaragüense, y los Torcuatos harán su show orientados por los Firuliches.