Opinión

Plenitud del acoso


El poemario “La costumbre del reflejo”, del poeta nicaragüense Carlos Calero, recién publicado por Ediciones Andrómeda, Costa Rica, 2006, fue presentado en San José por el escritor costarricense Adriano Corrales. Es “un poemario afincado en la memoria. Como fotografías, daguerrotipos, o cinematógrafo”. Y Corrales señala vínculos y heredades presentes en este poemario con la gran tradición de la poesía nicaragüense.
Carlos Calero nació en Monimbó, Masaya, el 9 de agosto de 1953. Se graduó de licenciado en Español, por la UNAN-Managua. En 1981 obtuvo mención especial en el Concurso de Poesía Joven “Leonel Rugama”, y fue Coordinador Nacional de los Talleres de Poesía, que promovió en la década de los 80 el Ministerio de Cultura. Para esa época escribía: “Mis días felices/ fueron como una visita, inesperada/ y breve en sus estancias:/ el amor pasó inefable”. Y ese rapto de inspiración temprana, racional y premonitoria, revela el devenir de su propia vida, su historia.
El poeta Calero se vinculó durante muchos años a los Talleres de Poesía, pero supo mantener y rescatar la calidad de su propia voz y personalidad poética. Su poesía revela una tendencia pagana, un íntimo erotismo, un reencuentro con la memoria que es su pasado ancestral, la deidad interior encarnando en el verbo. Carlos Calero se ha constituido por mérito propio en una de las revelaciones de la poesía de la década de los ochenta.
Carlos Calero emigró hacia Costa Rica allá por 1987, en busca de la otra mitad de su patria: única, íntima y amorosa, y su autoexilio devino en nostalgia de la otra patria telúrica, cósmica y visionaria. Emigró a otra tierra, pero no emigró nunca de su verdadera patria que es la poesía: espacio real o sitio imaginario donde habita la auténtica nostalgia, los recuerdos y la memoria, que eso es lo que somos.
De esos vínculos intrínsecos, de sus idas y venidas, en un retorno que no termina nunca, nos trajo su primera entrega: “El humano oficio” (CNE, 2000); esos poemas revelan, reflejan, tocan su “angustia, su nostalgia”. “Mi deseo de estar no estando, mi situación en el espacio de la palabra, el arte y la geografía vecina”, escribe. Como un canto desesperado nos advierte: “Porque las puertas de la redención se cerraron, con mano de muerte calcinada;/ el imponente fatalismo aceptado por la memoria/ fue huestes de sombras y odios de cacicazgos…”.
Ahora regresa con este nuevo poemario “La costumbre del reflejo”. Consta de cuatro apartados: Plenitud del acoso, La cuna amorosa, La sed confesada y Sudoración del deseo. Al leer los poemas que integran este texto de Calero, se siente la evocación de la infancia: “Fuimos niños, dolorosa y secretamente niños”, donde revive el aire colonial de corredores y ladrillos de doble gruesos y con jaspes lustrosos que escondían la pobreza. Se percibe la intensidad del retorno: “Flota el espíritu del parque; el tritón de piedra custodia la fuente y hunde el tridente donde no hay mar, ni barco que revise bitácoras para el retorno”.
Trata de reconstruir mediante la evocación de la “memoria que guarda todo intacto”: el barrio, la ciudad, el parque, la laguna embrujada, las calles en penumbras, los ahuizotes: el misterio de la vida, plasmadas en estampas, paisajes y postales. Reconstruir mediante la evocación en versos largos, en prosema, el poema de lo vivido, un pasado que no cesa, que siempre estará presente: “La memoria vuelve al crisol del estudio. Dios muestra cartografías de un cielo sin bitácora de historia”.
Estos poemas recuerdan en cierto modo La Calzada de Jesús del Monte, de Eliseo Diego, pero también a Ernesto Mejía Sánchez y, aunque de otro modo, ciertos poemas de Santiago Molina. “Cruz y corazón en el osario… me increparon inéditos rostros que no eran mis demonios”.
Y, sin embargo, ésos son sus demonios, caras, máscaras, rostros y más caras que en la evocación parecen otros, pero son sus mismos seres familiares y la vecindad de toda la vida, difuminados y estilizados como en una pesadilla o en un sueño.
En fin, se trata del “tropiezo de luz y fuego de nuestros boleros tristes en roconolas calladas sin que amanezca”, o como él mismo lo canta o la declara, porque también se trata de una declaración vital, existencial, necesaria: Mi “biografía de pueblos olvidados yace en las humaredas con vagones que tal vez retornan a la costumbre”. Se trata, por demás, de un poemario homenaje a Masaya natal, a Nicaragua nutricia, y a sí mismo. Por mi parte, celebro el nacimiento de un nuevo libro de poemas de Carlos Calero, que viene a reafirmar la calidad de la poesía escrita en esta provincia del idioma español, que es Nicaragua.