Opinión

La última vez que lo vi era un niño


La última vez que lo vi sonreía sobre un carrito de juguete en medio de un parque de atracciones. Miré hacia atrás y lo vi otra vez en la butaca riéndose feliz de verse a sí mismo en la pantalla de cine, ya que estábamos asistiendo a la presentación de un documental que trataba sobre lo que había cambiado Nicaragua durante los últimos 20 años. Desde su asiento celebraba con un paquete de palomitas su aparición estelar en el documental con la gente que tenía alrededor. Mientras, en la pantalla, explicaba lo que le motivó a fantasear Hertylandia siguiendo las ilusiones del viejo y controvertido Walt Disney.
Una realizadora suiza había vuelto a Nicaragua 20 años después de su primera visita para analizar los acontecimientos tomando como guía unos versos de Rubén Darío. Había hecho encontrarse a algunas personas que no se veían desde entonces, para que de esa forma, contándolo desde adentro, pudiera contemplarse una panorámica de cómo se habían vivido todos esos cambios. La mayoría miraba con melancolía hacia atrás, y también con el dolor de haber perdido la capacidad de creer en algunos sueños. El dolor era el golpe de cambiar los sueños por la necesidad, por la obligatoriedad de sobrevivir comiéndose el sentido de la pérdida de algo precioso. Herty, en la pantalla, sin perder la sonrisa que le caracterizaba, explicaba su dolor, que era su hermano, el célebre Israel caído en combate, y al instante pasaba a hablar sin pudor ni recato de su forma de haberse convertido, en los años más radicales, en el revolucionario sui generis que le hizo famoso, el de las camisas caras y el aire acondicionado, y el que nunca perdió un ápice del acento del pueblo en su manera de hablar ni de reír.
Herty podía despertar simpatías y dudas al mismo tiempo, hay que reconocerlo, porque en sí mismo tenía las contradicciones de Nicaragua, la sencillez y las exageraciones. Por eso mismo se hacía querer acumulando muy pocas antipatías. Había algo en él que no había crecido. Nadie, y mucho menos alguien que aspirase a ser presidente, se atrevería a contar sus ilusiones de ser un Walt Disney revolucionario sobre un carrito de juguete.
Se podía estar más o menos de acuerdo con él, guardarle más o menos las distancias de las dudas, pero a cualquiera le dolió ver cómo le fue impedida a pedradas la entrada a una convención del Frente Sandinista por los esbirros de Daniel. Llevaba una propuesta que no dejaron pasar. Llevaba ideas de cambio que no dejaron pasar. Eso fue después de que él declarara, tal vez buscando un acercamiento, que si tenía un amigo en Nicaragua, ése se llamaba Daniel Ortega. Esta política de cerrar las puertas la volvió a sufrir hace muy poco Martínez Cuenca de manera inexplicable. Y duele nuevamente ver este cerco de hierro en torno a un caudillo de uno de los partidos con más representación en Nicaragua y con una historia llena de luces y sombras, pero llena de historia. Si no se practica la libertad y la justicia internamente es difícil que después se pueda promover afuera. Sigue doliendo.
Podía estar más acertado o menos en sus intervenciones, pero siempre te da un pellizco cuando muere un hombre que ríe. Había reunido viejas ilusiones no realizadas todavía, ni siquiera frustradas, y también un buen grupo de gente joven. Eran buenas señales, a pesar de todas las dudas y de todas las sospechas. Ahora tendrán que aguantar el golpe sin él, es decir, seguir sin su sonrisa o recordarla, mejor dicha retomarla, tal vez a modo de canción de Carlos Mejía.
La política cada vez es menos humana, y las leyes que hacen los que hacen la política también. A la muerte de Herty hubo que buscarse un candidato de forma apresurada, porque las elecciones eran lo primero, sin dar tiempo al dolor que siguiera su curso.
Al final, lo que se recuerdan son los gestos, algunas palabras y la forma de mirar sonriendo. La única vez en mi vida que he visto Hertylandia fue en una visita hace años a Jinotepe. Recuerdo que había un espectáculo que realizaban un cowboy y un indio. El cowboy sí estaba, pero el indio no, porque había decidido ponerse en huelga para protestar por falta de pago. Era un espectáculo algo decepcionante. Años después vi a Herty en la Alcaldía en un proceso de reactivación más que necesario. Eran sus dos caras. Es difícil meterse en política con una sola. Pero al menos, él guardaba algo, tenía algo que no había crecido, su acento de nuestro campo, y la sonrisa de un niño. La última vez que lo vi era un niño, y espero que haya muerto del mismo modo. Es más, espero que los que ahora le siguen le presten su sonrisa de niño, nada más. Porque Nicaragua es un país de niños; y algunos incluso hasta pueden votar.
franciscosancho@hotmail.com