Opinión

Del canto de amor


Todo el mundo sabe, por experiencia propia o ajena, que los vínculos de sangre no son los más sinceros, los más duraderos y, a veces, tampoco son los más deseados para establecer una identificación plena entre humanos. Hay razones para ello. Ahí, en donde la sangre establece una relación, ésta no resiste la prueba del tiempo cuando el interés económico asoma en la vida de las personas. Y la primera prueba de su debilidad se produce cuando hay una herencia de por medio; entonces, el espíritu cainesco demuestra tener mayor peso sobre la moral de los individuos que el amor familiar.
Es fácil imaginar cuál es la diferencia entre la relación familiar y la amistad, la solidaridad y la camaradería: estos valores se cultivan a plenitud de conciencia y voluntad, en tanto los vínculos de sangre son fortuitos. Claro que es invaluable una relación de sangre cuando también median los otros valores, aunque, por desgracia, se producen más los casos contrarios, cuando la falta de comunidad de valores anula los lazos de la sangre, pero la familia Mejía Godoy es una de las que ha dado muestras de cultivar los vínculos de sangre con el mismo amor que cultiva los valores de la solidaridad y la amistad.
También sabemos que una relación partidaria es tan frágil como la de familia cuando fallan los valores en las relaciones humanas. En cambio, la fuerza y vitalidad en la unidad que dan la solidaridad, la amistad y la camaradería se manifiestan aun sin la relación directa de individuo a individuo. De ambos casos conocemos muchas experiencias, entre ellas, la de la familia Mejía Godoy, en particular de Carlos.
Hace cuarenta y dos años, recién salido de prisión, llegué a las oficinas de la CGT Independiente, y en una pared estaba pegada una hoja suelta, donde varias personas, con su firma al pie, reclamaban mi libertad, y entre estas firmas, había una de alguien a quien no conocía entonces, y con toda seguridad, él tampoco me conocía personalmente: la de Carlos Mejía Godoy. Nunca le agradecí su solidaridad, porque le conocí mucho tiempo después, cuando quizás ya lo había olvidado, pues una persona generosa en solidaridad no lleva contabilidad de sus actos solidarios. Además, su gesto debí verlo como algo normal entre individuos que, sin conocerse, se expresan solidaridad en momentos difíciles sin más interés que el de ser justo.
Más tarde, y sin haberle conocido personalmente aún, la identificación con Carlos se fue haciendo más clara y profunda en la medida que sus canciones expresaban cada vez más y de mejor forma el espíritu de la lucha contra la dictadura y las esperanzas del pueblo en su liberación. De esta manera él llegó a ser como un enlace sentimental entre los combatientes de todas las tendencias, en todos los terrenos de la lucha, y con el amplio sector de la sociedad que aspiraba a vivir en un régimen con justicia social, incluso pensaba en un socialismo, tal vez ingenuo, sin lazos ideológicos formales, pero al fin una aspiración humanista común a toda persona justa. Estoy seguro de que, de no haber sido Carlos, Enrique y la pléyade de cantores populares e intelectuales, la lucha revolucionaria hubiera carecido de su lado humanista más puro, el de la música y la poesía, que ellos cultivaron en los momentos claves de la lucha y del esfuerzo por consolidar el triunfo revolucionario.
A estos artistas se les debe buena parte de la formación de la conciencia revolucionaria de varias generaciones, y Carlos ha sido uno de sus integrantes más creativo. Claro, no es ésta su única cualidad, sino también el saber cantarle a la patria, a su belleza natural y a los sueños de sus hijos con el amor, la naturalidad y la sinceridad como todo nicaragüense bien nacido quisiera poderlo hacer. Carlos le canta a Nicaragua por todos nosotros, y nosotros sentimos que le cantamos en la voz de Carlos, aunque no podamos dar ni una nota buena. No es por accidente que no hay medio de comunicación ni centro artístico o social que se prive de gozar transmitiendo y escuchando sus canciones.
Con este comentario, no estoy agradeciendo a Carlos su solidaridad ni haciendo propaganda electoral a su candidatura a la vicepresidencia, sino reconociendo su derecho y capacidad de asumir esta nueva tarea como una prolongación de su amor por Nicaragua. No es ésta una ocasión para hacer la solicitud del voto a su favor, sino de felicitarle por la feliz unificación de su vocación de creador artístico con su vocación por la justicia social en un nuevo campo de acción.
Por ser Carlos un hombre cabal, no creo que haya pensado que por el reconocimiento recibido de todos ámbitos sociales a su obra musical, todos están obligados a reconocerle sus méritos como candidato y esto deba traducirse en votos. Pero sus múltiples méritos y aportes a la lucha por la justicia social y la democracia no tienen comparación con ningún otro integrante de las fórmulas electorales, ni de izquierda, menos de derecha. Su caso es único, por esa su doble condición de artista para todos y de hombre público para la reivindicación de los humildes. Eso lo reconocí el 5 de mayo recién pasado, mucho antes de que se pensara en una posible candidatura suya, sino después que lo oí cantar en el aniversario del colegio Los Quinchos:
“Ellos (me refería a los artistas que Carlos encabezó durante la revolución) plasmaron en sus cantos, en sus poemas, en sus pinturas todo lo bello que tienen las expresiones de un pueblo cuando se siente libre y protagonista de su propia historia. Nunca fue más verdad aquello de que la revolución es la fiesta de los pueblos, como cuando aquí la hubo, y los artistas cantaron sus alegrías, pese a las dificultades. Son otros quienes aún reflejan su amargura por los días en los que se frustraron sus acostumbradas prácticas de humillar a los pobres, de explotar su ignorancia, de marginarlos de la cultura, robándoles desde siglos atrás la libertad de tener acceso a la enseñanza. Ahora nada ni nadie puede hacer olvidar la heroica campaña de alfabetización ni los cantos y poemas que inspiró a los artistas.
“De esta verdad, objetiva y real como el Cristo que nació en Palacagüina, tan real y cercano como el Cristo bíblico de los creyentes; de los cantos de “La Misa campesina” (que conmovió a los artistas y a millones de personas en el mundo hispanoamericano); de las melodías sacadas de la realidad de los escombros por miles de Panchitos”, los “Quincho Barrilete”, las “Tulas Cuecho” y de los emigrantes como el nandaimeño de la nueva canción de Carlos --estrenada en este festival--, que en San Francisco, California, toman “güisqui Made in USA, pero no olvida su trago de cususa”; de todas las justas causas que han sido bandera de la izquierda, nutren sus canciones los creadores. Todo lo creado por y dentro del movimiento musical encabezado por los Mejía Godoy tiene sus raíces en la lucha revolucionaria del pueblo nicaragüense.”
La otra experiencia con Carlos es muy reciente. Un pobre ejemplar de la mezquindad de los antiguos beneficiarios de su canto pretendió reducir sus cualidades a simple ejecutor del acordeón. Pero olvidó decir que Carlos toca tan bien el acordeón, como otros saben tocar lo ajeno. Carlos sigue conciliado con el pueblo y sus causas, diferente a quienes por oportunismo abandonaron los valores de la amistad, la solidaridad y la sinceridad para conciliarse con lo peor de la política tradicional: el caudillismo y la corrupción.