Opinión

Voces


Algunas veces, cuando volvía de Siuna en bus, parecía que había varias vidas hasta llegar a Managua. A eso de las seis o de las siete de la mañana después de diez o doce horas en el camino, el chofer nos despertaba con las rancheras tempranas de La Tigre del Dial a todo volumen. Se había ponchado una rueda, se había detenido el motor, a una mujer le dieron dolores de parto, e incluso se había subido algún bandido tratando de llevarse algo para vender en los caminos del interior. Todo se solucionaba en Mulukukú o en Río Blanco. Era rara la vez que podíamos contar que no había pasado nada.
En una de ésas me tocó sentarme al lado de un niño que pasó el camino con los ojos bien abiertos como los focos del bus a pesar de la noche, y de los saltos sin aviso que nos hacían dar las hondonadas. De una de sus rodillas pendía una botella de Coca- Cola cortada por la tapa para hacer más ancha la apertura. La botella estaba llena de agua, y ocupaba la mitad de la pierna que le faltaba. Él sólo se sujetaba con una mano el muslo y con la otra amortiguaba los golpes contra el asiento delantero. Pero lo que llamaba la atención eran sus ojos, faltos de dolor o de ausencia, preocupados en fijar la vista hacia el camino, y tan sólo de vez en cuando se volvía a mirar la botella cuidando, creo, que no se hubiera derramado el agua.
Me llamó la atención el artilugio a modo de prótesis y estuvimos hablando un momento. Él me respondía casi sin desviar los ojos de en frente como si alguien le hubiese encargado esa misión de no perder la atención de la ruta hacia Managua. Le había estallado una mina. Eso ocurría a menudo en Siuna. Casi todas las tardes oíamos las detonaciones lejos en el monte. La gente estaba tan acostumbrada que muchos sabían distinguir cuándo se trataba de una explosión controlada por las tropas del desminado que llevan años, casi más que los que duró la guerra, tratando de borrar la huella cobarde y traicionera de las minas antipersonales enterradas.
Algunos se santiguan al instante cuando advierten que el sonido de la detonación responde a un accidente, a veces son animalitos, y otros niños que se adentran más allá de las veredas marcadas. Cuando se escucha una de estas explosiones, hay gente que exclama quiera mi Dios que sea un venadito o cualquier otro animal de monte.
El niño junto al que viajaba había perdido la pierna en una de esas explosiones. Quien enterró la bomba tal vez esté ya muerto, o en algún otro lugar del país, o tal vez se haya ido. No conocerá el nombre de este niño a quien muchos años después alcanzó su disparo, aun cuando él lo diera en una guerra en la que el niño no había nacido todavía. Ni siquiera fue jugando, sino buscando leña. Lo traían a Managua para curarle de otras heridas y probar a conseguir una prótesis. Él le llamaba su pierna nueva.
Hace poco oía en La Primerísima a una mujer, también de Siuna, que después de someterse a una operación muy aparatosa en la mandíbula a causa de un cáncer, hablaba con dificultad por los micrófonos pidiendo la ayuda de quien le estuviera escuchando para volver a Siuna. Necesitaba recibir terapia y tratamiento dos semanas más, y ya no tenía con qué seguir manteniéndose, y menos aún con qué pagar el pasaje de vuelta.
Algunas tardes me he detenido a escuchar el Correo de la Tarde en la radio Corporación, esas especies de mensaje en una botella que deja la gente de los departamentos en la grabadora del programa probando suerte a que alguien los reciba por el aire. A veces es un aviso del día y la hora de llegada a Rosita desde la capital; otras es una voz ahogada que, como en los tiempos que se dictaban telegramas, pide que le digan a un familiar que el niño está grave y que no saben cuánto tiempo se tendrán que quedar en Managua, que manden algún dinero en el bus de la noche.
Fuera del extrarradio de Managua, las enfermedades leves pueden constituir un riesgo de muerte por falta de atención y por la pérdida de tiempo. En la administración del anterior ministro de Salud se hizo un esfuerzo por embellecer algunos centros. En Siuna se luce un hospital mucho más moderno que el anterior y más adecuado, pero siguen sufriendo de la falta de especialistas de todo tipo. Mucha gente ha terminado muriendo de apendicitis sin diagnosticar, y por la lejanía, el tiempo que se tarda en avioneta o en bus hasta Managua supone el tiempo de vida para muchos pacientes. A algunos no les alcanza.
Las voces, los mensajes que vienen y van a Siuna, suenan lejanas, como en otras partes del país. No estando tan lejos en realidad, no teniendo que estar necesariamente tan lejos, esa distancia se convierte en una grave enfermedad que afecta a los nicaragüenses. Esa misma lejanía desanima a muchos profesionales, además de la falta de centros de formación cercanos para aprovechar los jóvenes de la zona que quieren formarse. Los recursos se siguen concentrando con una hiriente desigualdad en un punto del país, Managua, cuyo crecimiento reside en el olvido del interior y de la Costa Atlántica. Nicaragua más lejos de sí misma no puede salir adelante. La Costa sólo existió en nuestras noticias cuando las elecciones o cuando los crímenes de Bluefields o cuando las acciones para detener el expolio medioambiental que sigue ocurriendo. De este reconocimiento de Nicaragua consigo misma debería hablarse mucho más y ser una prioridad para los candidatos a presidente, los que hablan más fuerte al inicio y al cierre de sus campañas en las plazas de Managua.
Sigo escuchando los mensajes en la corporación, hablan de envíos de dinero, de ropa, del niño que se puso enfermo, del que se recuperó, de cuándo volvemos, que nos esperen en el cruce de caminos. Me gusta quedarme oyéndolas, les invito a hacerlo. Son nuestras voces, los nuestros, no tan lejos, sino mucho más cerca. Tarde o temprano viajamos con ellos.

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