Opinión

El crecimiento económico y el debate electoral


Entre los años 1990-2006 se presentó una importante volatilidad del crecimiento económico de Nicaragua, lo que ha dañado el mercado de trabajo, lo cual ha redundado en aumentos de los empleos de baja productividad, desempleo y subempleos, así como en un incremento en la precariedad laboral y caídas en los salarios reales. El mercado de trabajo desempeña un papel clave para determinar el nivel de bienestar poblacional, pues la mayor parte de los ingresos familiares de “los de abajo” proviene de la participación de sus miembros en ese mercado.
Las reformas surgidas del denominado “Consenso de Washington” que incluyó, entre otras, la disminución de aranceles a las importaciones, la apertura de los mercados de capital, la venta de empresas estatales, la reforma de los sistemas tributarios, la flexibilización laboral, la reducción de los déficit fiscales, etcétera. Sin embargo, las tasas de crecimiento obtenidas no provocaron un incremento económico sostenido, sino que, en términos generales, las tasas de crecimiento han fluctuado considerablemente.
La participación relativa de la Inversión Extranjera Directa (IED) con respecto al PIB en Nicaragua es de 6.1% como promedio entre 1990-2002. Nicaragua presenta también, en la región centroamericana, la mayor variabilidad en las tasas de crecimiento de los flujos de IED. Al mismo tiempo, los precios mundiales de los productos básicos son altamente volátiles o variables, y esta variabilidad se traduce en grandes fluctuaciones en los términos del intercambio para Nicaragua que exporta productos primarios.
En la década de los noventa, Nicaragua fue uno de los países latinoamericanos que registró la mayor variabilidad en los términos del intercambio, guardando una relación directa con la elevada volatilidad del crecimiento. El efecto económico de las fluctuaciones de los términos del intercambio no sólo se determina por su magnitud, sino también por el grado de apertura de las economías al comercio internacional. No hay que olvidar que existe una relación directa entre ésta y la volatilidad del crecimiento. Así, los países con mayor apertura comercial (78.9% Nicaragua y 73.1% Honduras) son los que presentan mayor volatilidad en su crecimiento económico en la región centroamericana.
El impacto de la fuerte caída en los precios internacionales del café, que comenzaron a bajar de forma gradual a partir de 1998, y alcanzaron niveles inferiores a los 50 dólares el quintal a partir de 2001; el precio más bajo en términos reales en más de 50 años. Esta situación fue muy grave para el país, ya que el café representa una actividad económica muy importante, tanto dentro de la producción nacional como en las exportaciones de los países.
Según la Cepal, en el año 2000 la producción de café dentro del PIB representaba el 8.1% en Honduras y el 7.2% en Nicaragua. Con respecto de las exportaciones totales de bienes, las ventas de café constituían en el año 2000 el 23.3% en Nicaragua y el 16.6% en Honduras. La caída en el precio del grano tuvo consecuencias negativas sobre el crecimiento económico y el nivel de bienestar de la población, en relación directa con su importancia en cada país centroamericano.
Si se considera que el precio del petróleo y sus derivados (principal producto de importación) ha mostrado una tendencia con fuertes ascensos durante los últimos años de la década de 2000, para los próximos años cabe esperar un mayor deterioro de los términos del intercambio, con su consecuente impacto en la volatilidad/fragilidad del crecimiento económico.
Los precios del café fueron un determinante crucial de la volatilidad del crecimiento por el lado de las perturbaciones externas, en virtud de la escasa diversificación de las exportaciones. En 1990, las exportaciones tradicionales representaban el 43.8% de las ventas totales en Costa Rica, el 78.3% en Honduras y el 79.2% en Nicaragua.
En Nicaragua, el café y los mariscos (camarones y langosta) en conjunto representaron en el año 2005, más del 40% de las exportaciones totales. La mayor desregulación comercial lograda por Nicaragua ha elevado su grado de exposición a las perturbaciones del comercio exterior, máxime si se toma en cuenta la elevada concentración de las exportaciones en pocos productos básicos.
En un debate electoral hay promesas o compromisos, y el primer cuestionamiento es: ¿son las promesas de los candidatos verdades o mentiras? Sin esa primera cuestión, lo demás sale sobrando. ¿Qué importa prometer un viaje a Júpiter a cada ciudadano si es una vil mentira?
La derecha política que ha gobernado en los últimos dieciséis años, con sus promesas electorales, está plagada de mentiras. No hablemos de las promesas de campaña de Enrique Bolaños, como el 5 por ciento de crecimiento anual o la solución al desempleo con la creación de 100 mil empleos anuales, o de combatir la corrupción no importando caiga quien caiga. No se trata sólo de mentiras, sino de ineptitud y de querer hacer las cosas al margen o en contra de la gente.
¿De qué le sirve a uno de los candidatos de la derecha (Montealegre) presentarse como “el hombre del empleo” si en el gobierno Bolaños del que formó parte, que lo apoya, prometió miles de empleos y no sólo no los tuvimos, sino que miles de nicaragüenses tuvieron que ir a buscar trabajo al extranjero?
¿De qué le sirve a los candidatos de la derecha política hablar contra la inseguridad ciudadana, cuando sus políticas económicas acentúan sus causas --la miseria, la falta de educación, etcétera-- y sólo promueven la delincuencia oficial mediante la impunidad? ¿Quién les creerá que van a gastar más en educación cuando han ahogado económicamente la educación pública y protegen sólo una escuela privada inaccesible al grueso de la población?
De modo que el debate electoral de los próximos meses debe seguirse con atención. Los ciudadanos debemos distinguir entre quien tiene una estrategia sobre cómo hacer una política efectiva en contra el hambre, el empleo, la falta de medicamentos, el analfabetismo y la pobreza; y los mentirosos que saben que el prometer no empobrece, sólo el redistribuir la riqueza es lo que aniquila las ganancias extraordinarias de “los de arriba”.