Opinión

De sin sentidos y falacias: El mal ejemplo de Tomás Moro


La decisión del presidente de España, José Luis Rodríguez Zapatero, de no asistir a la misa oficiada por Benedicto XVI en Valencia el domingo pasado tiene mucho sentido. España ha logrado finalmente despojarse de la cultura religiosa premoderna que por siglos la mantuvo atrasada en relación con el resto de los países de Europa. Benedicto XVI, por su parte, no ha ocultado su interés en revertir la modernización y secularización de Europa en general, y de España en particular. Zapatero, como representante de los intereses y las aspiraciones de la sociedad española, no tenía ningún pito que tocar en la misa del Papa.
La actitud de Zapatero contrasta con la de los candidatos presidenciales nicaragüenses que el 22 de junio asistieron a la misa que se celebró en la Catedral de Managua en conmemoración del día de Santo Tomás Moro. Con los brazos extendidos se encomendaron a su santo, reforzando de esta manera la cultura providencialista y supersticiosa que nos mantiene en la miseria. Peor aún, dignificaron uno de los más grandes sin sentidos de la Iglesia Católica de este siglo: el nombramiento de Tomás Moro como patrono de los políticos y gobernantes del mundo.
El santo
Moro fue un hombre de gran talento que legó a la humanidad obras clásicas de la talla de Utopía (1516). Como político, señalan Richard Marius y otros de sus biógrafos, Moro se destacó por su capacidad para navegar con maquiavélica habilidad dentro del mundo de intrigas y traiciones de la Corte Real de Inglaterra. Su talento, honestidad y energía como abogado, además, fueron extraordinarios. Lo mismo puede decirse de sus capacidades como orador.
Pero no cabe ninguna duda de que los atributos que convirtieron a Tomás Moro en un santo de la Iglesia Católica y en una leyenda inmortalizada --aunque sobresimplificada--, por el teatro y por Hollywood, fueron su innegable valor y la profundidad de sus convicciones. Moro se opuso con tenacidad a la voluntad de Enrique VIII cuando el monarca inglés solicitó a la Iglesia Católica la anulación de su matrimonio con Catarina de Aragón y la aprobación de su matrimonio con Ana Bolena. Ante la negativa de la Iglesia Católica, Enrique VIII decidió crear una Iglesia independiente de Roma y subordinada a la Corona. La firme oposición de Moro a la creación de la Iglesia de Inglaterra le costó su libertad, su fortuna y, finalmente, su vida. Así pues, Moro se consagró como un hombre de gran solidez moral que estuvo dispuesto a morir en defensa de sus principios y valores.
La otra cara del santo
Moro no sólo estuvo dispuesto a sacrificar su vida para defender sus convicciones, sino que también estuvo dispuesto a perseguir, torturar y condenar a muerte a aquellos que defendían ideas diferentes o contrarias a las que promovía la Iglesia Católica de su tiempo. Como Chancellor de Inglaterra, Moro era el responsable de la aplicación de los severos castigos que la ley imponía sobre aquellas personas que profesaban o divulgaban doctrinas contrarias a los dogmas de la Iglesia. A mediados del siglo XVI --la época en la que existió Moro-- los principales afectados por esa ley eran los protestantes, calificados por la Iglesia Católica como herejes.
Richard Marius, uno de los más importantes historiadores de la Reforma y uno de los principales biógrafos de Tomás Moro, señala que el santo padecía de un “incontenible e implacable odio por los protestantes”. Ese odio, puntualiza Marius, llevó a Moro a expresar en más de una ocasión que los “herejes” merecían la hoguera. “Moro”, señala Maruis, “podía actuar con furia, terquedad, irracionalidad y sed de sangre, en su constante demanda para que los protestantes fueran quemados”. Al mismo tiempo, señala Marius, Moro podía ser “chistoso, trágico y sorprendente”.
La fuerza de la convicción con que Moro perseguía la herejía ha sido confirmada por John Guy, otro biógrafo de Moro que señala que el Chancellor inglés “disfrutaba” de su participación en las campañas contra la disidencia protestante y contra los que no comulgaban con la Iglesia de Roma. Guy señala, además, que en algunas ocasiones Moro participó en las sesiones de interrogación a los acusados. Éstas incluían la aplicación de torturas físicas para facilitar la confesión de los culpables.
La Enciclopedia Católica confirma el entusiasmo con que Moro ejercía su función de defensor de la fe católica, cuando señala que el Chancellor inglés “no titubeaba” en cumplir con sus obligaciones. Para atenuar esta problemática faceta de la personalidad de Moro, la misma enciclopedia argumenta que él “jamás aplicó castigos extremos” a los acusados de herejía, sin antes haber realizado “el máximo esfuerzo para lograr extraer de ellos sus confesiones y sus declaraciones de arrepentimiento”. Debido a esta cuidadosa actitud, continúa señalando esta fuente católica, sólo cuatro personas perecieron bajo el mandato de Moro. Johh Guy señala que no fueron cuatro, sino seis, los que perecieron bajo el celo religioso de Moro durante los 31 meses que ocupó el cargo de Chancellor de Inglaterra.
No es mi propósito establecer el número de víctimas atribuibles a Tomás Moro. Tampoco pretendo evaluar, fuera de su contexto histórico, la conducta política del Chancellor inglés. Aceptemos que Moro fue un hombre de enorme valor y de fuertes convicciones que demostró estar dispuesto a morir o a matar para proteger el catolicismo. En este sentido, Moro es un indiscutible héroe y mártir de la Iglesia Católica. Moro debe ser considerado, además, como un brillante ejemplo del político católico medieval; es decir, del político católico de la Europa predemocrática dominada por el pensamiento religioso de la Iglesia Católica.
Pero Tomás Moro es un pésimo ejemplo para los políticos y gobernantes del siglo XXI. La ética de la convicción dentro de la que actuó Moro es contraria a la ética de la responsabilidad que se requiere para construir sistemas políticos de convivencia democrática.
Dos éticas
En su ensayo La Política como Vocación, Max Weber identifica dos tipos de ética que pueden servir para guiar la acción de los políticos y gobernantes: la ética de la convicción, que se expresa en la defensa inflexible e incondicional de valores y principios absolutos; y la ética de la responsabilidad, que exige una importante dosis de tolerancia para alcanzar posiciones de consenso democrático. El político, o el gobernante democrático, no es aquel que desde su posición oficial defiende de manera intransigente y obstinada una posición ética, política o religiosa determinada; y menos aún el que utiliza el poder para perseguir y destruir a los que no comparten sus convicciones.
En Nicaragua la fuerza y la inflexibilidad de la ética de la convicción se expresaron, por ejemplo, en las declaraciones del cardenal Miguel Obando y Bravo en relación con el caso de la niña Rosa hace poco más de tres años: “[El] Código de Derecho Canónico [expresa que] la persona que realiza un aborto provocado y a los que son cómplices les cae una pena que se llama excomunión. Ellos al cometer un aborto, les cae “ipso facto” una excomunión” (La Prensa, 24 de febrero 2003).
Ni la condición de pobreza que obligó a la niña violada a trabajar a los nueve años, ni la violencia perpetuada contra su humanidad, ni el trauma emocional que hubiera significado para ella convertirse en una niña-madre, ni el peligro que para su vida significaba la continuación de su embarazo condicionaron la posición adoptada por la Iglesia Católica ante la tragedia de la niña nicaragüense. La ética de la convicción dentro de la que se enmarcaron las declaraciones de Obando y Bravo señala simplemente que el aborto --cualquier aborto-- es pecado y que, por lo tanto, es condenable con la excomunión. Punto.
La ética de la convicción es incompatible con el funcionamiento del Estado de Derecho y con la democracia. El político, o el gobernante democrático, es aquel que organiza su práctica política dentro de un marco de principios y valores que incluye una firme disposición para alcanzar resultados sociales justos y adecuados a través del reconocimiento y la reconciliación de intereses, valores, y creencias diversas y hasta antagónicas. El Estado democrático es, precisamente, la expresión institucional más clara de la ética de la responsabilidad.
Tomás Moro es un pobrísimo representante de la ética de la responsabilidad sobre la que funcionan los sistemas democráticos. Moro es un preclaro exponente de la ética de la convicción, una ética absoluta que no admite divergencias. Se cree o no se cree. Se es o no se es. Estás conmigo o estás contra mí. Obediencia o excomunión. Obediencia o muerte.
Para promover la democracia, Nicaragua debe rechazar la ética de la convicción que Tomás Moro representa. Debe cultivar la ética de la responsabilidad que necesitamos para articular un consenso social que nos incluya a todos y a todas. Así pues, los rezos de nuestros candidatos a Tomás Moro no tienen sentido. Van en contra del espíritu de la democracia. Atrasan el desarrollo cultural de nuestro país. Deben ser condenados.