Opinión

“Con la Iglesia hemos topado, Sancho”


Deseo agradecer al doctor Andrés Pérez Baltodano por haber respondido (END 30/06/06) a mi reacción sobre su artículo del 1/06/06 en esta página de Opinión. De igual manera deseo aclararle que mi ánimo no es de tozudez teológica, sino de aclarar posiciones y delimitar las fronteras de nuestra discusión. Andrés Pérez es un sociólogo y tiene el derecho y la libertad de expresar su pensamiento y confesar sus ideas, ya sea como un científico social o como un hijo de la Iglesia que reprocha a veces con justa razón los desaciertos históricos que como institución ella ha tenido en diversos momentos de su historia.
No vamos a discutir que la institución eclesiástica no goza de mala prensa. Por ser la Iglesia una institución histórica y pública, siempre habrá síntomas de la desvalorización, crítica e incluso rechazo de las instituciones eclesiásticas, tanto en la sociedad civil como dentro del cristianismo. El título de mi artículo: “Con la iglesia hemos topado, Sancho” es una frase que le salta a Don Quijote; como asombro frente a la Madre Iglesia y que constituye todavía un slogan con fuertes raíces en nuestra sociedad, que refleja la importancia y el prestigio que los sociólogos, políticos y estudiosos de la sociedad conceden a la Iglesia, como factor sociopolítico y sociocultural.
Estos nos lleva a comprender el porqué de los ataques, rechazos, críticas e impugnaciones por un lado, y las defensas cerradas, las apologías y las alabanzas que suscitan la Iglesia y sus instituciones en las distintas esferas de la sociedad.

La naturaleza de la Iglesia
La Iglesia es santa y pecadora y eso la hace humana y perfectible, pero también ella es, por la naturaleza de su misión, verdadera expresión del Reino de Dios entre los seres humanos.
Me parece muy oportuno establecer como punto de partida ciertas “notas” (via notarum) sobre el carácter razonable de la afirmación creyente sobre la Iglesia. Esto porque creo que el señor Andrés Pérez toma hechos aislados, periodos históricos sueltos de la Iglesia, y los cuestiona justificándolos sólo en su razón histórica y circunstancial, pero no da argumentos teológicos, que sería lo más acertado, ya que la Iglesia no es un simple conjunto de instituciones y estructuras representando el poder religioso en la sociedad. La historia de la Iglesia y sus formulaciones de fe nunca han corrido de manera paralela a una historia profana cual apéndice, sino que han sido parte de un todo en la historia y civilización de Occidente. La cristiandad ha sido en cierto modo, hasta entrada la modernidad, la cultura y la civilización del Occidente cristiano, con sus virtudes y defectos. Desde el edicto de Milan (año 313 d.C) la Iglesia tuvo que enfrentarse al desafío constantiniano de la fe y, por ende, a la tentación del poder político.
Las circunstancias históricas pusieron a la Iglesia en el ejercicio de su papel cohesionados y legitimador en la sociedad; y es en razón de su fe y misión que la Iglesia tuvo que asumir una actitud apologética; formulando sus credos, siempre en respuesta a los cuestionamientos y demandas de un mundo en cambio. El papel de la Iglesia en este sentido ha sido magisterial y preservador de la fe, tal como la recibiera de Jesucristo y la heredaran los apóstoles.
La eclesiología neotestamentaria es plural y multiforme, y los tratados acerca del misterio de la Iglesia dan cuenta de modelos eclesiales que expresan dinámicas y carismas muy diversos. Una es la Iglesia jerárquica, jurídica: institución histórica autosuficiente (societas perfecta) que predomina hasta antes del Concilio Vaticano II, y que tiende a aparecer frente a la mentalidad popular como la “Iglesia oficial”. Ésta constituye un “poder fáctico” en la sociedad, sobre la que ejerce un influjo considerable, a pesar su la secularización y el proceso de desconfesionalización. Éste es el modelo que parece incomodarle mucho a Andrés Pérez; es su imaginario medieval.
Otra es la perspectiva comunional de la Iglesia antigua, que recupera el Concilio Vaticano II y que fluyen de los frutos del movimiento bíblico, patrístico y litúrgico; ésta se caracteriza por la eclesiología total: la unidad está antes que la distinción, la variedad ministerial se basa y se alimenta en la riqueza neumatológica y sacramental del misterio eclesial; la Iglesia Pueblo de Dios. Andrés Pérez ve atisbos de este modelo; pero en algunas representaciones muy controversiales, por lo demás, de corrientes teológicas emergentes.
La verdadera naturaleza de la Iglesia no radica en sus estructuras de poder, o doctrinas, sino en la Pascua histórica de Jesús. Palabra y sacramento constituyen la sustancia de la Iglesia, su razón de ser, lo que ella trasmite por nuestra salvación. Éstos son los dos aspectos integradores de la eclesiología. Pero agreguémosle a esto la animación del Espíritu Santo, para que la palabra y el sacramento no se conviertan en una mera búsqueda religiosa.

El símbolo apostólico
Según el símbolo apostólico, las notas de la Iglesia son: unidad, santidad, catolicidad, y apostolicidad. Las cuatro constituyen expresiones diversas de la presencia del mismo Espíritu de Dios que anima a su Iglesia (“Spiritui Christi eam vivificante” LG 8). La fe en la Iglesia es en consecuencia una explicitación de la fe en el Espíritu Santo, tal como lo expresa la famosa frase de San Ireneo: “Donde está la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios; y en donde reside el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y toda la gracia” (Adversus Haereses, III, 24, 1). Esto se confirma en el nuevo Catecismo de la Iglesia Católica al tratar el tema de la Iglesia dentro del Capítulo sobre el Espíritu Santo (I, cap. 3.9). Estas notas de autenticidad eclesial y que son distintivas en el símbolo de los apóstoles (“Credo…Ecclesiam”) nos hacen afirmar que creemos que existe una Iglesia santa (el Dios santo invisible se hace accesible a través de la visibilidad de la Iglesia, pero no de forma mágica, sino sacramentalmente) y no de creer en la Iglesia, para no confundir a Dios con sus obras y para atribuir claramente a la bondad de Dios (a su Espíritu) todos los dones que ha puesto en su Iglesia (Catecismo romano tridentino nº 750). Una correcta comprensión de las notas de la Iglesia supone una clave de lectura neumatológica que vincule a la Iglesia con el Reino de Dios como criterio extraordinario de autenticidad.
La catolicidad de la Iglesia no significa de otro modo la asignación de ningún derecho especial a la expansión conquistadora por parte de la Iglesia, sino más bien el derecho de todos, sin distinción de raza, de sexo o de clase, a recibir por igual el don de Dios en el pleno reconocimiento de la igualdad fraterna universal ante Dios, y con el absoluto respeto de todos los derechos humanos. No se puede confundir a la Iglesia con una catolicidad legitimadora de una teocracia que le permita desconocer los derechos del otro, bajo el pretexto de los “derechos divinos” propios. La misión católica de la Iglesia está regida por el Espíritu, que tiene una dimensión universal; no marginador de nadie, que animaba a Jesús y que se expresa en la kénosis divina.

Los errores de Andrés Pérez
a) La naturaleza de los dogmas no tiene ningún sentido por sí misma, sino en cuanto a expresiones de fe de la Iglesia. Pérez Baltodano parece apoyarse en el diccionario de la lengua española para sacar una conclusión definitiva del concepto, al decir que… “en realidad, los dogmas son definiciones normativas elaboradas por hombres de carne y hueso”. Es sólo a partir del siglo VII que comienza a usarse el término dogma en el sentido de doctrina de fe. Aun así, los teólogos medievales prefieren el uso del término Artículos de fe (Artícula fidei). El texto griego original del Nuevo Testamento usa el término édóksen (Hch. 15,28) y que se traduce como: “Es el parecer del Espíritu Santo y el nuestro…” es el parecer del Espíritu Santo y de los apóstoles, responsables de la comunidad, el que decide y hace autoridad cuando hay opiniones divergentes después de una discusión en donde los responsables exponen su posición y buscan la guía y la orientación del Espíritu Santo. Éste es el carácter normativo de la fe del que habla Pérez Baltodano, y que no por ser el resultado de un concilio de hombres de carne y hueso no tenga validez teológica ni espiritual.
Es fundamental destacar, para corregir el eclesiocentrismo de la visión sociológica de Andrés Pérez, que el sentido de dogma hace referencia a la decisión de los responsables de la comunidad, guiados por el Espíritu, para asegurar la unidad de fe de esa comunidad. El dogma tiende a mantener la unidad de fe en las circunstancias cruciales. Pero siempre en función de la verdad salvadora (veritas salutaris) del Evangelio. Esta referencia hace que la fidelidad al dogma no se convierta en dogmatismo, que es la confusión que tiene Pérez Baltodano.
b) En los dos caminos que ofrece Pérez Baltodano a la Iglesia frente al futuro; en el de la fe fundada en la razón --y por el cual el se inclina-- cae en el racionalismo naturalista que derivan del agnosticismo y del teísmo kantiano por un lado y el positivismo comteano por otro. Este racionalismo liberal tomaba como único punto de partida la razón y la verdad verificada por métodos propios de esa misma racionalidad. Tal tipo de racionalidad no admite más autoridad, en la búsqueda de la verdad, que las luces propias objetivamente analizadas. La fe no rechaza a la razón, pero no es su punto de partida frente a las verdades de fe. La fe de la Iglesia se alimenta de la revelación y busca comprender en la razón.

El autor es profesor de Filosofía y Teología en la Upoli y en la Unica