Opinión

Herty, proyecto y símbolo

“Nadie, nadie, nadie, que enfrente no hay nadie; que es nadie la muerte si va en tu montura…” Rafael Alberti

La muerte repentina de Herty Lewites, como era lógico de esperar, ha suscitado todo tipo de lecturas acerca de las consecuencias para el movimiento político que él había engendrado.
Para los ajenos, quienes nunca han entendido la profundidad del fenómeno provocado por Herty, su muerte es el punto final de la aventura, el inicio del desmoronamiento de la sedición (en la versión danielista) y el río revuelto donde habrá que lanzar las redes (en la versión banquera montealegrina). Para propios, los que hemos aceptado el reto de Herty de demoler desde las cúpulas el pacto de la corrupción, ha sido un mazazo brutal con dos efectos mezclados: dolor y desafío.
Según los sesudos analistas políticos de los primeros (los pactistas y los neoconservadores), las huestes de Herty deberíamos retirarnos a nuestras casas con las banderas enrolladas bajo el brazo, cual brasileños del sábado 1º de julio tras la derrota ante Francia. Una vez descabezado el movimiento no tendríamos otra opción que lamernos las heridas en llantos sordos y buscar dónde recalar nuestras naves: volver al redil o sumarnos a la impotente abstención. Toda esta desbandada sería abonada por la feroz guerra intestina por la sucesión de Herty que ya vaticinan.
Pero una vez más el fenómeno Herty, terco e innovador, podría echar a perder sus cálculos a los agoreros del pensamiento único.
Es cierto que nadie podría sustituir a Herty en sus dimensiones humanas y políticas. Como bien lo definió alguna vez la poeta Belli, Herty era una fuerza de la naturaleza: incontrolable, imprevisible, espontáneo y con efectos de amplio espectro, como los buenos antibióticos. Difícilmente podría alguien emularlo por la sencilla razón que nadie puede ser a la réplica de nadie. Por ello será inútil, y hasta ridículo, buscar un clon de Herty para retomar su trabajo.
Tras el estupor y la rabia que nos ha producido su muerte absurda ha quedado sobre la mesa el desafío en el doble sentido que significó Herty para la política criolla: la continuación de su proyecto y la preservación de su símbolo.
El Herty-proyecto ha implicado el punto de encuentro de la diáspora sandinista que había emergido asqueada del continuismo danielista y de su sanedrín, y posteriormente de otras corrientes políticas antipacto. El escenario vivido en la casa de campaña tras conocerse la noticia de su muerte fue la mejor prueba de ese factor convergente que representó Herty: desde sandinistas purgados por todas las inquisiciones orteguistas hasta personas sin filiaciones políticas conocidas, pasando por directivos de otros partidos y, sobre todo, mucha gente joven haciendo sus primeros pinitos.
El propio Herty lo había reconocido: representaba un momento de ruptura con el formato clásico de los liderazgos políticos y no la entronización de un nuevo caudillo. Por eso su proyecto germinó muy rápido entre la gente con ansias de cambio y de remoralización de la política, tan prostituida y “enmierdada” por los danieles y los arnoldos que en los últimos años sólo persiguieron cuotas de poder y el enriquecimiento ilícito a costa de la quiebra del país.
El Herty-símbolo, como todos los personajes que dejan su sello en la historia, apenas está comenzando a fraguarse. Es más, si su proyecto político fue una apuesta un tanto consciente y otro tanto instintiva, el Herty-símbolo ni siquiera lo imaginó. He aquí su virtud: sin haberse propuesto ser un prócer puede terminar siendo un nuevo referente de la ética pública.
Su paso por la Alcaldía de Managua, tras los saqueos de Arnoldo Alemán y de Roberto Urroz, lo proyectó ante la ciudadanía como un buen gestor público. Demostró que se podía hacer más con menos, que había que separar los gastos personales del presupuesto local y que las necesidades de los barrios más pobres podían ser satisfechas sin hacer demagogia ni pagar coimas a los empresarios.
Después vino su osadía mayor: desafiar al caudillo, al candidato eterno, al ungido por los dioses, al protegido por los sortilegios. Entonces empezó su andadura de personaje a fenómeno, y su figura de alcalde probo pasó a crecer hacia la versión de sandinista rebelde que más tarde se consolidó como alternativa de cambio.
En este punto fue que lo alcanzó la muerte, en este punto habrá que empezar su relevo. El pasado 2 de julio comenzó a construirse el Herty-símbolo que aún después de muerto puede lograr la victoria al igual que otros personajes míticos y reales de la historia, del Cid Campeador a Enrico Berlinguer, en batallas épicas como en justas electorales, por la reconquista de un territorio como por la transformación radical de la correlación política.
Ahora toca conjurarnos por la victoria para honrar de verdad a Herty. Toca hacer de Herty estandarte e icono para ganarnos la confianza de la gente que no cree más en un sistema de partidos cerrado y amañando, de los excluidos de las decisiones y de la riqueza nacional, y sobre todo de los que no sienten ciudadanos de este Estado porque el Estado ha renunciado a sus deberes más elementales para con ellos.
Ciertamente que nadie podrá sustituir a Herty en su misión, pero no se trata de reemplazarlo, sino más bien de agregarle una nueva tarea a realizar con la ayuda de todos: que su frágil corazón siga palpitando en la campaña electoral y en la batalla por la derrota definitiva del pacto de la corrupción. Junto con Aberti sólo le pedimos a este judío de ojos claros que aguante un poco más, “a galopar, a galopar, hasta enterrarlos en el mar”.