Opinión

Un triunfo para la “Vieja Europa”


Italia puede haber derrotado a Francia en la Copa Mundial, pero la verdadera ganadora fue la “Vieja Europa” a la que alguna vez Donald Rumsfeld ridiculizara. Después de todo, ¿quién habría predicho una final del Mundial entre Francia e Italia? Parece que las selecciones nacionales de los dos “hombres enfermos de Europa” se sintieron obligadas a cambiar la imagen de sus países en el mundo.
En el caso de Italia, después de los escándalos de corrupción que por poco hunden a Il Calcio, la liga italiana de fútbol de Primera División, la selección nacional tenía que revaluar el juego a ojos de sus compatriotas. A nivel global, sin embargo, es como si la “Vieja Europa” hubiera decidido que era tiempo de aclarar las cosas y mostrarse más dinámica que las fuerzas emergentes del mundo.
En efecto, en el nuevo equilibrio global, en donde el fútbol se ha convertido en mucho más que un deporte, Europa ha vuelto con ímpetu. Lo que ha sucedido ante nuestros ojos en las últimas cuatro semanas ha sido una versión moderna y reducida del sistema de equilibrio de poder que dominó a Europa y al mundo en los siglos XVIII y XIX.
Si el fútbol, y su momento cumbre (el Mundial), se ha convertido en la religión universal de la era global se debe, sobre todo, a que responde en una forma no espiritual a los instintos contradictorios de la naturaleza humana. El fútbol aumenta el culto al individuo y la glorificación del héroe, pero también es una celebración del espíritu cooperativo de equipo. Más que cualquier otra actividad colectiva encauza la búsqueda de la identidad y la pertenencia que domina a nuestra era.
Gracias al Mundial uno es un ciudadano del mundo que disfruta un espectáculo junto con miles de millones de personas en el “Planeta fútbol”. Incluso en Washington, a donde llegué al inicio del torneo, fui recibido en el aeropuerto por pantallas de televisión que transmitían el partido. El programa estaba en inglés, pero la publicidad estaba en español. Al menos en términos de fútbol, la influencia de la comunidad hispana puso a Estados Unidos más cerca de Europa (aunque no, por supuesto, en el desempeño de su equipo en el campo).
Al mismo tiempo, durante el Mundial los aficionados no son sólo universales, sino también únicos y pueden expresar sus diferencias con impunidad, algunas veces de la manera más enérgica, agresiva y, desafortunadamente en algunas ocasiones, racista. En un mundo de “múltiples identidades”, elegir a un equipo es decidir en parte quiénes somos.
Desde este punto de vista, la Copa Mundial de este año no sólo ha atestiguado el triunfo de las naciones europeas --por primera vez desde 1982 todos los semifinalistas fueron europeos--, sino también la ausencia de siquiera un asomo de emociones europeas. En mi país, Francia, la mayoría de los seguidores estaban claramente motivados más por referencias postcoloniales que por una lealtad europea. Se prefería a los equipos africanos, excepto cuando jugaban en contra de Francia, que a los de la Unión Europea.
A medida que veía el partido entre Croacia y Australia, a inicios del torneo, yo también me sorprendí porque me di cuenta de que estaba apoyando al equipo australiano, si es que eso significaba algo, dado que había tantos croatas jugando para Australia.
Esta búsqueda profunda de identificación no debe confundirse con una simple oleada de nacionalismo. La realidad es más compleja. Y esto no es sólo porque muchos entrenadores de las selecciones nacionales son como se decía en los viejos tiempos, “mercenarios extranjeros”; la Guardia Suiza de este Mundial incluía a los entrenadores brasileños de Japón y Portugal, el entrenador sueco de Inglaterra y el entrenador francés de Túnez.
Las explosiones de orgullo nacionalista del torneo ocultan realidades más tormentosas. La nostalgia no es lo que solía ser. En 1998, cuando Francia ganó la copa por primera vez, los tres colores de la bandera francesa (azul, blanco y rojo) se festejaron a la par que los tres colores (“negro, blanco y beur, el color de piel de los africanos del norte que nacieron en Francia de padres inmigrantes) de los miembros del equipo francés. Pero esa inocencia se ha perdido porque ya no es posible celebrar el triunfo del modelo de integración francés.
En efecto, después de los eventos violentos del año pasado, las comunidades de inmigrantes de Francia tienen un mensaje muy distinto que transmitir: “Sin nosotros, ustedes no hubieran tenido éxito en este Mundial. ¿Creen que pueden seguir excluyendo a las comunidades de donde provienen sus héroes del fútbol?
Desde la diplomacia del ping-pong con China hasta el equipo olímpico unido de Alemania que compitió en 1990 antes de que se concretara la reunificación, el deporte se ha adelantado a los acontecimientos políticos, y los políticos de todas partes se han dado cuenta de la importancia del Mundial. El éxito en el fútbol ha pasado a ser parte del “poder suave” de los países. Francia podrá no tener la fuerza militar de los Estados Unidos o las tasas de crecimiento de China y la India, pero su equipo llegó a la final del Mundial, con lo que aumentó su prestigio a ojos de miles de millones de personas, y tal vez le dio un respiro a su gobierno impopular.
Pero el deporte también se puede convertir en una especie de cortina gigante para distraer, detrás de la cual los regímenes perversos hacen cosas escandalosas, lo opuesto exactamente al espíritu olímpico y del Mundial. Mientras el mundo veía los partidos de fútbol en Alemania, Corea del Norte estaba probando misiles de largo alcance y los palestinos del gobierno de Hamas lanzaban ataques contra Israel que provocaron una sangrienta invasión de Gaza.
El Mundial es drama, emoción, un sueño, pero también es una forma de “escapismo global”. El fútbol puede explicar el mundo, pero no lo mejora. Y ahora volvemos a la realidad.

Dominique Moisi, fundador y asesor del IFRI (Instituto Francés de Relaciones Internacionales), actualmente es catedrático en el Colegio de Europa en Natolin, Varsovia.
Copyright: Project Syndicate, 2006
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