Opinión

La otra revolución


(Tenemos en común básicamente el idioma y el océano, no es poco, por eso me atrevo a escribirles).
Todo cuanto sabemos de Nicaragua algunas personas lejos de América se lo debemos a los libros y a la opinión de tres o cuatro nicaragüenses: Gioconda Belli, Sergio Ramírez, Ernesto Cardenal. Ellos nos ponen en contacto con ustedes. Fuera de su país son intérpretes y embajadores de un pueblo que desde lejos
hoy podría no verse o, en todo caso, quedar reducido a una serie de hechos estereotipados: dictadura, lucha, revolución, fracaso,
bipartidismo, desconocimiento de la realidad presente, etc.
Ellos y quienes como ellos trabajan dentro y fuera de Nicaragua teniéndola en el norte de sus cabezas consiguen que los europeos la visualicemos en el contexto americano, la tengamos presente en nuestras mentes, hablemos de ella, la queramos y respetemos.
Sus libros o sus artículos, el intercambio de los mismos entre muchos de nosotros, consiguen contrarrestar el efecto silencioso de los medios de comunicación internacionales que apenas le dedican a Nicaragua unas líneas, salvo si sufre huracanes, tormentas o desgracias similares.
Ustedes y tantos otros pueblos existen por el trabajo de sus intelectuales, de sus artistas. Están presentes en muchos de nosotros más allá de los acontecimientos políticos gracias a la voz constante de la cultura, atrayente, poderosa, rica, intensa, inteligente; poesía, pintura, música, artesanía. Universales, pese a ser nicaragüenses.
La cultura como expresión de un pueblo nos lleva a interesarnos por el paisaje, por las gentes, por la historia, por su esencia; nos lanza desde el mundo creativo de las imágenes, de las formas, de las palabras al mundo real, a la sociedad nicaragüense. Nos conecta más allá del fenómeno de las organizaciones no gubernamentales, que no siempre es el modo que algunos pueblos quieren para resolver sus problemas ni para relacionarse con el mundo. La poesía de Gioconda Belli, por ejemplo, ayuda a comprender esa cuestión, nos asoma al corazón fuerte de su pueblo. Leyéndola no es difícil sentir que la solidaridad es la ternura de los pueblos. Y si no, no es solidaridad, añado.
Termino. Es así, queridas amigas y amigos nicaragüenses, cómo llega el resto del mundo a interesarse hoy por ustedes, tan lejanos en lo geográfico para nosotros; tan pequeños en lo geoestratégico, según en dónde uno se sitúe; tan ricos humanamente, tan valiosos, creativos, tan interesantes lejos de los altavoces oficiales. Ellas, ellos, Belli, Ramírez, Cardenal, Alegría y tantos otros que iremos conociendo poco a poco quienes no vivimos en ese continente se nos presentan como personas responsables, comprometidas, creíbles, que nos abren la puerta a su país a través de su trabajo cuyo taller es la mente y su forma seria y alegre, profunda, de ver las cosas, de ver el mundo.
Ellas y ellos nos incitan a seguirles buscando como país y a no dejar de hacerlo. Así es como un país, grande de cuerpo que no mete mucho ruido en la fiesta mundial, llega a estar realmente presente cada mañana en la mesa del desayuno, en nuestros hogares, a miles de kilómetros de renta per cápita y de ansiedad de Managua. Nicaragua en nuestras casas a diario, sí. Sin ser Holanda; Irak; Alemania; Sudán; India o Australia. Así es como nos hemos acostumbrado cada semana a navegar por la red y a bucear buscando más y continuas referencias que nos sigan llevando poco a poco hasta ese lugar del mundo. Waslala, León, Granada, Río San Juan, nos dicen cosas; como si fueran California, Berlín, Madrid o el Támesis.
Gracias a El Nuevo Diario nos enteramos de la larga huelga en sus hospitales, de las hazañas de Unión Fenosa por esas tierras. Leemos que reivindican ver cine doblado en su español y no en el de Castilla. Y nos da qué pensar. Reflexionamos sobre todo ello, tratamos de aplicarlo a nuestra propia vida y no tardamos en caer del lado de sus reivindicaciones, en situarnos más cerca que antes de sus problemas.
Y así es como vamos respetándolos cada día más y más, sin mediadores coloniales en lo posible. Algunos españoles, aunque les parezca raro, soñamos con conocerlos tal como son, sin el peso negativo de nuestras respectivas historias. Algunos de ustedes, poetas principalmente, han hecho que nos enamoremos de ese país sin saber muy bien por qué. Cuestión de conexiones neuronales, supongo.
En fin, he querido manifestar, precisamente en estos días, mi cariño por un pueblo que no conozco y del que me siento cómplice gracias al mundo construido por tres o cuatro de sus mejores poetas. Es sin duda el efecto movilizador de la poesía, de las emociones, del lenguaje maravillosamente trabajado y sentido que nos hace libres y hermanos. Un efecto silencioso e individual en primera instancia, muy intenso y duradero que hace posible por ejemplo que Nicaragua jamás pueda sentirse sola.
Les deseo mucha suerte. Con todo cariño y respeto.
España, 1 de julio de 2006