Opinión

La educación: sencilla y natural, difícil y complicada


IDEUCA
Así es la educación. Posee una dimensión de cercanía natural. Es un bien social, una puerta abierta a todos. La sentimos como un quehacer natural, parte inherente a la vida. Sólo se requiere cumplir unos años para que la escuela nos invite a entrar y así comenzar una de las aventuras más extraordinarias de toda persona. Educarse, desplegar las potencialidades que trae consigo la naturaleza humana. Inteligencia, conciencia, libertad, memoria, imaginación, etc. se conjugan para construir conocimientos, valores, competencias, creaciones, autoafirmación y autonomía, en síntesis, una persona educada con capacidad de insertarse en la dinámica compleja de la sociedad con derechos y responsabilidades que van creando el sentido y alcance de la vida personal, familiar, social, productiva, política, cultural, en resumen, la vida ciudadana.
Tan cercana y natural sentimos la educación que todos sabemos algo de ella, todos opinamos sobre ella, todos nos involucramos de diversas formas en ella.
En realidad es tan natural que la primera, fundamental y transcendental escuela es la propia familia, la que se conecta después con la escuela como organización sistemática e intencionada que completa desde otras dimensiones el proceso educativo de toda persona.
Esta dimensión tan cercana y natural que acompaña esencialmente a la educación se torna, en cuanto a sistema y proceso educativo de cada persona, en una organización tremendamente complicada, porque de una u otra forma necesita activar y desarrollar de manera articulada, coherente y sostenida el conjunto de elementos técnico-pedagógicos, técnico-administrativos y psico-sociales que exige la bienandanza del sistema educativo de un país.
Como tal, el conjunto articulado de estos elementos en acción está íntimamente relacionado con el sistema económico, social, político y cultural global del que la educación es un componente clave. En esta relación se mueve un resorte muy importante para la educación.
Su razón de ser es construir personas, capacidades y valores nacionales, frente a interrogantes trascendentales: ¿qué educación?, ¿para qué desarrollo?, ¿para qué sociedad? Estas interrogantes obligan a la educación a decidir por adecuarse e integrarse a un modelo de desarrollo y de sociedad que carga todavía con evidentes distorsiones y aberraciones o por conducir su acción a cambiar y transformar ese modelo en respuesta a los derechos humanos y al bienestar de toda la población. Esta decisión está muy complicada.
En este mismo contexto, la política educativa por muy comprometida que esté con su función de cambio y de mejoría de la situación de la gente y desarrollo del país, depende de la política global del país, de la política económica, fiscal, social, de salud, servicios básicos e incluso de la política internacional. La política educativa, pues no tiene sentido sólo en sí y para sí. La educación está atravesada por la dimensión intersectorial y transectorial que le caracteriza.
Su quehacer en la dinámica de la construcción permanente de una nación está supeditado de manera particular a la política económica. Invertir en la gente, incrementar la inversión social en capital humano (nutrición, salud y educación, etc.) adquiere una prioridad indiscutible, una especie de imperativo categórico.
Sin embargo, condiciones particulares hacen con frecuencia que este imperativo se reduzca a una simple intención y en ocasiones a un mero deseo si no a un discurso fácil y de moda, sobre todo, cuando el período electoral va tomando un ritmo indetenible. La educación se vuelve, pues, una tarea muy difícil.
Por otra parte, la misma organización del sistema educativo presenta dificultades y desviaciones particulares. Superar las exclusiones, aperturar oportunidades para todos, eliminar desigualdades y segmentaciones que se incrustan en las estructuras educativas, convierte a la educación en un campo de batalla para conquistar la equidad, calidad, pertinencia y eficiencia, objetivos substantivos e inalienables de la educación como derecho humano fundamental y como factor decisivo del desarrollo. La organización y gestión del quehacer educativo carga elementos de enorme complejidad. Basta acercarse a la disfuncionalidad que presenta con frecuencia cualquier modelo que asuma elementos claves de la descentralización educativa. Siendo el poder el trasfondo de la viabilidad o inviabilidad de la descentralización, los sistemas educativos se pierden en esfuerzos por acercarse o cuidarse de los reclamos que caracterizan a la descentralización. La complejidad asienta así su dominio.
De ahí los problemas que genera y aglutina la gestión educativa y dentro de ella la gestión pedagógica, porque si nos adentramos en los terrenos de lo técnico-pedagógico comenzando por la concepción, organización, desarrollo y evaluación del currículum, nos topamos con una apretada madeja de complejidades casi indisolubles, comenzando por la propia organización de los aprendizajes y sus factores anexos como la formación y el desempeño de los docentes, los materiales didácticos, los mecanismos de evaluación, el calendario escolar, la carga académica curricular y extracurricular, etc.
A lo anterior se puede añadir, más allá de las dificultades y complejidades señaladas, el hecho de constatar que pese a ser la educación un bien social fundamentado en un derecho inherente al ser humano, éste se ve privado de dicho bien debido al factor que genera mayor distorsión e injusticia: la pobreza. Ésta al excluir a la persona de la educación la reproduce de manera sostenida. Ésta es realmente la dificultad y complicación de mayor impacto que presenta la educación en nuestro país.
Por eso la educación humanamente tan sencilla y natural se convierte para mucha gente en una especie de castigo social.