Opinión

La necesidad de una nueva revolución


En Nicaragua han pasado 16 años después de la derrota político-electoral de la Revolución, y el bienestar económico y la revolución de la honradez que se anunció desde aquella época no llegan; al contrario, Nicaragua está cada vez peor, y si continuamos con el sistema neoliberal impuesto (del que somos víctima la mayoría de los nicaragüenses), los problemas empeorarán y sólo se solucionarán con un cambio profundo e integral del sistema económico y socio-político del país.
Efectivamente, los cambios progresistas y hacia la izquierda vividos en los últimos años en una buena parte de los países de América Latina no sólo expresan la crisis del modelo neoliberal y su cuestionamiento, sino también la construcción y articulación de alternativas que buscan una real democratización de la sociedad y la búsqueda de soluciones reales a los problemas sociales y nacionales de cada país, ante la profundización de la desigualdad social, el desmantelamiento del Estado y la entrega de los recursos públicos y naturales a las transnacionales.
Nicaragua padece los mismos problemas comunes que afectan a los países latinoamericanos e igualmente --como en buena parte de ellos-- se cuenta con una presencia importante o considerable de sectores revolucionarios o progresistas aglutinados, en nuestro caso, principalmente en el sandinismo. En ese sentido, y desde la principal expresión de éste, que es el FSLN, se tiene la mayor oportunidad y responsabilidad de buscar un cambio que se dirija a atacar de fondo la pobreza y el atraso del país.
En este momento debe hacerse por la vía del voto, que es la premisa para construir cambios pacíficos y con la representación mayoritaria necesaria para poder empujar dichos cambios. Unidos con lo anterior, es necesario construir un real consenso nacional que permita no sólo definir un modelo de desarrollo diferente al actual, sino también los compromisos, sacrificios y beneficios que aportará y que obtendrá cada sector de la sociedad, para que los cambios sean asumidos conjuntamente y con el aporte de cada uno de ellos.
El antecedente de ese consenso real se logró para derrocar a la dictadura somocista y para las tareas de la reconstrucción nacional en los primeros años de la Revolución; luego la guerra no permitió continuar sólidamente con ese esquema de unidad nacional, sobre todo porque algunos no estaban dispuestos a enfrentar la política de agresión de los Estados Unidos y más bien se subordinaron a ella. Sin embargo, tanto en aquel momento, en que el país no se había terminado de reconstruir y estabilizar cuando vino la guerra con el financiamiento y dirección de la principal potencia mundial, como hoy, que aun cuando no tenemos guerra, estamos peor, con un 85% viviendo en la pobreza y con un 60% en el desempleo y con la peor corrupción de nuestra historia, tanto de una buena parte de la clase política como de la clase económica de Nicaragua.
La premisa para construir ese consenso es asumir un compromiso real con Nicaragua, con sentido patriótico, que se ponga el interés nacional por encima de cualquier otro interés ya sea ideológico como de lealtades extranjeras, como es la que padece una parte de la clase política nacional que además de malinchista está más interesada en saber qué piensa, qué dice y qué orienta su amo extranjero. Si ponemos el interés de Nicaragua y de los nicaragüenses en primer plano, triunfarán Nicaragua y sus habitantes, la democracia caminará mejor y el sentido de comunidad política nacional se consolidará, porque habrá cierto sentido de solidaridad y de respeto entre nosotros. Necesitamos reconciliarnos para reencontrarnos e identificar los puntos que nos unen para sacar del atolladero al país.
Por otro lado, Nicaragua necesita una revolución ética, que implica atacar a fondo la corrupción pública y privada, que se entierren los privilegios y se produzca una equitativa distribución de la riqueza en el país, de lo contrario las desigualdades se profundizarán y la intensión de construir una Nicaragua digna e incluyente se alejarán.
Por último, cualquier idea de cambio debe tener un sustento material, que debe expresarse en una revolución económica con sentido social. Hasta el momento el endiosamiento del mercado y de lo privado o la dictadura del mercado y de lo privado, el creer que la inversión extranjera y las maquilas resolverán los problemas de Nicaragua, que los tratados de libre comercio serán la panacea, que es más importante apoyar la economía fácil --finanzas y comercio-- y no el sector agropecuario, agro-industrial o industrial, turístico, etc., que el Estado no tiene que intervenir o no tiene ninguna responsabilidad en los asuntos del desarrollo económico y social, han fracasado. Hay que construir un sistema que se aleje de las recetas neoliberales o fondomonetaristas y se establezca aquel modelo que recoja lo mejor de la tradición histórica nacional e internacional en cuanto a visiones y experiencias de desarrollo.
Lo ideal es que estas alternativas lleguen y fructifiquen con el mayor consenso posible, de lo contrario se seguirán profundizando las desigualdades, la exclusión y el atraso, y en esas condiciones la radicalización en la búsqueda de los cambios será mayor. Tenemos en este momento la oportunidad de propiciar cambios (revolucionarios) que se expresen en la búsqueda de una democracia política integral, cambios económicos con sentido social y combatir de raíz la corrupción. En 1979 se propiciaron esos cambios con las armas en la mano y con la insurrección del pueblo; hoy hagámoslo posible con el voto, con el consenso y con conciencia y responsabilidad social y nacional.