Opinión

El poder educativo de los medios de comunicación


IDEUCA
En la última década, a partir de los acuerdos de la Cumbre Mundial de Educación para Todos (Jomtien1990; Dakar, 2000), el mundo ha ampliado y flexibilizado la concepción tradicional de la educación, hasta el punto que la educación escolar es, apenas, una de las expresiones, la más organizada de la educación, ampliándose la gama de expresiones educativas no formales e informales. En nuestro país a partir de la propuesta realizada por el Foro Nacional de Educación a la Comisión de Educación, Cultura y Deportes de la Asamblea Nacional, la Ley General de Educación incorporó innovaciones importantes a este respecto, concibiendo el sistema educativo conformado por dos grandes subsistemas: el de educación escolar y el extraescolar. Este planteamiento nace de la convicción concertada de que no es posible operar cambios sustantivos en la educación formal, sin tomar en cuenta la especificidad y aportes importantes que proporcionan a la educación la educación extraescolar en sus versiones no formal e informal.
Limitaciones de la educación escolar: la escuela es la institución mejor organizada y sistemática para promover la educación. No es casual que quienes detentan el poder del país o aspiran a lograrlo se muestran interesados en utilizarla para multiplicar sus intereses ideológicos y políticos. Aun así se sabe que los niños y adolescentes utilizan más tiempo en contacto con los medios de comunicación, particularmente la TV, que el que emplean en su educación formal. Todo hace sentir que el fenómeno educativo supera, más allá de lo previsto, a la escuela. Nuevas formas y modalidades de educación se han venido impulsando como respuesta a las necesidades que presenta el desarrollo económico, cultural y científico. Es así que las modalidades educativas no formales cobran cada vez mayor importancia. Prueba de ello son las múltiples e innovadoras muestras educativas que las Organizaciones No Gubernamentales (ONG) han desarrollado en el país, particularmente en los últimos 20 años. Por su parte, la educación informal, principalmente en manos de los medios de comunicación social, se ha convertido en este siglo de la comunicación y la información en una de las posibilidades educativas con mayor reconocimiento de las cumbres internacionales de educación y de especialistas en dinámica cultural y social en los países. Aún más, ha captado la atención de las mayores redes informáticas y comunicacionales globales, cruzadas por fuertes intereses económicos, ideológicos y culturales.
Un poder mal aprovechado por la educación escolar: la posición privilegiada que tienen los diversos medios de comunicación social les proporciona un poder implícito, omnímodo y omnipresente para penetrar con sus mensajes en las mentes de todos los nicaragüenses, especialmente de niños, niñas y adolescentes. Ante tales pretensiones de los medios, el país no cuenta con una política nacional de comunicación concertada que responda a un Código de Ética bien definido y regulado y se exprese en una agenda consensuada destinada no sólo a informar a la población, sino sobre todo a orientarla con un carácter educativo. Como consecuencia prevalece, en la práctica, una perspectiva dirigida a explotar al máximo los intereses económicos y publicitarios, en perjuicio del cometido educativo y ético que tienen encomendado. Este poder sin reservas, con posibilidades casi infinitas de penetrar y casi determinar las conciencias, el espíritu, los valores y conocimientos de los más jóvenes, hace de los medios de comunicación e informáticos armas de doble filo, que caminan con vida propia, sin restricciones y en total incomunicación con la educación formal.
Es bien sabido que más del 70% de los aprendizajes más significativos que adquieren nuestros niños, niñas y adolescentes provienen de su contacto diario prolongado con los medios de comunicación. Esta cultura de la imagen posee un carácter no interactivo, por lo que propicia la asimilación pasiva e irreflexiva de visiones y representaciones que los más jóvenes adoptan con suma facilidad, sin juicio analítico y crítico alguno. A sabiendas de esta realidad, nuestra escuela, organizada con patrones propios del siglo pasado, descuida las posibilidades educativas de los medios de comunicación, reduciendo sus ámbitos de comunicación a las palabras y dictados de los profesores y profesoras en las aulas. Limita así la eficiencia en el aprendizaje, desmotivando a los alumnos familiarizados con los códigos comunicacionales del siglo XXI. Pierde, así, la escuela, la empatía necesaria para conectar con los intereses que tienen los jóvenes, por lo que no desarrollan capacidades imprescindibles que les ayuden a tener un contacto reflexivo y crítico con el mensaje cotidiano de los medios. El perfil de sus mensajes suele estar desprovisto de solidez cultural y de valores humanos fundamentales, mostrando más bien la adulación, la violencia física y verbal, la suplantación del derecho humano a la privacidad, la mentira, la calumnia y acusaciones infundadas, presididas por el sensacionalismo y falta de direccionalidad educativa y ética. De esta forma, convierten los medios en fines, ubicando la corrupción, que aseguran denunciar, en sus venas más profundas.
Un poder que es necesario capitalizar con algunas pistas para caminar:
- Se hace necesario concertar un Código de Ética estrechamente vinculado a los principios y derechos educativos más fundamentales.
- Es preciso elaborar una agenda de contenidos de los medios con fines educativos, de manera que se puedan optimizar sus potencialidades en coordinación con la educación formal.
- Finalmente, es hora de que la escuela elabore una propuesta de estrategias de enseñanza-aprendizaje que posibiliten optimizar los recursos y programas de comunicación, para fortalecer la motivación del estudiantado hacia el aprendizaje.