Opinión

Atascados


En marzo de 2003 los Estados Unidos y un pequeño grupo de aliados --principalmente la Gran Bretaña-- invadieron Irak. El objetivo de esta acción era derrocar el régimen de Saddam Hussein, el cruento dictador de ese país, quien, según Washington, representaba una amenaza para el mundo por poseer armas de destrucción masiva y la voluntad de usarlas contra sus enemigos. El cambio de régimen también dotaría a Irak de un gobierno democrático que serviría --según las autoridades norteamericanas-- de modelo para el Medio Oriente, una región estratégica por sus inmensos recursos de petróleo, pero también uno de los “barrios” más volátiles del mundo.
Muchos en Europa --incluyendo aliados tradicionales de los Estados Unidos como Francia y Alemania --se opusieron a la invasión, y algunas voces de norteamericanos también se levantaron en contra de la guerra contra Irak. No había pruebas contundentes, señalaban estos críticos, de la existencia de las armas de destrucción masiva. Además, no había vínculos entre Hussein y los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. Pero estos críticos eran pocos --al menos en los Estados Unidos-- y la población norteamericana confiaba lograr una victoria rápida y decisiva con pocas bajas.
Y así fue, al menos en los primeros meses. El Ejército iraquí sucumbió rápidamente ante las poderosas y tecnológicamente superiores Fuerzas Armadas estadounidenses. Bagdad cayó en unas pocas semanas. Para el 1ro de mayo de 2003 el presidente Bush declaró victoria, y sus críticos domésticos callaron. Como la breve guerra norteamericana contra España en 1898 --que el entonces Secretario de Estado norteamericano, John Hay, describió como una “espléndida pequeña guerra”-- Irak parecía ser un gran éxito.
Pero poco después los problemas comenzaron. Nunca se encontraron las armas de destrucción masiva que la Casa Blanca utilizó para justificar la invasión contra Irak, y estalló una insurrección contra las fuerzas estadounidenses. Ganar la paz resultó mucho más difícil que ganar la guerra.
Ahora, más de tres años después de la invasión, más de 2,500 soldados estadounidenses han muerto y el número de heridos y lisiados de guerra norteamericanos se acerca a 19,000. Por otro lado, miles de iraquíes han muerto o han sido heridos y el costo para los Estados Unidos de la guerra y de la ocupación se está acercando a los US$500 mil millones. ¡Esta cifra es casi siete veces más que toda la ayuda que los países en vía de desarrollo reciben anualmente de todos los donantes bilaterales y de las instituciones multilaterales --como el Banco Mundial, el BID y el FMI-- combinados!
Hoy la situación en Irak es crítica. El país vive prácticamente una guerra civil, especialmente en las provincias del llamado “triángulo sunita” que incluye Bagdad. El acceso a agua y electricidad está por debajo de lo que era antes de la invasión, y la producción de petróleo ni siquiera alcanza la mitad de lo que esta nación --que tiene las segundas reservas del oro negro más elevadas del mundo-- pudiera bombear. Esto, combinado con la inestabilidad regional que está aumentando y de un creciente sentimiento antinorteamericano en el Medio Oriente, ha contribuido al alza en el precio del petróleo, que amenaza con superar los US$80 por barril.
Políticamente, aunque los apologistas de la guerra aseguran que cada día el proceso de pacificación y democratización está avanzando, la verdad es que la inseguridad, la violencia y la frustración con el estatus quo están creciendo en Irak. Y los pronósticos para el futuro del país no son alentadores. No se excluye la posibilidad de que Irak se desintegre en tres países, o que se imponga un régimen teocrático chiíta al estilo de Irán y hostil a los intereses de los Estados Unidos y de su más cercano aliado en la región, Israel.
Mundialmente --y dentro de los propios Estados Unidos-- la imagen del gobierno del presidente Bush y la reputación norteamericana han sufrido por la guerra y los abusos de militares norteamericanos contra civiles y detenidos de guerra. Es más, se ha desgastado la imagen de algunas instituciones estadounidenses, especialmente la CIA, que se ha convertido en chivo expiatorio por muchos de los errores cometidos durante la guerra. En tan solo tres años esta agencia ha cambiado de director tres veces y está desmoralizada.
En noviembre de este año la ocupación de Irak habrá durado más tiempo que la participación norteamericana en la Segunda Guerra Mundial, y los Estados Unidos celebrarán importantes elecciones. Todos los miembros de la Cámara de Representantes, la tercera parte del Senado y un buen número de gobernadores y alcaldes serán escogidos por los votantes. Actualmente, el Partido Republicano del presidente Bush controla la Casa Blanca, el Senado, la Cámara de Representantes y la mayoría de los gobernadores. Pero todo esto puede cambiar en noviembre en gran medida para Irak, ya que encuestas demuestran que éste es uno de los temas más importantes para los votantes. Según estos sondeos, la popularidad del presidente Bush ha caído estrepitosamente y anda por debajo del 40%. Todo parece apuntar a que su partido podrá pagar un alto costo político por el atascamiento de los Estados Unidos en Irak, que se ha convertido en un callejón sin salida, una pesadilla no sólo para el pueblo de Irak, sino para el estadounidense.
A como andan las cosas, lejos de ser la “espléndida pequeña guerra” y el inicio de la pacificación y democratización del Medio Oriente que la Casa Blanca vaticinaba en 2003, Irak se ha convertido en un colosal error de política internacional para los Estados Unidos y en el tema que está definiendo el desempeño de la Administración Bush.
El autor fue canciller de la República de Nicaragua