Opinión

El Mundial desde una reflexión filosófica


IDEUCA
El día esplendoroso del Mundial de Fútbol 2006 llega a su ocaso. Como todo lo humano y temporal, su trayectoria es efímera, aunque el cenit y el éxtasis se adueñaran temporalmente de ella. El mundo la vivió con una enorme intensidad en cobertura y vida. El Mundial es el fenómeno que con una incalculable fuerza centrífuga y centrípeta construye una gran unidad humana y un sentido nuevo de humanidad desgraciadamente pasajero.
Sin embargo, qué lindo es ver y sentir a un pueblo unido por su selección de fútbol y a una humanidad concentrada en un hecho sano que lo hacemos propio.
Toda la humanidad siente al Mundial como algo suyo, aunque el equipo de determinado país no esté oficialmente representado entre los 32 finalistas. El Mundial supera a cada país y, sin embargo, todo país está presente en él. La gente lleva en sus genes un verdadero sentido de pertenencia a la humanidad. El Mundial rescata ese sentido y lo saca a la superficie conformando una verdadera comunidad mundial. Lástima que esta lección sea tan efímera. Todos necesitamos reactivar constantemente el sentido de pertenencia a la humanidad, tan atravesada en la práctica de divisiones, luchas, exclusiones y diferencias que alejan y dificultan el imperativo de aprender a vivir juntos.
El Mundial es un gigante de dimensiones extraordinarias, es el vértice en torno al cual gira el mundo humano convertido en un inmenso estadium construido por la televisión y demás medios de información y comunicación. Es que en él existe un punto que activa todo, se trata de un instrumento pequeño, simple, sencillo: un balón que en su rodaje y devenir histórico se hace temporalmente dueño del mundo. Millones de miradas lo siguen con pasión a merced de unos jugadores que, caso excepcional en el deporte, sólo uno de ellos puede tocarlo con las manos. Se mueve a patadas y a golpes de cabeza.
Ese instrumento ha revolucionado el mundo y ha creado una afición que constituye una identidad cultural. El fútbol es el deporte universal. Un balón a golpes del ingenio humano y de su inteligencia creativa ha creado un imperio con poderes políticos, económicos, sociales y culturales insospechados. Un balón, bajo la dirección de diversas organizaciones mundiales, regionales y nacionales, mueve billones de dólares dando participación en ellos a gente atrapada por la pobreza. El balón ha roto para muchos el estigma de la pobreza. Es notable que con un instrumento simple, sencillo, asequible, como es un balón se haya construido, quizás, uno de los imperios modernos del mundo: el fútbol. Una lección que enseña una ruta exitosa. Lo pequeño es con frecuencia semilla y embrión de lo grande cuando ingenio, organización y dedicación se juntan en el ser humano.
Es cierto, el fútbol es un imperio y un Mundial, la demostración ostentosa de su poder. Tanto el imperio como su poder tienen su origen real: el juego.
El juego es parte insustituible del ser humano. Empezamos a recorrer la vida jugando y nunca dejamos de jugar dando rienda suelta a la imaginación para encontrar diversas formas de hacerlo. El juego es un hecho humano consubstancial a la naturaleza humana. Un Mundial de Fútbol viene a ser la expresión sublimada de nuestra naturaleza lúdica. No es algo ajeno a la naturaleza humana, es su sublimación. Por eso nos apasiona tanto, desata las emociones más extremas, la alegría incontrolable y la tristeza que abate en una frustración que llora. Todo esto es humano porque son los ingredientes esenciales del juego en tanto algo inherente a nuestra naturaleza. El juego es un inmenso capital que posee toda persona y que se aprovecha en una dimensión muy pequeña incluso como proceso educativo. Nuestra educación está concebida como un ejercicio del cuello para arriba, pero que no sabe qué hacer con el resto del cuerpo, pese a ser éste el medio por donde sale nuestro ingenio, creatividad, trabajo, comunicación, amor, etc. No hacemos del juego en toda su dimensión física, psicológica, social, cultural y humana nuestro amigo más entrañable.
El Mundial de Fútbol ha abierto las puertas a una participación especial de la mujer, quien se ha convertido en el aliento particular del mismo. La forma y belleza de expresar sus emociones han dado vida nueva a las graderías de un estadium. El fútbol, deporte esencialmente de fuerza, en ocasiones brusco, no ha intimidado a la mujer. Muchas de ellas se dedican a este deporte que hasta no hace mucho era propiedad privada de hombres. También se celebran mundiales de fútbol femenino. El año próximo se celebra otro.
La equidad de género también ha llegado al fútbol, pero la mujer ha llenado este deporte, sobre todo el Mundial 2006, con un toque de particular fineza y exquisitez. La mujer es el complemento perfecto que necesita un Mundial como el que estamos despidiendo. La comunidad humana y el sentir humano son varón y mujer. Ahora un Mundial es plenamente humano. Faltaba la presencia física y espiritual de la mujer.
Por fin al balón, protagonista del Mundial, se le ha bautizado con el nombre de teamgeist que lo han traducido al español, como “espíritu de equipo”. Entiendo este significado, pero considero, y yo así lo entiendo, que este balón encarna más bien el significado de “equipo del espíritu”, es decir un equipo hecho de espíritu, el equipo movido por el espíritu.
Este espíritu ha desplegado en el Mundial su fuerza y encanto, su vida y aliento; es el espíritu de los pueblos, el volkgeist (espíritu del pueblo) el que recorre la historia. El Mundial ha escrito con su espíritu páginas maravillosas de esta historia.