Opinión

Programas de gobierno vs. programas de lucha


Si Popper viviera, diría que todo programa de gobierno (de izquierda o derecha da igual) tiene que ser, como los paradigmas científicos, falsable, es decir, no verdadero, hasta que tenga la oportunidad de demostrarse si triunfa, pero ya con otro en la oposición haciendo lo mismo, a su vez, como ese ángel exterminador célebre de Paul Klee que, de espaldas a la luz, sólo es fecundo destruyendo.
Del mismo modo, Noelle Neumann y Giovanni Sartori dirían, me imagino, que los programas de gobierno tienen una lógica parecida a la “espiral del silencio” en teoría de la comunicación (por qué uno no dice lo que todos piensan), o al “efecto de bóveda” en teoría política (por qué no caen algunas dictaduras), esos principios que sostienen que una cosa se impone por un efecto de multiplicación y encadenamiento, que basta, a veces, que un par de unidades (el secreto es cuándo, dónde y quiénes) lo rompan y todo se derrumba.
Hay quienes se indignan e impacientan porque no ven en los partidos políticos discusiones serias sobre programas de gobierno (cuando cualquiera puede hacerlo en cinco minutos “cortando” y “pegando” desde Internet) y llaman canallas a los medios de comunicación porque sólo enfocan las imágenes de los candidatos y sus payasadas públicas, pero se mueren por ser invitados a los programas de televisión para decir lugares comunes contra ellos; otros, para conseguir una cuota de poder (una “embajadita”, un “ministerio”, un “carguito” de confianza) con los ganadores de las próximas elecciones, se hacen los analistas profundos y graves diciendo sandeces partidistas; hay quienes, también, se pueden hacer hasta los ofendidos si no les prestan atención a sus cuentas de la lechera, asignando presupuestos de la República, como si alguien los ha designado para ello, y reparten alegremente las partidas entre los rubros de siempre, salud, educación, agro, etc.
Son sectores educados e ilustrados (de esos que Noam Chomsky se ríe) que desean rabiosamente que todo el mundo sea como ellos. Pero sobre todo creen que a las grandes masas les importa eso o debe importarles. Y se equivocan en dos cosas fundamentales.
Uno, muchos de ellos no conocieron la política más que como gobernados obedientes y otros como burócratas. O llegaron por abajo como borregos o se aprovecharon desde arriba. No saben distinguir qué es un programa de gobierno, por ejemplo, y qué es un programa de lucha. Confunden la acción con la promesa; el control con la confianza y la solución con la administración.
Sólo un programa de lucha es el que puede permitir controlar a los dirigentes por los dirigidos (club exclusivo de luchadores), penalizando las promesas incumplidas, fijando salarios de trabajadores calificados, imponiendo rotabilidad, temporalidad, destituibilidad (con la mitad más uno de los miembros) y provisionalidad en los cargos públicos (fórmulas todas que se pueden acordar a los partidos desde sus primarias), además, por supuesto, de plantearse objetivos de lucha para impulsarse, se ganen o no puestos gubernamentales. Dirigir debe ser casi como un castigo (para que pocos quieran serlo) y no una recompensa.
Dos, pero eso, aun cuando lo supieran todos los señoritos ilustrados, no le importa a la mayoría de la gente, que está más pendiente de la trayectoria, intimidades, chismes y vulgaridades de los políticos (cuando no están viendo lucha libre, nota roja y telenovelas), que los medios amplifican para su propio beneficio, sin advertir que terminan imponiendo sus gustos y preferencias a buena parte de la población.
Así que la batalla no es cuál programa es el más sólido, coherente y beneficioso (pasto de economistas, analistas, profesores, fanáticos y vividores del tema), sino cómo arranco victorias concretas y ya, sin que pueda traicionarme mi dirigente por mecanismos que se lo impidan. Así ganan los luchadores sus batallas. Y si se puede aprovechar una coyuntura electoral, pues mejor. Así como el neoliberalismo, desde que dominó el escepticismo en los relatos prometeicos, hizo del mercado, que era un medio para la modernidad, un fin en sí mismo, los ex emancipadores deben hacer de la lucha, que era otro medio también de la modernidad, otro fin en sí mismo.
Las encuestas no pueden medir estas cosas. Se vuelven una aguja durante las elecciones de cualquier tipo, pero para los contendientes de arriba, es decir, los partidos.
Tienen, sin embargo, una desventaja, usan las viejas teorías de la distribución normal (gaussiana) de los datos, con su campana normal y las colas extremas para explicar con la perversidad más grande del mundo lo que ocurrirá, ignorando las nuevas teorías matemáticas de la distribución de Schwartz y del derrumbe de Thom (bases de las teorías dinámicas no lineales) que desbaratarían cualquier predicción.
Hoy el modelo de las ciencias (matemáticas y estadísticas incluidas) se parecen más a los modelos meteorológicos (ningún pronóstico puede ir más allá de 48 horas) o en países altamente caóticos como en el que vivimos, al paradigma de los alcohólicos anónimos, donde nadie puede garantizar qué pasará después de 24 horas de sobriedad.
Según estas corrientes, nadie sabe qué pasará mañana. Pronosticar equivale a apostar con la mismas probabilidades fuera de los arcos muestrales permitidos (0 a +/- 2.5) que estallan por la alta sensibilidad de las condiciones iniciales (más si son sociales y políticas) ante efectos pequeños (butterfly effect). Puede darle el triunfo a uno de los candidatos, una pulpa de frijol indiscreta en los dientes, una descarga inoportuna de un niño desconocido en brazos, una sacudida sonora de narices frente a las cámaras, una bragueta mal cerrada, una boina bien puesta, una mala palabra bien colocada, la muerte súbita de un candidato, cualquier cosa, puede desencadenar una simpatía masiva. Pero también lo contrario. Los procesos son autopoieticos (Maturana y Varela) y cocreados (Margulis), para usar expresiones venidas de las teorías del caos, tan pocamente aplicados en teoría social.
Al menos la izquierda y las variedades más radicales de ella, decían en sus tiempos dorados que las coyunturas electorales debían aprovecharse para avanzar los programas de lucha de los sectores obreros, populares y de masas, y establecer reivindicaciones que se enlazaran unas con otras en un programa de transición, anclados en tres factores claves que los distinguía de los programas de gobierno que enarbolaban sus adversarios en las justas: el tiempo, el control y la solución de problemas. Los programas de gobierno, decían, son para un mañana que nadie conoce, no tienen mecanismos para garantizar su cumplimiento y cuando llegan a triunfar sólo sirven, en el mejor de los casos, para atemperar las contradicciones.
El ejemplo más claro: el transporte nadie lo resuelve hoy porque cualquier actor que se mueva a un lado u otro pierde votos y el favor de sectores vacilantes en las elecciones de noviembre.
En cuanto a la energía eléctrica, las increíbles declaraciones de Ruth Herrera, dirigente de un organismo luchador que acaba de arrancar un “triunfito” a Unión Fenosa con los descuentos, invita a los partidos políticos (como se ve que nadie la controla) que incluyan en sus programas estos objetivos cuando estén en el gobierno. Por qué el problema, que lo está solucionando ahora, lo deja en manos ajenas para mañana. El cielo puede esperar, estimada señora; nosotros, no. Y si es el infierno el que nos promete, señora, por invitar a vuestros colegas que la controlen, creo que ya sabe que estamos en él.