Opinión

El resurgir de la filantropía


Cerca de 30,000 millones de euros va a donar Warren Buffet, la segunda fortuna del mundo según la revista Forbes, a la fundación que Bill y Melinda Gates crearon para la promoción de la salud y la educación en el mundo. Esta donación se ha convertido en el acto filantrópico más importante de la historia norteamericana. La filantropía vive hoy una segunda edad de oro en el Nuevo Continente. Florencia y los valores de la familia Medici se han trasladado hasta Estados Unidos, mientras la Vieja Europa está lejos de las cifras de donaciones para “buenas obras”.
La fundación Gates, gracias a Warren Buffet, contará con un presupuesto equivalente a lo que la Administración Bush dedica a la cooperación al desarrollo internacional durante un año o tres veces el dinero con el que cuenta Naciones Unidas. Treinta mil millones es el presupuesto de defensa de Alemania. Y si los repartiéramos entre los 1,200 millones de personas que viven bajo el umbral de la pobreza, cada uno recibiría 40 euros. 30,000 millones de euros en el banco generan más de 100 euros cada segundo y suponen tres siglos de matriculación de todos los estudiantes de la Universidad de Harvard, una de las más prestigiosas y caras de Estados Unidos.
Las empresas y ciudadanos estadounidenses donaron a entidades sin ánimo de lucro más de 200,000 millones de euros en el año 2005. Así, parece ser que los más favorecidos han tomado conciencia de que deben devolver a la sociedad en algún momento de su vida parte del dinero que han ganado gracias a esa misma sociedad, en muchos casos que les acogió cuando eran “pobres”.
Andrew Carnegie y John Rockefeller fueron dos de los filántropos más reconocidos y ambos llevaron a cabo el sueño americano: de orígenes pobres consiguieron amasar dos de las mayores fortunas del mundo. Gran parte de su capital lo dedicaron a proyectos sociales que ayudaban a los que no habían tenido tanta suerte como ellos. Ambos pensaban que morir ricos era morir desgraciados. También hoy deben pensarlo empresarios como Warren Buffet, David Rockefeller o George Soros. Todos ellos, junto a otros 120 multimillonarios, consiguieron acabar con la propuesta del presidente Bush de eliminar el impuesto sobre sucesiones, ya que “la herencia es una fórmula que consolida las desigualdades”, según explicaban en una carta de protesta dirigida a la Casa Blanca. Warren Buffet explicaba que así sus hijos no herederán miles de millones, “sólo millones”. El resto irán a parar a la Hacienda Pública y, por lo menos en teoría, en mejorar la sociedad y luchar contra las desigualdades.
Las donaciones de las empresas europeas se encuentran lejos de las de Estados Unidos. La OCDE lo justifica porque las grandes fortunas son estadounidenses y porque en Europa existe un sistema de seguridad social y Estado de bienestar que cuida de los más desfavorecidos.
Pero esta “nueva moda” filantrópica tiene un envés, nunca es totalmente desinteresada.
Hoy la mayoría de las grandes empresas nacionales e internacionales crean fundaciones por razones estratégicas y de mercado, según los expertos. Las fundaciones y el mecenazgo traen consigo atractivos incentivos fiscales y, además, unir la imagen de la empresa a la idea de la solidaridad o el medio ambiente lleva consigo beneficios, ya que los consumidores compran más un producto asociado a un compromiso social. Es el modo en que la sociedad donde el tener vale más que el ser lava sus conciencias.
Lo importante, sin embargo, no es tanto la donación, como que ésta sea eficiente y útil para sus destinatarios. La responsabilidad social corporativa tiene que ser bien entendida. No se trata de ceder los stocks o de una mera campaña de imagen. Las organizaciones de la sociedad civil tienen que “enseñar” a los empresarios a ayudar a los demás. La cooperación internacional y la acción social pasan porque las comunidades y las personas se conviertan en protagonistas de su propio desarrollo o mejora social. Las donaciones de los más ricos del planeta no sólo deben ser caridad, sino la búsqueda de justicia social para que la filantropía no se convierta, como decía Cesare Pavese, “en los tiempos en que se encarcela a los mendigos”.

Periodista
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