Opinión

Alemania 2006:La FIFA entre amigos


Cada cuatro años, los Mundiales de Fútbol dejan claro que la realidad no supera a la realidad, y que entre más se empeña en convertirse en ficción, más se parece a sí misma. Cientos de personas alrededor del mundo vendieron, literalmente, hasta la camisa --en un paquete que incluyó casa, automóvil, ahorros de años y un heterogéneo--, para vivir la fiesta del Mundial de Fútbol Alemania 2006.
Los tres niveles de visitantes que deambulan por Leipzig, Colonia, Gottinga, Munich, Frankfurt y otras ciudades sedes pueden tomarse como una alegoría de la realidad mundial: pobretones deseosos de sentirse parte del festejo y no sus sirvientes o mirones marginales; millonarios del primer, tercer y quinto mundo (en las categorías del cielo, purgatorio e infierno no existen los números pares, porque nadie quiere emparejarse con nadie) paseándose seguros de que su próxima gestión de evasión fiscal cubrirá los gastos que hagan por tierras germanas; ejércitos de medios electrónicos haciendo del encuentro futbolero un campo de guerra, así como hacen de los campos de guerra encuentros futboleros; los jugadores, sus esposas, novias, amantes, quimeras, cuerpos técnicos prodigando milagros superfluos y dádivas inútiles. Y dirigiendo la asimétrica orquesta, la Federación Internacional de Asociaciones de Fútbol, la FIFA, que se dice entre amigos, pero que se sabe entre feligreses, porque si el fútbol es una religión, entonces todos queremos ser sus acólitos y sus alcohólicos.
La FIFA es una curia que sabe cultivar la ironía: el lema del Alemania 2006 es “El mundo entre amigos”, aunque la Federación sólo ha sido amistosa con las transnacionales televisivas y con los monopolios de ropa deportiva, marginando con ostentosa desconsideración a millones de aficionados de lo que ellos mismos califican como el deporte más popular del planeta.
El mundo entre amigos que no quieren conocerse. La FIFA vende en 30 millones de dólares los derechos de transmisión en televisión abierta, lo que dispara los costos de publicidad y cierra definitivamente las puertas a los publicistas medios. El mundo en pay per view, que nos informan, se ve mejor que el mundo en vivo y en directo, aunque los comentaristas deportivos hacen chistes tarados y especulaciones erráticas, igual que los comentaristas de televisión abierta. Pero, en PPV me vuelvo un VIP. Ya después investigaré para qué me sirve.
Miles de aficionados unidos en la creencia de que el mundo es una fiesta de balonazos, patadas y seguidoras bien hinchadas de las tetas y las nalgas. Pero la realidad no supera a la realidad, y el sexo, como el fútbol, es la evocación de lo instantáneo. Los traficantes de personas han tenido que exportar carne femenina del tercer y el quinto mundos para cubrir la demanda de conchas, dado que los jugadores se han apropiado de las canchas. El Mundial de Fútbol es el Mundial del Sexo, y las chicas del Artemio --que se precia como el mejor burdel de Alemania-- compiten por las excitaciones con los chicos de la brasileira. El asunto consiste en penetrar una portería.
Para el España 1982, Brasil y Argentina arribaron como potencias y salieron con más pena que gloria. Para el México 1986 Argentina se presentó perseguida por críticas y desdenes y concluyó alzando la Copa Mundial. De Italia 1990 a la fecha, las sorpresas se han reducido a la mínima expresión, y los partidos y las extrañezas se programan desde las oficinas de la FIFA o de los ejecutivos de las televisoras. El público ya no es el jugador número 12, y a los jugadores les pesan más los contratos millonarios por publicidad y mercadeo que los desafíos de una legión de hinchas gritando --de buena o mala manera-- sus nombres.
Beckham, Ronaldo, Henry, Totti o Crespo juegan agobiados por Adidas, Nike o Puma, y cada vez que sueltan un pase calculan los euros o dólares que están en riesgo, como si estuvieran en la bolsa de valores: los grandes clubes de fútbol son parte de las inversiones de transnacionales multimillonarias que cotizan en los trade centers de Londres, París, Nueva York o Roma, y que deciden con procesamiento de datos y tablas de crecimiento si un jugador funciona o no en las vitrinas de los malls deportivos.
La dictadura militar brasileña impuso a Pelé, que estaba fuera de forma y cansado, como seleccionado en México 1970, porque lo consideraban el jugador idóneo para emborrachar de triunfo a un pueblo reprimido, desempleado y hambriento. Los CEOS del nuevo milenio han impuesto a Ronaldo, que está fuera de forma y cansado, como seleccionado en Alemania 2006, porque su descuido físico cubre una cuota sustanciosa de morbo y su cometido en el campo genera otros tantos ingresos en el mercado legal e ilegal de apuestas. Definitivo, el fascismo de traje y corbata tiene más visión que el de galones y uniformes.
Joseph Blatter ha podido reelegirse una y otra vez como presidente de la FIFA, porque siempre ha estado entre amigos: personajes como Jack Warner, Chuck Blazer, Ricardo Texeira o Uri Linsi, altos ejecutivos de las asociaciones de fútbol que han recibido dispendios millonarios que, presumen agencias gubernamentales y no gubernamentales, derivan de “favores” por tráfico de influencias, malversaciones de fondos, licitaciones comerciales irregulares, lavado de dinero y apuestas ilegales. El deporte más popular del planeta reducido a una transacción sin magia ni picardía, aquellas que, decían los antiguos, eran la esencia del partido.
Pero tal vez no todo está perdido. Para la inauguración del Alemania 2006, la FIFA invitó a algunos de los grandes del fútbol. Los rostros sonrientes de Pelé, Beckenbauer, Cruyff o Plattini, héroes domesticados por la Federación, surgieron en las pantallas del estadio de Munich. Sin embargo, dos figuras se hicieron presentes por su ausencia: Maradona y Romario. El hombre que marcó “la mano de Dios” y el mejor gol de la historia en un mismo partido, y el “salvador de la patria”, quienes no olvidan todo lo mal que los trató la Federación, lo mucho que obtuvo de sus pases privilegiados y sus goles de ensueño, y lo poco que les ayudó en los años difíciles. Maradona prefirió quedarse con los periodistas de la cadena televisiva española que lo invitó como comentarista. Romario se entregó a la pereza y no viajó a Munich. Si “la mano de Dios” aún cimbra la portería inglesa y el Maracaná aún se estremece con dos goles que envían a Brasil al Estados Unidos 1994 no todo está perdido. Aún existen los revueltos. Patear un balón aún es un gozo contestatario, a pesar de la realidad, que se sigue pareciendo a sí misma.