Opinión

Yo vi a Rigoberto muerto


Como se está opinando y se quiere juzgar a Rigoberto López Pérez fuera del contexto histórico en que vivió y murió, permítanme contarles una historia que parece haberse olvidado, y que apropiado de ese olvido surgen personajes justificando y laudándose de un pasado de crimen y oprobio.
Érase una vez en un pueblo no muy lejano del nuestro, exactamente a 50 años de distancia que sucedió lo que voy a contar: Mandaba más que gobernaba un obeso señor que metido a político, militar, inversionista y empresario era realmente dueño del país. Por 23 años y gracias al padrinazgo de los EU de Norteamérica, había sido designado de por vida Jefe Director de la Guardia Nacional, y para asegurar su posición de inicio, con premeditación, alevosía y ventaja, mandó a asesinar a uno de los pilares de nuestra nicaragüanidad el “General de Hombres Libres” A. C. Sandino, y a sus más cercanos lugartenientes. No contento con el poder militar, ejerció también el poder político como Presidente de la República en varios períodos, y se firmaba A. Somoza, Presidente de la República y Jefe Director de la G.N.
A inicio de los años 40 del pasado siglo, comenzó su carrera de potentado económico declarándole la guerra al eje del mal de esa época (Alemania e Italia), apropiándose a continuación por métodos seudo legales en que combinaba la fuerza, ventaja y corrupta astucia de todas las propiedades de los alemanes radicados en esta tierra, constituyéndose así en una fuerza real política, económica y militar. A pesar de la Segunda Guerra Mundial, se inició en el paisito la resistencia a la dictadura, y en contraposición el ejercicio de las 3P como forma de gobierno: Plata para los amigos, Palo para los indiferentes y Plomo para los enemigos. Comenzaron las manifestaciones de protesta, y con ellas los culateados, baleados, presos y exiliados, puestos descalzos en las distintas fronteras. Después de haberse elegido y reelegido en dos períodos continuos como Presidente de la República, ante la presión popular en 1947, se dispuso dar un respiro, quedándose como incontestable Jefe Director de la Guardia Nacional, única institución armada, jugando a la democracia de la que rápidamente se arrepintió, haciendo funcionar un descomunal fraude electoral, apoyado por supuesto en la G.N. que hacía de juez y parte para arrebatarle la victoria ampliamente ganada por el candidato opositor, aunque liberal pero independiente, el Dr. Enoc Aguado, haciendo así ganador a su candidato, el Dr. Leonardo Argüello Barreto, al que, sin embargo, destituyó a los 27 días por oponerse a sus designios y creerse realmente Presidente y, por lo tanto, declarado loco por un congreso sumiso a las órdenes del General, por lo que se asiló en la Embajada de México, partiendo al exilio, falleciendo a los pocos meses. Esto motivó un descontento entre algunos jóvenes oficiales de la Guardia que a pesar del fraude creían en la vigencia de la Constitución y las leyes que, por lo tanto, consideraban al Dr. Argüello, Presidente Constitucional, los que fueron apresados y dados de baja deshonrosa por traidores, y he aquí el origen del complot de civiles y militares que en abril de 1954, por la vía de las armas, pretendieron eliminar al fundador de la dinastía. Una vez delatado el plan fueron cazados en los cafetales de Carazo y, especialmente los militares rebeldes, asesinados por orden del general Somoza y de su hijo, el coronel Anastasio Somoza Debayle.
Tal era el panorama político-militar, cuando en 1956, Somoza, que manejaba las riendas del poder en todos sus aspectos, se lanza nuevamente como candidato para un nuevo período presidencial, donde fuera él y no sus títeres quien ostentara el poder real y figurativo.
Cuando esto sucede, yo era miembro de la Guardia Nacional, como cadete de la Academia Militar, por lo tanto, soy testigo desde dentro. Era la época de los generales dictadores, como muchos de ellos tiranos de sus pueblos: Perón en Argentina, Stroesner en Paraguay, Odria en Perú, Gómez en Colombia, Pérez Jiménez en Venezuela, Remon en Panamá, Somoza en Nicaragua, Carias en Honduras, Castillo Armas en Guatemala, Batista en Cuba y finalmente el benemérito de la patria y padre de la patria nueva, Generalísimo Rafael Leonidas y Trujillo de República Dominicana.
Como pueden ver, a esa casta pertenecía nuestro jefe y amigo (a como se firmaba cuando se dirigía a la Guardia Nacional), cuando en una situación cerrada a toda solución política e inclusive complotaria, un hombre se erige solitario a ejecutar una tarea que la interpreta y no se equivoca, necesaria y justiciera, clamada por la mayoría de un pueblo; y digo no se equivoca, porque 23 años después el pueblo mismo, esta vez unido y convocado en un gigantesco jurado, un 19 de julio le da la razón, pues el enemigo de su libertad seguía siendo el mismo a través de su estirpe.
En esos momentos, Somoza no era un honrado ciudadano, era un delincuente político, poderoso y peligroso, responsable de muchas muertes y del miedo e incertidumbre, podríamos llamar terror de un grande sector poblacional, inclusive dentro de la misma Guardia Nacional, a como se demostró posteriormente. Pues bien sabido que cuando el General llegaba a una ciudad, ésta era tomada por el ejército y sus fuerzas encubiertas de seguridad, no menos de cien hombres escogidos por su incondicionalidad y lealtad hasta la muerte misma y que no respetaban dentro de la guardia a otros que no fueran sus jefes directos que armados con subametralladoras de asalto, formaban un circulo de hierro a su alrededor.
Viendo así las cosas, cualquier idea de agresión personal al dictador era considerada si no una idea loca, una idea suicida, al menos así se racionalizaba dentro de la Guardia, donde todo se juzgaba en función de vida o muerte. Otro aspecto es el pensamiento civil donde entran en juego valores como los ideales políticos, el valor, el sacrificio, el futuro de un pueblo y de sus generaciones, que estoy seguro que motivaron a Rigoberto López Pérez, un hombre joven dedicado a las letras y al ejercicio del pensamiento.
Ese mes de septiembre, salimos de vacaciones después de la fiesta de centenario de la batalla de San Jacinto; ahí anduvo Rigoberto, solo, en busca del momento oportuno, según se supo después.
Mi abuelo paterno era somocista, gracias a él y su militancia, conseguí ingresar en las filas de caballeros cadetes a como se les denominaba en ese entonces, mi padre era furibundo antisomocista y trompetista de profesión, miembro de la Orquesta Occidental Jazz que amenizaba la fiesta de nominación del candidato presidencial por el partido Liberal Nacionalista en la Casa del Obrero.
Según se contó en la Guardia, terminó un set musical, Somoza que era bailarín estaba danzando con la novia de la asociación de obreros, la soltó y se fue a sentar a la par de su esposa que lo acompañaba. La pista se despejó y ahí apareció enfrente y de pie Rigoberto, que a lo inmediato comenzó a disparar. Los primeros disparos dieron en la humanidad de Somoza García. Los guardaespaldas no se hicieron esperar, rugieron las sub-thompson vomitando fuego contra la humanidad del poeta, y éste cayendo y disparando da en el blanco con los disparos, que a la postre los que causan la muerte son los que le dieron en la ingle y en el muslo izquierdo, afectando la femoral.
Rigoberto López Pérez cae ya muerto, y ahí lo bañan de balas. Llega el valiente coronel Camilo González, y con su pistola le vacía el ojo izquierdo.
En la madrugada mi madre compungida y afligida me despierta y me dice que no salga porque mataron a Somoza y no se sabe quién domina la situación. Nuevamente, mi abuelo fue a reconocer el terreno y regresó diciendo que la Guardia mandaba.
Me vestí de uniforme y fui a buscar a mi padre, llegué al parque central convertido en una gran cárcel, donde estaban hombres y mujeres con sus vestidos de fiestas, algunas sin zapatos, todos tristes y miedosos, afligidos pero al menos agradecidos de poder contar el cuento y, por supuesto, también los músicos de la orquesta. Ya con más confianza saludé a los conocidos y me dirigí al comando a gestionar la libertad de mi padre, entré a la pequeña sala que aún existe y tamaño susto me llevé: tendido cuan largo era, blanco como si no le quedara ni pizca de sangre en su cuerpo, horadado por múltiples orificios cual si un repentino ataque de sarampión o varicela le hubiera dado, rodeado de agua sanguinolenta yacía el hombre a quien a partir de ese momento le rendí pleitesía por su valor y desprendimiento.
Los otros tres complotados pagaron con sus vidas su participación sin efecto, pues fueron asesinados años después siendo reos indefensos.
Rigoberto López Pérez fue un patriota, Héroe Nacional, su postrer acto fue de justicia, y repito, el pueblo convocado en gigantesco jurado lo ratificó así, 23 años después, el 19 de julio de 1979.
* El Ing. Modesto Rojas Berríos se graduó como oficial de Infantería y piloto militar dentro de las filas de la Guardia Nacional. En 1965 causó baja por conveniencia propia, y posteriormente se incorporó al FSLN.