Opinión

La revolución y sus fantasmas


Erick Aguirre

Después de una breve, pero intensa visita a Nicaragua, en julio de 1986, el escritor Salman Rushdie escribió una crónica que tituló La sonrisa del jaguar --Un viaje a Nicaragua--. Yo leí aquel pequeño libro traducido al español por la poeta Claribel Alegría y publicado en Managua por la Editorial Vanguardia. Cuando empecé a leerlo me pareció evidente la forma en que el encuentro con nuestro país afectó profundamente al escritor. Hay un momento en que Rushdie confiesa su original falta de interés por escribir algo sobre aquella visita, pero al final no tuvo otra alternativa. Lo hizo porque llegó a Nicaragua en un momento crucial y revelador: el momento de la Revolución Sandinista.
Pero ese momento no era, según confiesa el escritor, ni un principio ni un fin, sino un punto intermedio, un tiempo que tanto él como muchos de nosotros sentíamos muy próximo al “eje de la historia”, un tiempo donde, en efecto, todas las cosas, todos los futuros posibles estaban todavía en la balanza. Pese a todo, sin embargo, a Rushdie no le parecía, como al comienzo lo había temido, que aquel era un tiempo sin esperanza. Si es verdad que era un momento de guerra y de muerte, el escritor acertaba al sentir que también era una época de búsquedas y de mucha fe en el futuro. Así fue como uno de los párrafos que más llamó mi atención en el libro me hizo detenerme de pronto. Es el momento en que el escritor se percata y reconoce que, para entender a los vivos en Nicaragua, es necesario empezar por los muertos: “El país entero está lleno de fantasmas”.
Una relectura del texto me hizo recordar que, pocos años después de la derrota electoral que sufriera en 1990 el FSLN, mi amigo el escritor Manuel Martínez publicó un libro titulado Jugadas de la vida -Quitarse las máscaras-. Era un volumen de crónicas y testimonios que agrupados constituían un verdadero memorial de la vida y la muerte en la Nicaragua sandinista, una dolorosa y nostálgica evocación de los muertos y de muchos otros hombres y mujeres que continúan vivos y consagraron sus vidas a la dura y hermosa tarea de ser protagonistas en los grandes acontecimientos históricos que trajo consigo la revolución.
Era aquel un momento de tensiones y ásperos desencuentros sociales en medio del inicio de un largo proceso de transición política en Nicaragua, y recuerdo que, mientras hacía las últimas correcciones a sus textos, Manuel afirmaba estar plenamente convencido de algo que él llamaba la constante permanencia del pasado. “Si se habla de que el pasado revive--me dijo-- es porque en realidad nunca cesa, a diario se hace presente en la memoria, o en una esquina, como un destino incierto pero latente e incesante”. Yo pensé que, quizás, su trabajo literario lo había llevado irremediablemente a tal conclusión, puesto que, como nos han hecho saber ciertos críticos, todo narrador acude a la estrategia de interpretar el presente a través de la invocación relativa del pasado, lo cual, sin embargo, por lo general nos lleva a frecuentes desacuerdos respecto de los puntos de confluencia o de complicación entre ambos tiempos. Como colega suyo sé bien que todo esfuerzo narrativo se sostiene en la incertidumbre acerca de la certeza del pasado, o más bien, acerca de si ese pasado continúa vivo y más bien es parte concreta del presente.
Sin embargo, la verdad concentrada en sus palabras me dejó abatido por un tiempo. De pronto me había percatado de que, aunque las cosas en Nicaragua habían cambiado tanto en tan poco tiempo, el claro sentido que tuvo en su momento la ofrenda de los muertos permanecía, y aún permanece, inalterable. En lo que a ellos respecta, ni las paradojas ni los supuestos sinsentidos de la historia y sus profetas tienen importancia. “Los que quedaron vivos --decía Manuel--, sólo ellos mismos pueden reconocerse ahora”. Y yo al principio dudé de sus palabras, pero al enfrentarme a mí mismo aquella noche, al tratar de entender quién era ese que me miraba al otro lado del espejo, un escalofrío recorrió mi espalda. Pensé entonces en la deuda impagable que tenemos, quienes aún estamos vivos, con los muertos.
Desde entonces esa obsesión se apoderó por mucho tiempo de mi trabajo literario y de mi cotidiano bregar en el periodismo. En aquel tiempo empecé a escribir bajo la profunda convicción de que esos fantasmas estarán siempre alrededor de nosotros. Desde entonces considero como algo innegable que creo habrá de dejar su marca en la historia literaria centroamericana, el hecho de que los escritores de posguerra, es decir, los sobrevivientes, no pueden evitar escribir perturbados por esos fantasmas.
Pero esa aparente ausencia de los muertos, después de todo, no anula el hecho ineludible de su contundente beligerancia sobre nuestros actos. Ellos (su memoria, la ofrenda eterna de sus vidas) se encargan de juzgar y vigilar nuestras acciones, ante las cuales sólo nosotros podremos autorreconocernos. Cuando Manuel me hablaba con entusiasmo de su libro, intentaba quizás decirme que su más profundo deseo al escribirlo era impedir que el recuerdo de los mejores hombres (los que dieron su vida) de la revolución se perdiera en los puntos ciegos de nuestra memoria. Esa fue la catarsis de su autorreconocimiento como sobreviviente. Pero yo sospecho (aunque eso no llegó a confesármelo) que su deseo también era proyectar la idea de que los muertos de la revolución siguen y seguirán pesando sobre los vivos, y que ambas figuraciones evidencian la vaguedad, la ligereza y la imprecisión de los límites entre la vida y la muerte, o entre la historia y la vida.
Por eso la observación de Rushdie respecto de que somos un pueblo de fantasmas resulta tan certera. Durante su viaje a Nicaragua el escritor indio llegó incluso a preguntarse si esos fantasmas permitirían a los vivos hacer las pertinentes distinciones entre la prédica política y el comportamiento ético, que a fin de cuentas resultó ser un importante vector en la fractura del liderazgo sandinista entre la población al momento de las votaciones en 1990. Rushdie advirtió que, tanto “el romanticismo de los muertos” como “el enorme puño americano” podrían convertirse (como en efecto se convirtieron) en una trampa fatídica. Y esa observación, típica de un escritor de su talla, finalmente llegó a coincidir con la proyección de los futuros acontecimientos. Los dirigentes sandinistas terminaron por ser víctimas de una doble trampa que ellos mismos contribuyeron a fabricar.
Puede que sea cierto lo que muchos analistas y sociólogos han señalado: que la derrota electoral del sandinismo fue producto de la compleja y recíproca articulación de un conjunto de contradicciones internas y externas, las cuales podrían abarcar aspectos relacionados con estrategias de negociación internacional para sobrevivir a la guerra y sus repercusiones internas; con recomposición y descomposición de alianzas internas y con la proyección de una imagen potable de la revolución ante diversos interlocutores externos. Ya se ha señalado también que todos estos factores dieron como resultado una brusca “desaceleración” de la revolución sandinista, lo cual implicó el drástico retroceso y la anulación (aun antes de la derrota electoral) de muchas conquistas sociales y políticas. Esto debilitó, sin duda, el liderazgo sandinista y el apoyo de la gran mayoría de la población a los conductores de la revolución.
Puede que, como dije, todos estos factores se hayan también confabulado para terminar por desalojar del poder político al FSLN. Pero los factores fundamentales que contribuyeron a ese corolario, y que a su vez provocaron esa compleja red de contradicciones, fueron pocos aunque estratégicos. El principal de ellos fue la indecente y sistemática política de Terrorismo de Estado aplicada por los gobiernos estadounidenses de la época contra esta pequeña nación centroamericana que se atrevía a romper con su hegemonía política en la región. El otro factor, cuyas dimensiones podrían ser incluso proporcionalmente similares a las del primero, fue la creciente y sistemática tendencia de los cuadros dirigentes de la revolución, a despreocuparse por conciliar el discurso público con la práctica cotidiana.
Y aunque Rushdie diga en su libro que lo más impresionante de su visita a Nicaragua fue la constante invocación a los muertos en las alocuciones de la dirigencia sandinista, así como su fervorosa devoción por los héroes y mártires; yo más bien pienso que eso era un necesario ingrediente de su discurso, ejercicios retóricos, en muchos casos, sin correlatos efectivos, porque desde entonces algunos se olvidaron de hablar con los muertos, se negaron a escuchar “sus fantasmagóricas voces resecas como el rumor de las hojas marchitas, susurrando las palabras que recuerdan de cuando estaban vivos”.